domingo, 30 de septiembre de 2012

Lanata polémico: "A Cristina le dicen Tinelli, porque pierde con los Graduados"

"Sé que después de ésto voy a tener muchos problemas con el canal. ¿Saben cómo le dicen a Cristina?. Le dicen Tinelli, porque pierde con los Graduados".


La frase la lanzó Jorge Lanata en el inicio de su programa de esta noche en canalTrece. En "PPT; Periodismo para todos" hizo su editorial refiriéndose al comentado cuestionario de los alumnos de Harvard por parte de la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Ese foro que sigue siendo el tema de la semana, fue cubierto por el propio Lanata en su viaje a seguir la gira presidencial. El conductor del programa eligió comparar a Cristina con la principal figura del trece, con Marcelo Tinelli, subrayando además que sale segundo en virtud del éxito del ciclo de Telefe.

El chiste le habrá parecido gracioso a todo el mundo y de hecho rápidamente, en segundos, empezó a propagarse por las redes sociales -especialmente en Twitter- menos para el propio Tinelli, en un año complicado, ligado a un chiste político en la editorial de Lanata esta noche, justo comparándolo con la Presidenta, y recordando que pierde.



La Corte Suprema de Justicia todavía no tiene una postura clara para el 7 de diciembre

Los ministros de la Corte Suprema de Justicia se encuentran en medio de la pelea Clarín vs. Gobierno y deberán decidir en los próximos meses la constitucionalidad (o no) de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Fuentes allegadas al tribunal los han clasificado como “Clarinistas” y “Cristinistas” y la fecha clave en ésta batalla será el 7 de diciembre, el 7D.



El ansiado día se decidirá si el Grupo Clarín y los demás medios que incumplan la ley deberán readecuarse a ésta o no. Es decir que se discutirá la constitucionalidad de la ley, ya que en mayo, la corte había definido que el 7 de diciembre vencía la medida cautelar que autorizaba a Clarín a suspender la desinversión requerida por la ley.

Los “Clarinistas” consideran que la ley avasalla con los derechos y garantías constitucionales por parte del poder político y el sector no sólo irá en contra de la Ley de Medios, sino también contra la idea de modificar la carta magna para habilitar la re reelección.

“Es una embestida contra la libertad de expresión, contra la propiedad de comerciar, contra la propiedad privada y todas las cuestiones y acciones de tinte autoritario, como el incumplimiento de resoluciones de la Corte por parte del Ejecutivo”, argumentaron los “Clarinisras”, entre los que están  Ricardo Lorenzetti, y a Carlos Fayt, Juan Carlos Maqueda y Enrique Petracchi.

En la vereda de enfrente están los “Cristinistas”, entre ellos Elena Highton de Nolasco y Eugenio Zaffaroni, quienes anhelan la plena vigencia de la Ley de Medios para diciembre.

Tendrán que convencer a Carmen Argibay, recientemente reincorporada al magistrado, quien aún no se termina de definir.

Lorenzetti, que es el actual presidente de la Corte, quiere dejar su cargo de presidente, por los costos políticos que puede causarle la arremetida contra Clarín, Zafaroni se negó a ocupar el puesto y podría ser Highton de Nolasco quien se haga cargo.

Por su parte, Nolasco, dijo a un conocido matutino: “De ninguna manera hay internas, en la Corte tenemos muy buena relación entre los ministros. No puedo referirme al respecto porque la cuestión de fondo aún no está resuelta” y desmintió la posibilidad de asumir a partir de enero del 2013 la presidencia  de la Corte Suprema.

Días hostiles en medio de un cambio de clima

Hay que despejar la maleza que mezcla realidad y relato. La conclusión es, entonces, que Cristina Kirchner acaba de vivir una de las peores semanas que le tocó desde que fue reelegida.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION


La pobreza política de su gira por Estados Unidos coincidió con su decisión de agravar la tensión con el Fondo Monetario Internacional y de aguijonear a Washington con antiguas y ofensivas ironías. Se metió en un berenjenal de aislamiento y de incierto final con su decisión de entablar conversaciones con el extravagante régimen de Irán, pero el plato fuerte de su tribulación se sirvió en dos prestigiosas universidades norteamericanas. Ahí, entre alumnos libres de venganzas kirchneristas, la Presidenta demostró que no está en condiciones de dar conferencias de prensa en su país. La verdad a medias, la falta de verdad o el doble rasero son imposibles de sostener con una retórica tan pura como invertebrada.
¿Qué le pasa a la Presidenta? En el orden de su universo sólo caben la disciplina, el silencio y el acatamiento. En Georgetown y en Harvard chocó con la interpelación y, en algunos momentos, con la refutación. No tolera irreverencias. Cometió el sincericidio de manifestar su sorpresa: había ido a Harvard y no a La Matanza, dijo. La Matanza le dio noches de alegrías electorales, pero el glamour intelectual de aquellas universidades norteamericanas pudo más que su necesidad política.
Entonces empezó su conflicto con la verdad. La inflación no existe tal como la describen. Ella habla todos los días con los periodistas. Hizo, campante, tales aseveraciones.
A las sociedades se les puede mentir sobre hechos difíciles de comprobar rápidamente. Es imposible, en cambio, contarles otra realidad sobre los precios del supermercado o sobre lo que ven todos los días. Tiene un atenuante cuando habla del costo de vida: la Presidenta no va al supermercado desde hace más de 20 años.
Carece de cualquier justificación, por el contrario, su supuesta relación fluida con el periodismo o la descripción del periodismo argentino como una bestia suelta en las conferencias de prensa. Podía suponerse que el tema de la inflación era consecuencia de la desinformación, pero no el otro. Es razonable deducir, por lo tanto, que aplicó allá su particular y pública teoría: "Truchemos todo".
Algo más se deslizó entre sus varias exposiciones en Nueva York y Boston. Cierto fastidio. Un dejo de enfado. Los cacerolazos del 13 de septiembre han repercutido en su estado de ánimo. Los caceroleros no la dejaron en paz ni siquiera en su lujosa madriguera frente al Central Park. Debió aceptar que la re-reelección no es su tema, por ahora, aunque en su país siempre se había fugado de la definición. Las cacerolas habían tenido su efecto. La oposición a la reforma de la Constitución fue una bandera unificadora de la protesta callejera de hace quince días.
En Buenos Aires, a esas mismas horas, el infaltable juez Norberto Oyarbide caía de una causa (contra otro hombre irremediable, Guillermo Moreno) por obra del monótono batir de las cacerolas. Cambiaba el clima político. Ya el poder tiene evidentes límites para hacer o decir cualquier cosa.
Párrafo aparte merecen los escraches a Moreno y a Oyarbide. Ellos han sembrado vientos y huracanes. Moreno es una extraña extrapolación de funcionarios de la dictadura militar. Ofender y humillar es su profesión. Oyarbide debió irse de la Justicia hace diez años. No sólo se quedó, sino que decidió ostentar riquezas imposibles y ser funcional al poder del kirchnerismo. Gracias a ese juez, la Presidenta pudo decir en Harvard que su fortuna es producto de su carrera de "exitosa abogada". Le estaban preguntando por el satelital aumento de su fortuna desde 2003 hasta ahora. ¿Cuándo fue abogada en estos años de poder y de fortuna? ¿En dónde, si en ese período no pudo ejercer la abogacía? ¿Cómo no sentirse incómoda cuando la verdad puede ser autoincriminatoria?
Sin embargo, una cosa es la protesta colectiva y pacífica en el común espacio público. Otra cosa es el escrache individual. El escrache es un método que creó el fascismo y que perfeccionó el nazismo. Es un modo de agresión personal que expresa a una sociedad violenta e incivilizada.
El kirchnerismo espoleó el escrache con sus adversarios, pero ese antecedente (que nunca antes provocó un repudio del Gobierno) no legitima el recurso. Al contrario. Es lo que debe cambiar. No hay fines nobles que puedan alcanzarse con medios innobles.

