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jueves, 12 de noviembre de 2015

Lo peor no es perder, sino no combatir

La recta final del ballottage opera como un gran proceso de simplificación: los candidatos, que comenzaron por ser varios, pocos días antes del comicio decisivo han terminado por ser dos. Scioli o Macri. Macri o Scioli. ¿Dará lo mismo?


por Mariano Grondona LA NACION

Situados al principio en casilleros diferenciados, estos dos "finalistas" terminaron por parecerse mucho, quizá demasiado, entre sí: ¿cuál sería la razón para preferir a uno de ellos sobre el otro? ¿Estarán los votantes frente un dilema insoluble debido a la similitud entre sus dos opciones finales?


En principio, la similitud de las opciones parece apuntar hacia la homogeneidad de los votantes, en dirección de la uniformidad de sus preferencias. ¿Es esto bueno o malo? Es bueno en cuanto evita la polarización excesiva, que es el prólogo de la división nacional. Pero es malo en cuanto revela la chatura de ideas, la pobreza ideológica, el desvanecimiento de esa diversidad de la cual surgen el debate y la creatividad. En suma, ¿qué es preferible, la homogeneidad o la pasión por la diversidad?

Cabría evitar aquí la inclinación por los extremos. Una sociedad sin debates carecería de vitalidad. Pero a una sociedad en estado de confrontación le faltaría serenidad. ¿Cuál de estas dos sociedades es la nuestra? Una tercera opción parece demasiado cercana: una confrontación doblemente débil por la ausencia de contrastes enérgicos, bien diferenciados. Una confrontación en situación de anemia por la debilidad de las motivaciones. Es la marca de las naciones sin destino.

No queremos ser una nación indiferente. No queremos ser una nación a la que todo le dé lo mismo. Queremos ser una nación en marcha hacia un destino, aun cuando este destino esté sembrado de dificultades. Las dificultades caracterizan a la nación. Si identifica a las dificultades con su destino, recién entonces estará lista para albergar una historia, una misión.

Fue Toynbee quien identificó la historia de las naciones con la lógica "desafío-respuesta". Hay, así, tres clases de naciones. Las que no tienen desafíos dignos de mencionar. Las que los tienen y saben responder a ellos. Y las que los que los tienen pero sucumben ante ellos.


¿Cuál es el perfil, en este sentido, de nuestra nación? ¿Somos una nación indiferente, una nación esforzada pero derrotada o una nación exitosa?

Por supuesto, no queremos ser una nación derrotada ni tampoco queremos ser una nación que evite luchar por miedo a perder. La escala de nuestras preferencias debiera ser la siguiente: primero, luchar; después, ganar; después, combatir, y finalmente, perder. Porque lo peor en esta escala no es perder, sino no combatir, es decir, no vivir.

Lo primero que debiéramos buscar ante este dilema es combatir, pero pelear la buena batalla, la batalla digna de ser librada. Lo peor, quizás, es evitar las batallas, sobre todo las batallas dignas de ser libradas, nada más que por el temor de perderlas. Es que hay algo peor que perder las batallas: es huir delante de ellas.

Del desarrollo de estas líneas surge el principal problema que amenaza a los argentinos: el peligro de no ser en la historia. El peligro de no albergar desafíos. El riesgo de no contar en la historia. Un peligro para el cual estamos inclinados porque, hasta ahora, prácticamente, hemos sido ignorados por la historia. Y este desdén nos resultó cómodo, lo sentimos cual si fuera favorable.

El dilema de los argentinos de esta generación es, en suma, el dilema de ser sin tener que esforzarnos. Más que un dilema, es una tentación.

Los países que han llegado a la grandeza tuvieron que enfrentar grandes dificultades. No las ha tenido que enfrentar el nuestro. Pero esta debilidad de las dificultades, ¿en definitiva fue un privilegio o, como decíamos, una tentación?