UNA INDIGNADA MÁS

En Nueva York, esta vez la Presidenta sólo se reunió con el presidente egipcio, Mohamed Mursi, cuando en otros viajes a las Naciones Unidas ella o su marido tuvieron encuentros bilaterales con cuatro o cinco líderes extranjeros. Coincidieron con ella este año el presidente francés, la presidenta brasileña, el jefe del gobierno español y hasta el propio Barack Obama, entre varios más. No habló con ninguno. Hizo referencia a España en su discurso ante la ONU para contar que hubo en Madrid graves enfrentamientos entre indignados y la policía. Culpó a las "políticas ortodoxas, neoliberales e insensibles" aplicadas por Mariano Rajoy. Es decir, fue una indignada más.
En Madrid hubo, según la prensa española, 6000 manifestantes, una cantidad muy pequeña comparada con los caceroleros argentinos del pasado día 13. Para su gobierno, la decena de miles de manifestantes argentinos fueron expresiones de una clase media frívola e indiferente, preocupada por los malls de Miami. Indignada en Madrid. Despectiva en Buenos Aires. En las dos ciudades hubo ciudadanos que protestaron contra su gobierno. A Cristina no le importó la contradicción; le importa colocar los hechos en el molde de la ideología que la atrapa y la define.
La ideología la acercó al presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, para negociar sobre la devastadora masacre de la AMIA. Siete funcionarios iraníes han sido acusados por la justicia argentina. Dicen que llegó hasta él de la mano de Hugo Chávez, que sueña con un comercio mundial al margen de las grandes potencias económicas.
Cristina negociará con los acusados sobre qué jueces les conviene para esclarecer un criminal atentado, que se llevó 85 vidas inocentes, cometido en territorio argentino. Esgrimió una particular "doctrina Lockerbie" que no existe; aquel atentado fue juzgado por jueces escoceses porque el avión de Pan Am derribado cayó sobre territorio de Escocia. Un tercer país para hacer justicia sería una enorme injusticia para su propio país.
Lo más contrastante fue el discurso de los dos presidentes. Cristina le pidió a Irán "soluciones concretas", pero el presidente iraní contestó que él le contará la verdad sobre lo que pasó en la AMIA y que su prioridad es ampliar la relación bilateral. Hablaban de dos cosas distintas o los discursos públicos esconden secretos que nadie conoce. Los gobiernos norteamericano e israelí reaccionaron en el acto con críticas a la decisión argentina. Cristina compró el aislamiento iraní a cambio de nada. ¿De nada?

UN CRIMEN

¿De qué verdad quiere hablar Ahmadinejad? ¿Acaso sólo de "malentendidos", como anticipó, para hacer justicia con tanta muerte y destrucción? ¿Qué verdad quiere escuchar Cristina? El presidente iraní acaba de decirle a la CNN, aludiendo a la agraviante filmación sobre Mahoma, que "la libertad de expresión es en muchos sitios un crimen". Ahí aparecen las coincidencias. Es una discusión medieval, pero actual en la Argentina kirchnerista.
La Argentina podría ser un sitio donde la expresión es un crimen. El Consejo de la Magistratura convocó sorpresivamente para mañana a una reunión plenaria para designar al juez que debería dictar sentencia sobre la cautelar que protege las propiedades del Grupo Clarín. Ese eventual juez debería decidir sobre el fondo de la cuestión: la constitucionalidad o la inconstitucionalidad de un artículo de la ley de medios que apura la desinversión de los actuales propietarios.
La candidata a ocupar ese juzgado vacante es una kirchnerista con antecedentes de kirchnerista. El concurso que la habilitó para llegar a esta instancia fue denunciado penalmente y está siendo investigado. El oficialismo no tiene los dos tercios necesarios para designar a los jueces. No los tiene ni los tendrá, aseguró el diputado Oscar Aguad, representante de la oposición en el Consejo.
¿Qué se propuso el Gobierno entonces cuando llamó a esa reunión? ¿Una sorpresa, quizás? ¿Un escándalo, tal vez? Silencio. Después de las torpezas de Georgetown y de Harvard, está visto, como nunca antes, que el kirchnerismo se siente mejor en medio del misterio, encerrado entre enigmas

La multiplicación de las "tarjetas amarillas"

¿Qué significan las "tarjetas amarillas"? El tema dista de ser abstracto porque el Gobierno viene de recibir varias tarjetas. Una de ellas provino de la jefa del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, quien, después de poner en duda las cifras del Indec, le dio al Gobierno un plazo de noventa días para corregir sus informes económicos, al cabo del cual, agregó, le sacará la tarjeta roja de la falta total de credibilidad internacional en la que incurren los gobiernos mentirosos. Dicha en términos futbolísticos para que todos la entendieran, esta advertencia podría traducirse por otra frase aún más rotunda: el Fondo, en el cual están representados todos los Estados, incluido el nuestro, le ha venido a pedir al gobierno argentino que deje de mentir , precisamente cuando la Presidenta estaba presentándose en Nueva York ante los foros internacionales.

Por Mariano Grondona | LA NACION


A menos que ella se corrija, ¿qué valor tendrán entonces sus palabras en el ancho mundo que la contempla? Los dichos de Christine Lagarde no equivalen, en este sentido, a una mera "disidencia ideológica", sino a algo mucho más grave, a una condena moral, porque aparte de disentir de la interpretación de los hechos, que es necesariamente diversa según sean los puntos de vista que se expresen, lo que resulta inadmisible es el falseamiento puro y simple de los datos estadísticos en que incurre nuestro Gobierno, ya que, de difundirse su actitud, el mundo se degradaría hasta convertirse en una nueva Babel. En el polo opuesto, la máxima moral de Emanuel Kant es "obra de tal manera que la norma que preside tu conducta pueda convertirse en norma universal".
Lo que vino a expresar Lagarde, aunque en forma diplomática, fue el hartazgo que genera en los círculos internacionales la presencia sistemática de la mentira en las comunicaciones oficiales del gobierno argentino. A esta tarjeta amarilla, ¿no cabría agregar otra proveniente del propio pueblo cuando el pasado 13 de septiembre cientos de miles de personas manifestaron en las principales ciudades del país su condena al estilo oficial? ¿Sería excesivo evaluar esta otra señal proveniente de los sectores populares y sobre todo de la clase media, que es mayoritaria entre nosotros, y que se produjo espontáneamente sin que nadie la hubiera reclamado, como una protesta convergente con la del Fondo contra las mentiras de Cristina a menos de un año de su reelección?
La tercera tarjeta amarilla que recibió el Gobierno en estos días fue, quizá, la más significativa. Se la sacó Hugo Moyano cuando dijo en medio de una reunión donde no faltó nadie del peronismo disidente, de Rodríguez Saá hasta De la Sota pasando por De Narváez y Eduardo Amadeo, para reclamar que la Justicia reinicie la investigación por el asesinato de José Rucci, atribuido a los Montoneros. Como se sabe, mientras los jueces consideran que el crimen fue "común" y por eso prescribió, en la reunión de esta semana los peronistas disidentes volvieron a sostener que fue un crimen de "lesa humanidad" y por ello imprescriptible. Si la Corte Suprema les hiciera caso, los Montoneros y ya no sólo militares podrían ser juzgados por los horrores de los años setenta. La reunión que estamos comentando fue la ocasión para que Hugo Moyano dijera que "en 2013 les vamos a dar un castigo en las urnas a todos estos mentirosos". Así surgió la tercera tarjeta amarilla contra el Gobierno a propósito de una misma causa: su apelación a la mentira como un recurso habitual de acción política.
Los políticos incurren con frecuencia en "exageraciones" para reforzar el impacto de sus mensajes, pero otra cosa es el empleo sistemático de la mentira como un arma de propaganda éticamente vedada. Aparte de su descalificación moral, es dudoso que la mentira sea efectiva cuando pasa de cierto punto porque termina afectando la confianza en los que abusan de ella como en la famosa anécdota del pastorcillo mentiroso, a quien al fin terminaron por no creerle ni aun cuando decía la verdad. ¿Ha llegado el gobierno argentino a este extremo? Y si ha llegado, ¿qué podría hacer para remediarlo? Pero ¿ quiere remediarlo? ¿O en el fondo adhiere al cinismo de Joseph Goebbels cuando dijo "miente, miente, que algo queda"?
Una cuarta tarjeta amarilla se presentó finalmente en Nueva York, en donde los estudiantes universitarios cercaron a la Presidenta con preguntas que ella no quiso responder y que los periodistas ni siquiera pueden formular en la Argentina. El método de Cristina para eludir consultas incómodas es por lo visto el siguiente: cuando puede evitar preguntas, lo hace; cuando no puede hacerlo, generalmente en el exterior, contesta con evasivas. De una manera o de la otra, su actitud se asemeja a la del marido infiel que llega a su casa a las 4 de la mañana diciendo que estuvo trabajando con su socio y que, cuando su mujer lo refuta informándole que su socio había llamado preguntando por él, responde muy orondo: "Éste es mi cuento y no lo cambio".
La enseñanza de esta anécdota es evidente: no se puede salvar una mentira mediante una cadena de mentiras. ¿Por qué recurre a ella Cristina? Quizá porque no apela a uno sino a dos públicos. Uno todavía le cree a pie juntillas; el otro, diga lo que diga, ya no le cree. Pero ¿no ha variado la proporción entre estos dos públicos? ¿Responde aún esta proporción al 54 por ciento favorable y al 46 por ciento desfavorable que benefició a la Presidenta en las últimas elecciones? En otras palabras: ¿qué proporción de los que la votaron el año pasado todavía creen en ella? La apuesta de Hugo Moyano es, en este sentido, que los desilusionados son legión. Según los términos de esta apuesta, Cristina corre hacia una aleccionadora derrota en las elecciones parlamentarias de 2013 y por eso se explica que haya dejado de lado, por ahora, su pretensión reeleccionista.
Obsérvese cómo ha cambiado el contenido del debate político. Hasta hace muy poco, el desgaste del Gobierno provenía del enfriamiento de la economía. Este desgaste persiste, aunque quizás atenuado. Lo que crece y avanza, en cambio, es el desgaste moral de un gobierno mentiroso. ¿Cómo hará Cristina para revertirlo? Los datos económicos ya no la ayudarán como antes. Tampoco resultará suficiente su dominio casi total del sistema de medios audiovisuales, porque el público escucha a los pocos medios independientes que quedan mientras deja a los otros en una llamativa y costosa soledad.
Al Gobierno le queda, sin embargo, un aliado que aún podría resultar decisivo: la fragmentación de los opositores. Si los que nunca creyeron en él y los que se han desilusionado de él, en vez de sumarse, continúan divididos, todavía Cristina podría ganar en 2013 y resultar reelegida en 2015. Ésta es su última esperanza. Una esperanza nada desdeñable.
Los opositores, a su vez, tienen por delante el ejemplo de lo ocurrido en Venezuela, donde la oposición se unió detrás de Henrique Capriles para derrotar a Chávez en los comicios presidenciales del próximo 7 de octubre. No se sabe aún si Capriles ganará o perderá -quizá pierda, pero lo que más importa aquí es que Chávez pierda el monopolio que tuvo hasta hoy y que Venezuela pase a ser un sistema bipartidista, lo mismo que podría ocurrir en la Argentina si la oposición se uniera aun cuando ganara Cristina, a lo mejor por última vez. Como pese a todo somos una democracia, la última palabra la tiene el pueblo. A él hay que acatarlo, en él hay que confiar. Sólo el fraude podría vulnerar esta confianza. El fraude o la desunión de los opositores. Si evitamos estos dos abismos, habrá un futuro plenario para la democracia argentina.