A partir de aquí caben dos caminos. Uno, el más fácil, es seguir como hasta ahora, en un suerte de dorada mediocridad. El otro es empujar, para que la historia se anime a entrar. Los argentinos estamos frente a la tentación de la irrelevancia. Es una tentación confortable. También es una tentación que no lleva a ninguna parte. En respuesta a ella sobrevive todavía el ideal sanmartiniano: serás lo que debas ser y si no, no serás nada.

jueves, 8 de octubre de 2015

Complejidades de la sucesión

La corrupción está sometida a una lógica cíclica. En las fases de alza del ciclo, cuando todavía impera su fase ascendente, cuando las energías aún frescas parecen dominarlo todo, el ciclo renace con una fuerza al parecer incontenible y la impresión es que se lleva todo por delante. Pero después del mediodía las sombras se alargan y aparecen los primeros síntomas del desgaste. Los ciclos, como los hombres, son mortales. Nacen, crecen y, finalmente, mueren.


por Mariano Grondona LA NACION

Para evaluar una política, por lo tanto, es importante advertir en qué fase del ciclo se encuentra. ¿Asciende o desciende? ¿Crece o decrece? Las respuestas dependerán de la fase que corresponda. No se puede aplicar a un ciclo una fase inadecuada. En fases de auge, el optimismo acierta; en fases agónicas, prevalece la cautela.


Es evidente, a partir de estas distinciones, que el ciclo de Cristina Kirchner ya ha iniciado su fase terminal. Con el agravante de que no parece haber previsto cómo termina y no ha previsto, además, quiénes la podrían suceder. Su concentración en el hoy del poder no le dejó tiempo para pensar en su heredero.

La discontinuidad inevitable de las sucesiones ha sufrido diversas alteraciones. La primera y más estrecha fue la sucesión familiar. Pero los hijos no son siempre brillantes. Si no recae en ellos la sucesión familiar, queda el recurso de apelar fuera de los límites familiares hasta que aparezca el candidato triunfante. Cuanto más se abra el límite de la sucesión, más incierta será ella, aunque también podrían acrecentarse, por contrario imperio, las posibilidades de éxito de los que en principio quedaban afuera.


Como se ve, pues, cerrada o abierta, intrafamiliar o no, la sucesión siempre ha puesto a prueba la continuidad de los regímenes políticos. Es que, en tanto que los regímenes pueden parecer inmortales, es evidente que los hombres nunca lo serán. Finalmente, lo que ha prevalecido en materia de sucesión es que ella se abra al infinito, hasta alcanzar a todos los ciudadanos en condiciones de votar, de elegir y de ser elegidos.

En una punta tenemos, pues, la sucesión cerrada dentro del propio círculo familiar. En la otra, tenemos una sucesión tan abierta que no excluye a ningún ciudadano en condiciones de votar. A lo largo de los siglos se ha impuesto la sucesión democrática plena; la más amplia posible. Todos los ciudadanos y todas las ciudadanas son elegibles. Todos están en condiciones de votar y de ser votados, sin distinciones. Así se cumplió la visión profética de Napoleón cuando dijo que, en una revolución, todo soldado lleva en su mochila el bastón del mariscal.


Lo que ha contribuido a la complejidad del tema es que en tiempos revolucionarios cambian las reglas de la lucha por el poder. En los regímenes estables, bien afianzados, la vía hacia el poder se parece a una ancha avenida bien iluminada. En medio de ella, no se esperan sorpresas. En medio de una revolución, en cambio, hasta las reglas de acceso al poder se vuelven inciertas. Los triunfadores serán aquí, por consiguiente, los menos pensados.

La conquista del poder se vuelve, en estas condiciones, una caja de sorpresas. Las cualidades que hay que mostrar para prevalecer son opuestas, en cierto modo, a las de los tiempos normales. He aquí el clima donde sucumben los rutinarios y son capaces de triunfar los apostadores, los audaces y los visionarios.

Pero esta lista de los exitosos no es necesariamente negativa. Entre los audaces cuyas posibilidades de triunfar han aumentado se cuentan sin duda muchos aventureros e irresponsables, pero también hubo auténticos héroes en la lucha por la independencia y la libertad. ¿Cómo distinguirlos, cómo reagruparlos?