Condenados a la soberbia y el aislamiento

Aunque le duela a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la única verdad es la realidad. Y su reciente paso por los Estados Unidos, en especial por las dos universidades donde se sometió a las preguntas de sus estudiantes, demostró la triste percepción que en esos ámbitos se tiene de la Argentina: la de un país cuya confiabilidad está gravemente dañada.



Las preguntas de los jóvenes de las prestigiosas universidades de Georgetown y de Harvard superaron claramente a las respuestas de la primera mandataria argentina. Que esos interrogantes se centraran en la inflación, en la falta de transparencia de las estadísticas oficiales y en el cepo cambiario -problemas que inexplicablemente la Presidenta se empeñó en negar-, dejaron al descubierto cuál es la imagen que de la Argentina y de su actual gobierno prevalece en los centros mundiales donde se toman las grandes decisiones.
Si los problemas de la Argentina no encontraron en la jefa del Estado una respuesta acorde, capaz de despejar las innumerables dudas y de seducir a algún inversor extranjero, la actitud de soberbia lindante con la falta de respeto con que la Presidenta trató a algunos estudiantes que la incomodaron con sus preguntas añadió un condimento más a la mala imagen de nuestro país.
No es habitual que un mandatario extranjero invitado a exponer ante estudiantes de dos de las más importantes universidades de los Estados Unidos y del mundo utilice fórmulas tan impropias de una investidura presidencial y tan despectivas para referirse a jóvenes que, por otra parte, carecían del derecho al debate o a la repregunta. Cuestionar a un estudiante porque tenía anotada su pregunta en "un papelito", insinuar que alguien les habría dicho a estos jóvenes lo que debían preguntar o hablar de falta de rigor académico, justamente en Harvard, porque en una Escuela de Gobierno se le formulaban más preguntas sobre su relación con la prensa que sobre sus políticas, revelan detalles de la grotesca actuación de la mandataria argentina, que sólo pueden provocar vergüenza entre sus compatriotas. Algo sólo superado por las evidentes falsedades en que incurrió.
En la Universidad de Harvard, la Presidenta no sólo pretendió dar cátedra sobre la "crisis mundial", pese a que, a juzgar por las preguntas que le hicieron los estudiantes, a nadie le interesaba que se refiriera a otra cuestión que no pasara por los problemas de su país. También la jefa del Estado abogó por el fin de las políticas comerciales proteccionistas por parte de los países centrales. Paradójicamente, nada dijo sobre las enormes trabas que su gobierno le ha puesto al comercio exterior y sobre las enormes dificultades para importar numerosos insumos, que convierten a la Argentina en uno de los países más proteccionistas de la Tierra.
Las tensiones comerciales externas irresueltas de nuestro país son bien conocidas y han ido en constante aumento. Sólo en la primera mitad del año, las autoridades argentinas han generado conflictos con 47 socios comerciales, que representan nada menos que el 65 por ciento de nuestras exportaciones totales. Actitud que ha recibido el certero nombre de "diplomacia del maltrato".
A esto hay que sumar las severas restricciones cambiarias, que afectan a propios y ajenos, dañan nuestra relación con el resto del mundo y retraen la inversión y el crédito, a la vez. Vivimos acostumbrados a la esquizofrenia de reglas cambiantes y de sorpresivos e irracionales cambios de rumbo, dentro de un marco de creciente anomia. Sin horizonte predecible alguno, salvo el de nuestras constantes actitudes patológicas.
La Argentina hoy es un país dirigista movido cada vez más por un fuerte imperativo intervencionista, que transita velozmente hacia el estatismo como destino final. En paralelo, nos hemos transformado en una nación autoritaria, con un gobierno de conductas discrecionales y absolutamente caprichosas. Un gobierno proclive a los zarpazos contra todo lo que genere alguna renta. Un gobierno que, además, ha transformado el ?desorden monetario en una suerte de religión y al que le importa poco la palabra empeñada.
Vamos a contramano de lo que hacen los países de la región con economías abiertas, los que más crecen y, mal que nos pese, los que más se modernizan, como Chile, Colombia, México o Perú. Y ya no somos el país de la región con el mejor nivel de vida ni el que tiene el ingreso per cápita más alto.
En contrapartida, buscamos vincularnos estrechamente con regímenes autoritarios como Venezuela, Ecuador o Angola, con perfiles similares a los nuestros en materia de dirigismo económico, con un sector externo opaco, con corrupción reconocida y plagados de la misma discrecionalidad administrativa que practicamos. Como si sólo allí pudiéramos estar cómodos o convencidos de que éste y no otro es el camino a seguir.
Un país aislado, con autoridades incapaces de ensayar una mínima autocrítica, es un país que se retrasa. Que se empequeñece y que, inevitablemente, condena a toda su sociedad a tener que aceptar una disminución relativa en su nivel de vida. No es poco y sus responsables están a la vista.

Cae la confianza en el Gobierno

El Índice de Confianza en el Gobierno (ICG), que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, cayó en septiembre por cuarto mes consecutivo y acumula un descenso del 39 por ciento en lo que va de 2012.



Según el relevamiento que realiza la Escuela de Gobierno de esa casa de estudios, y cuyos resultados se ubican en una escala que varía entre un mínimo de 0 y un máximo de 5, la confianza en la administración de Cristina Kirchner fue este mes de 1,69 puntos, frente a 1,80 de agosto, lo que supone una caída del 6 por ciento.


En septiembre del año pasado, el índice había sido de 2,64, por lo que el descenso interanual trepa al 36 por ciento.
La encuesta se hizo vía telefónica a 1209 personas en 40 localidades de todo el país entre el 31 de agosto y el 7 de septiembre, es decir, antes del cacerolazo en la Plaza de Mayo que tuvo fuerte eco en varias ciudades del interior.
En términos cualitativos, no se registraron cambios significativos respecto de agosto. La honestidad sigue al tope de los atributos destacados por los entrevistados con 2,14 puntos; seguida por la capacidad para resolver problemas, con 2,1 puntos.
También como el mes pasado, la confianza en el Gobierno fue mayor entre varones que entre mujeres, 1,9 y 1,52, respectivamente.
Se reafirma además la tendencia por la que el índice de confianza es más elevado en el Gran Buenos Aires, 1,82; que en el interior, 1,65, y en la Capital, 1,54..

Para Capriles, Chávez "defraudó a los venezolanos"

una semana de las elecciones presidenciales en Venezuela y horas después de que el actual presidente dijera que si el presidente estadounidense Barack Obama fuera venezolano votaría por él, el principal candidato opositor, Henrique Capriles, manifestó durante un multitudinario acto que Hugo Chávez se "enfermó en el poder" y "defraudó a los venezolanos".



"Ustedes juzguen quien está en el proceso de cambio y quién se enfermó en el poder, porque el que hoy está en Miraflores defraudó a los venezolanos", afirmó Capriles durante su cierre de campaña en Caracas realizado sobre la la céntrica avenida Bolívar.
Capriles, utilizó durante su acto una camisa con el tricolor nacional y desafió así las advertencias del ente electoral venezolano sobre uso de los símbolos patrios en campaña.
Miles de personas vitorearon al joven gobernador de Miranda mientras surcaba las calles de Caracas en lo alto de una camioneta descapotable, desde la que lanzó besos, estrechó manos y repartió las polémicas gorras con la bandera nacional amarillo, azul y rojo, que irritan al oficialismo.

UN TERCER MUERTO

"El 7 de octubre nosotros vamos a derrotar la violencia de Venezuela, nuestro pueblo está cansado de la violencia, de la división, de la confrontación, no tenían por qué caer ayer esos tres jóvenes producto de la intolerancia de algunos", afirmó Capriles, tras la muerte de tres dirigentes opositores en la ciudad de Barinitas, situada en el estado natal de Chávez.

CARAVANA DE CHÁVEZ

Al mismo tiempo, los simpatizantes de Chávez se concentraron para una caravana de su "Comandante" en Cabimas, una población pobre del estado Zulia donde la expropiación de decenas de empresas petroleras en 2009 generó una gran polémica.
"Lo primero que vamos a lograr con nuestra victoria es algo así como un poderoso seguro a retaguardia para impedir la vuelta atrás", dijo Chávez en una entrevista grabada durante la semana y transmitida esta tarde.
Chávez habló de un "poderoso cerrojo" para blindar su proyecto, lo que apuntaría a la aplicación de medidas de amplio alcance como ha hecho tras otros triunfos, ya sea en forma de cambios constitucionales o leyes radicales como las que utilizó para nacionalizar gran parte de la economía.
Cuando falta sólo una semana para las elecciones, el resultado es cada vez más incierto.
Agencias Reuters y EFE 

Marcas propias y locales chicos, el plan para sostener el consumo

El panorama en el segmento de consumo masivo se modificó, pero los comercios tomaron nota para dar batalla. Frente a la desaceleración del consumo, el mayor cuidado en los gastos de las personas y el fraccionamiento de las compras durante el mes, las grandes cadenas comerciales incrementarán su apuesta por los locales más chicos y las marcas propias. Esas son las principales conclusiones de las recientes jornadas sobre supermercadismo organizadas por la Asociación de Supermercados Unidos (ASU), cuya consigna fue “Argentina Alimenta”.



PorDAMIÁN KANTOR

Cuando se lo cuestiona, el relato queda al desnudo

El relato oficial está en serios problemas y su pretendida épica enciende cada vez menos pasiones. Quedó súbitamente desnudo , mostrando su verdadera naturaleza, construida ladrillo a ladrillo por un discurso al que la realidad ha comenzado a desmentir. Queda, todavía, una minoría intensa que busca mantenerlo vivo pero, como quedó claro en la última quincena de septiembre , cada día le cuesta más hacerlo pasar por verídico.


POR RICARDO KIRSCHBAUM


La Presidenta tropezó en la tribuna académica, donde fue llevada para mostrarse, con la certeza de que el relato no admite la interrogación porque así queda expuesta su endeblez.
Las últimas encuestas dan testimonio de esos problemas que se reflejan en la caída de imagen de la Presidenta. No podrá ser atribuida al recurso fácil de la manipulación mediática sino a la certificación de un estado de ánimo que traduce un malestar concreto. En su afán de tapar las goteras del relato, el Gobierno intenta sin éxito ocultar que han aparecido límites demasiado temprano en el segundo período de Cristina y que la autosucesión indefinida, sintetizada en el ruego de “Cristina eterna”, cada día está más lejos. Esa distancia es la que hace que el peronismo, hoy marginado de las decisiones, haya comenzado a despabilarse por si debe volver a intervenir para definir cómo seguirá la cuestión para el 2015.
Ha quedado claro por qué Cristina no permite preguntas en el país. En Boston, fue a lucirse en una tribuna académica y terminó dejando una muy pobre impresión . Peor: apareció una veta de descalificación que dejó estupefactos hasta a sus propios adeptos por la profundidad de la ofensa a los estudiantes universitarios de La Matanza, rebajados por Cristina a un nivel de inferioridad académica y social insólita para una Presidenta que se vanagloria de la inclusión social y de su declamada solidaridad popular.
Ya había dicho que aceptar preguntas en la Argentina era aceptar hablar contra sí misma. Ahora añadió que no lo hace porque los periodistas protestan porque ella no les contesta como ellos quieren y que son desorganizados , como si esa tarea de ordenar una reunión con la jefa del Estado no fuera responsabilidad de su propio Gobierno, si quisiera hacerlo como se debe.
El problema de Cristina es que sus respuestas a ciertas preguntasexponen su naturaleza y una arrogancia inútil para disfrazar la verdad.
El relato pierde eficacia. En vez de enamorar, exaspera. Muestra la inutilidad de la red de propaganda que se ha montado con el dinero oficial y la complicidad –y el negocio– de muchos.

Un viaje de pesadilla, de Harvard a Teherán

Las presentaciones de Cristina ante estudiantes universitarios, en Georgetown y Harvard, revelaron, de modo casi desolador, por qué ella se ha negado a ofrecer conferencias de prensa en la Argentina. Alguien en el Gobierno pagará la culpa por las amarguras cosechadas en los Estados Unidos.


POR JULIO BLANCK


Más allá de datos históricos equivocados y afirmaciones insostenibles, como que la inflación es la que dibuja el INDEC, que habla todo el tiempo con la prensa o que su fortuna se debe a su hasta ahora desconocido éxito como abogada , lo que mostró la Presidenta es una enorme dificultad para salir fácil de preguntas difíciles.
Además, poca ductilidad para interactuar con audiencias que no sean cautivas y entrenadas para aplaudir cuando hay que aplaudir, levantar las banderas cuando hay que levantarlas y responder con disciplina a las indicaciones de los hacedores del relato.
Y demasiada facilidad para el enojo y la descalificación de quien le incomoda, en este caso estudiantes que, sin ninguna inocencia , le preguntaron sobre cuestiones de las que ella prefiere no hablar.
El cuestionamiento público al índice de inflación de los Estados Unidos y el destrato –no por nuevo menos sorprendente– a sectores de la Argentina que por lo visto no encajan con su ideal glamoroso, como en sus hirientes referencias a La Matanza y su universidad, fueron uno y otro extremo en la colección de malos pasos.
Eludir una respuesta concreta sobre el proyecto de re-reelección, para quien se precia de manejar con precisión las palabras, resultó en cambio una señal política de alto valor. Cristina no tomará la iniciativa pública, pero no dijo que rechazará un cambio en la Constituciónque ella misma votó.
Toda la secuencia estuvo signada por factores infrecuentes. En Georgetown, Cristina contestó preguntas después de la sólida conferencia que pronunció para dejar inaugurada la Cátedra Argentina, una instancia académica que en esa universidad se consigue con el desembolso de alguna bonita cantidad de dólares. Empresarios y hasta algún sindicalista presentes en la delegación quizás hayan contribuido a ese logro. De modo que la presentación de Cristina allí era, casi, una cuestión de negocios.
Distinto fue lo de Harvard, donde la Presidenta acudió al aceptar una invitación de estudiantes argentinos de la Escuela de Gobierno, que iniciaron el trámite enviándole un simple y democrático correo electrónico al secretario general de la Presidencia, Oscar Parrilli.
Hay que decirlo pronto: no sería justo atribuir al diligente Parrilli la responsabilidad por los tropiezos de este viaje. El secretario general no está en el olimpo de los consejeros de Cristina. En círculos oficiales se señala, en cambio, que las opiniones del jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, y del canciller Héctor Timerman, pesaron más a la hora de decidir la agenda del viaje, con excursiones universitarias incluidas. Por el contrario, se asegura que cierto moderado alerta sobre los peligros que se cernían fue dado por Jorge Argüello, el embajador en los Estados Unidos. Pero quizás no haya que hacer caso estricto de estas versiones, que suelen estar cruzadas por el interés de quienes las difunden y las interminables rencillas internas, propias de todo poder.
En todo caso, los tropiezos universitarios de la Presidenta fueron de estricto consumo interno. Revelaron cuánta desorientación hay en la cima del poder desde que el cacerolazo masivo del pasado jueves 13 puso en acto lo que algunas encuestas venían anticipando: caída fuerte de la imagen presidencial, rechazo al estilo mandón y a la propaganda abrumadora, fastidio con medidas como el cepo al dólar, estrés social por cuestiones que no encuentran solución, como la inseguridad o la inflación. Ese declive no parece tener, por ahora, señales de corrección.
Pero además hubo otros componentes que trascendieron lo puramente doméstico.
No fue solamente la rotunda y muy pertinente refutación de la Presidenta a Christine Lagarde, la jefa del FMI, quien para censurar a la Argentina por el sistemático falseamiento de datos del INDEC habló desacarnos una tarjeta roja . Con justeza, Cristina le recordó que nuestro país no es un equipo de fútbol, además de soltarle algo de su nutrido arsenal verborrágico. Por cierto, la Argentina está claramente en off-side –para seguir con la terminología futbolística– en materia de estadísticas, pero el FMI no se puede arrogar la propiedad de la panacea económica , en vista de cómo está la porción del mundo que regentea.
En términos políticos lo más sustancial del viaje fue la apertura de negociaciones con Irán, con el declarado interés de buscar algún camino que permita juzgar a los acusados por el atentado contra la AMIA, en 1994.
El miércoles 19 Timerman difundió la invitación al diálogo que le hizo su colega iraní Alí Akbar Salehi. El martes 25, en la ONU, Cristina dijo que aceptaba esa oferta. El jueves 27 se reunieron los cancilleres, en el contacto de más alto nivel desde el atentado. Allí acordaron una agenda de negociación a partir de octubre, en Ginebra.
La velocidad de relámpago con que se llegó a este acuerdo sólo se explica por una intensa y silenciosa gestión previa . El tipo de gestión que el periodista Pepe Eliaschev denunció que se había abierto hace un año y medio entre Timerman y la diplomacia iraní, con un contacto secreto en la ciudad siria de Aleppo. Aquella revelación le costó a Eliaschev el anatema oficial y una fuerte presión judicial para que revelara el origen de su información. Pero estaba en el camino cierto.
Desde ya, es elogiable tratar de llevar a juicio a los acusados del crimen colectivo en la AMIA. Hace tres años, Cristina había reflotado una idea que venía del tiempo de Kirchner: explorar la idea de realizar el juzgamiento en un tercer país. Irán se negó entonces, una vez más, a entregar a sus ocho ciudadanos acusados, entre ellos un ex presidente, un ex canciller y el actual ministro de Defensa, y la Argentina volvió a condenar en la ONU esa falta de colaboración. Ahora se vuelve a aquel escenario original.
La cuestión no es la buena intención argentina, que se descuenta, sino la posibilidad efectiva de avanzar hacia el juzgamiento de los presuntos criminales . Allí es donde asoman dudas fundadas acerca de la disposición del gobierno de Teherán, que rechaza cualquier responsabilidad en el crimen mientras insiste en su postura de negar el Holocausto y pretender eliminar al Estado de Israel.
Argentina ha quedado, objetivamente, del lado de Irán y de su gran aliado en la región, la Venezuela de Hugo Chávez, sobre cuya influencia en el kirchnerismo es ocioso abundar. Enfrente están, cuanto menos, Estados Unidos e Israel. Y por extensión, la comunidad judía internacional y local, más allá de la fluidez del contacto que el Gobierno supo construir acá con algunos dirigentes comunitarios.
¿Cristina en verdad desea ese distanciamiento con Washington?
¿Acaso iban en esa dirección algunos pasos recientes de su gobierno, como la recomposición de vínculos con la DEA ejecutada por el supersecretario de Seguridad, Sergio Berni? La incierta respuesta a esas preguntas lleva a otro interrogante. ¿Hay algún beneficio concreto que la Argentina pueda extraer de esta negociación con Irán, como no sea en lo inmediato un incremento de las relaciones comerciales ?
El congelamiento diplomático que sobrevino al atentado de 1994 impulsó el mutuo retiro de embajadores. Pero no cesaron en sus funciones los agregados comerciales. Así y todo, las trabas políticas dificultan y encarecen el comercio bilateral.
Se cuenta en la comunidad judía que un gran embarque de arroz, producido por cooperativas agrícolas de Entre Ríos, debe ahora ser triangulado con un broker de Austria para ser llevado luego a Irán. Ese mismo tipo de triangulaciones, siempre costosas, pasarían por otros países de Europa, entre ellos España.
Desde que Cristina llegó a la Presidencia, las ventas argentinas a Irán se triplicaron largamente : fueron 319 millones de dólares en 2007 y 1.068 millones de dólares en 2011. Se vende trigo, maíz, soja, aceite. Es un buen negocio para las grandes corporaciones cerealeras, por lo general multinacionales. ¿Cuánto le compró la Argentina a Irán? El año pasado fueron sólo 17 millones de dólares, sobre todo en café, té y especias. Es una relación en la que todo es ganancia para el país, mirando solamente la frialdad de las cifras.
La pregunta es si, en busca de mejorar los negocios, se hipoteca sin fecha la posibilidad de justicia y además se arriesga cierta forma de soberanía. Porque ante un atentado cometido en la Argentina y contra argentinos, negociar el juicio en un tercer país suena demasiado parecido a acordar con los acusados de un crimen qué tribunal los va a juzgar.
Si así fuera, cabría pensar si las razones de caja ocupan una vez más el lugar de las razones de Estado. Y las razones de caja, por lo visto, no se discuten.
Copyright Clarín 2012


A la Presidenta la traicionó su naturaleza

En 1957, Elia Kazan filmó una película injustamente olvidada: Un rostro en la muchedumbre . Era la historia de Larry “Lonesome” Rhodes, un guitarrero marginal y desenvuelto en el que la reportera de una radio (Patricia Neal) descubre el don de la comunicación. “Lonesome”, un lumpen sin fidelidades ni códigos, se convierte de la noche a la mañana en una estrella. Las multitudes deliran por él y él las alaba en público y las desprecia en privado. Es un mal bicho. Quienes lo rodean empiezan a aborrecerlo. Una noche, al fin de la emisión de su programa de TV, el operador decide que, en contra de lo acostumbrado, no cortará el sonido. Los espectadores pueden escuchar así a “Lonsome”, el ídolo, insultarlos por lo bajo mientras sonríe, en la despedida. La historia de “Lonesome” Rhodes puede ser la de cualquiera. Una versión menos amarga es la de los insultos de Mirtha Legrand durante un corte o el bizarro ataque de furia de una panelista de 678 a micrófono abierto. La tecnología falla, los hombres encargados de manejarla a veces se equivocan y, de tanto en tanto, se toman pequeñas venganzas. A Cristina Fernández, en Harvard, no se le rebelaron los mixers ni le jugaron una mala pasada los sonidistas cuando dijo, con el tono nasal que remeda a las clases altas: “¡Chicos, por favor! ¡Esto es Harvard, no es La Matanza!” Antes había retado a otro: “Vos estudiás acá, en Harvard, y hay chicos que van a la universidad de La Matanza ¡De- la- Ma-tan-za!”. A la Presidente la que la traicionó fue su naturaleza, lo que brotó, igual que en Tecnópolis, fuesu pensamiento secreto : “Me gustaría estar en Venecia y no acá, en Villa Martelli”.


POR SUSANA VIAU

El rector de la Universidad de La Matanza admitió que le habían causado tristeza esas expresiones y contestó que ellos, los de esa institución, y los habitantes del enorme distrito obrero en el que está enclavada, no son una subcultura . La del rector Daniel Martínez fue una reacción honorable. Pero el cristinismo no tolera siquiera esas pequeñas rebeldías y contraatacó: el intendente Fernando Espinoza y Edgardo Depetri lo censuraron con rigor y, en el colmo del ridículo, adujeron que sólo habían sido “ironías” de Cristina, puros elogios a los matanceros . Luis D’Elía convirtió a Martínez en militante del PRO. De ese material está hecha la atmósfera fofa y complaciente que rodea a la Presidente. Cómo no explicarse entonces el semblante desencajado de Cristina ante un puñado de estudiantes que la ponían en aprietos, la retirada vacilante, sin saludos ni felicitaciones de quien se había defendido ofendiendo a todos: a los periodistas (“ustedes no saben cómo son los periodistas de mi país”), a los matanceros, a los que preguntaban y a sus “compañeritos” y hasta al decano David Elwood, que primero soportó imperturbable sus críticas al “nivel académico” del acto y después quedó con la mesa del cocktail servida por el desaire de la jefa de Estado argentina.
El piso de la Escuela de Gobierno J.F. Kennedy donde se desarrollaba la conferencia se hizo jabonoso y Cristina resbaló con una pregunta acerca del crecimiento perpetuo de su patrimonio. Para explicarlo arguyó que el suyo era uno de “los estudios más grandes” –sin especificar de dónde– y recordó su trayectoria de “abogada exitosa y ahora una Presidenta exitosa”.
También Carlos Menem solía definirse como “un presidente exitoso”.
“Éxito” una palabra inhabitual en el mundo de la política, quizás porque según el Diccionario de la Real Academia Española, aluda al “resultado feliz de un negocio” y, por qué no, aunque no lo diga la RAE, a una manera de vivir, al correlato de una cierta idea del ascenso social.
El miércoles, en Georgetown, al validar las estadísticas del INDEC Cristina había echado un balde de agua fría sobre el auditorio: “¿Cuál es la inflación oficial en este país? Dos por ciento. ¿Realmente todos ustedes creen que el costo de vida en Estados Unidos crece únicamente al 2% anual?”.
“Todos mentimos” era el mensaje que se ocultaba tras esas afirmaciones temerarias. El escenario internacional, buscado para recomponer la imagen dañada por las cadenas nacionales, los dos discursos diarios, la torpeza de sus funcionarios y el gran cacerolazo del 13 se había convertido, por sus propios errores , por sus incontinencias, en una catástrofe.
La Presidente, igual que su difunto marido en 2008, es hoy por hoy la gran estratega de la oposición. El cristinismo –y lo saben bien Daniel Scioli y los intendentes del conurbano– está dejando de ser un aliado atractivo .
Lo que esperaba a la Presidente a su regreso tampoco iba a ser agradable. El INDEC informó que la actividad de la construcción cayó, en agosto, un 8,1% respecto del año pasado. Es apenas una punta del problema: desde agosto de 2011, Vialidad Nacional debe a los contratistas 5 mil millones de pesos y la mitad de las obras están paradas: se han suspendido todas aquellas que estaban a menos del 50% de su ejecución. ¿Los motivos? “ No hay fondos ” hacen saber desde el Ministerio de Julio De Vido. Las secuelas son inevitables: se han perdido 50 mil puestos de trabajo registrados. La dotación de trabajadores en blanco se redujo, pues, de 450 mil a menos de 400 mil, un descenso del nivel de empleo que sufren el turismo, la gastronomía y, sobre todo, el sector inmobiliario. Para paliar el mal humor de los empresarios de la construcción, el gobierno se ha comprometido a pagar 1.000 millones mensuales, un 70% será destinado a las obras en curso y el 30% a amortizar la deuda acumulada.
Por eso los industriales del ladrillo recibieron con expectativa el lanzamiento del Plan ProCrear y el anuncio de edificación de 400 mil viviendas en cuatro años. Es, por donde se lo mire, una iniciativa audaz. En Argentina se construyen, producto de la actividad pública o privada, unas 40 mil viviendas anuales. El Plan ProCrear promete elevar la cifra a 140 mil. Un conocido arquitecto hilvanaba, días atrás, una reflexión prosaica pero cargada de pragmatismo: “En la actualidad, el país no produce semejante cantidad de inodoros ”. Sus interlocutores quedaron absortos. Desde la industria pusieron paños fríos a esas preocupaciones y aseguraron que “ a medida que pase el tiempo, las cosas se irán acomodando”. ¿Qué quieren decir con eso? “Bueno. Hay que verlo en contexto. Recién se han adjudicado cien créditos.
No se van a construir cien mil viviendas por año ”. Claro, no todo es desánimo. Después de casi un siglo, el país ha vuelto a exportar ganado en pie. En estos días y bajo un secreto poco explicable, dos mil cabezas partieron, en solo embarque, rumbo a Venezuela. Lo que no se sabe es si se trata del principio de una feliz cooperación comercial o de una contribución a la campaña electoral del presidente Hugo Chávez Frías.


Ultimas Noticias

Especiales

.

.