Habría que recordar aquí la parábola evangélica del trigo y la cizaña. Con el tiempo, la historia ha sabido distinguir entre héroes y villanos. Si le damos un tiempo suficiente para madurar, las cuentas esclarecen. Hubo en nuestra historia, por cierto, ejemplos encontrados. Poco a poco, sin embargo, el tiempo le ha ido dando a cada caso su dimensión cabal. Sólo hay que esperar.

jueves, 1 de octubre de 2015

La fama no lo es todo

No todo famoso tiene poder por el hecho de serlo ni todo poderoso arrastra la fama como una secuela inevitable. La fama y el poder son vecinos, pero no se confunden. Hay casos de independencia recíproca entre ellos, y hay casos de forzosa relación. El analista debe aprender a distinguirlos o a conectarlos según se lo aconsejen las circunstancias. Debe actuar, en cada caso, con prudencia. La prudencia es, como se sabe, la máxima virtud política, pero su signo es la ambivalencia.


por Mariano Grondona para lanacion.com

Cuando alguien llega al umbral de la fama, adquiere cierto poder. Es famoso, pero no es necesariamente poderoso. Tiene sin duda más poder que el que tendría si fuera un completo desconocido, pero esta afirmación no permite definir de antemano cuál es su efectivo poder. ¿Mucho? ¿Poco? Saber con cuánto poder se cuenta en cada caso y con cuánto poder cuentan los rivales es parte esencial del arte político. Por eso se dice con razón que la política es tanto una ciencia como un arte, un saber no sólo teórico sino también práctico en el que la experiencia acumulada cumple un rol decisivo.


No hay victoria en la que las ganas de vencer no hayan cumplido un papel sobresaliente. Pero también ha habido derrotas en las que la ansiedad por vencer ha nublado el juicio de los contendientes. Hay que desear vencer, pero si se ansía vencer con exceso, un error suele ser la consecuencia.

¿Cuál es el papel que en materia de probabilidades cumple la fama? Un famoso, ¿está más cerca del éxito que un desconocido? Al ser famoso, reúne más condiciones para derrotar a sus rivales, pero también debe contrarrestar más tentaciones. Está más expuesto, tanto para la victoria como para la derrota.


Tomemos como un ejemplo ilustrativo el caso de Marcelo Tinelli. Ser famoso, ¿no le ha ayudado en su proyecto de hacerse un lugar en la AFA? He aquí un caso ejemplar en la lucha por el prestigio y el poder en el cual es más probable que el que triunfa en un sector también progrese en otro. De esta manera, el ganador aquí es más probable que se convierta en ganador allá, sin que cuenten tanto sus virtudes específicas para el nuevo cargo al que ahora aspira.

Cuando un hombre o una mujer de éxito se ha elevado a las alturas de la fama, ¿lo impulsa en su ambición la fuerza de lo que ya ha obtenido? ¿Cuál es la incidencia del pasado en los logros del futuro? Si alguien ha ganado varias veces, ¿lo convierte este hábito en un probable ganador, o en dueño, en cierta forma, del futuro?


Los escolásticos han subrayado en esta materia el papel de los hábitos. ¿Ganamos más veces cuando nos hemos acostumbrado a ganar que si nos hemos acostumbrado a perder? ¿Qué papel juega aquí la experiencia? Las derrotas también acaso nos enseñen. Lo que nos hace pensar en qué preferiríamos, si a un joven brillante salido de la academia o a un oficial maduro, curtido por una sucesión de victorias y derrotas. Decía Napoleón que sus oficiales llevaban en sus mochilas el premio de la victoria. Pero la cuestión central es saber quién fue al fin más efectivo, si el que ganó una batalla o el qué ganó una guerra.

Pero hoy ya no se trata tanto de evitar la muerte en guerras, sino de ganar otras guerras incruentas, las que se libran bajo el signo del deporte. Quien quisiera anotar esta evolución como otra señal del progreso de nuestro tiempo, no tendría más que anotarla.

¿Es posible comparar aquí las cruentas guerras del pasado con el deporte como incruenta guerra del presente? Antes, los hombres batallaban y morían, con gloria y honor, por sus banderas. Hoy, hombres y mujeres luchan en todo el mundo, con gloria y honor, por sus trofeos. Antes, los jóvenes morían por sus banderas y muchos de ellos quedaban tendidos dejando a su paso viudas y heridos. ¿Quién podía quedar indiferente frente a esta masacre?


Hoy, por lo pronto, las batallas de ayer son gigantescas simulaciones por televisión cuyas principales víctimas no caen en los campos de batalla, sino en el recatado silencio del orgullo herido. Las banderas y las bayonetas han sido reemplazadas por las insignias y los muertos han dejado su lugar a la euforia deportiva de las multitudes en choques donde las proezas que hay que celebrar sólo se traducen, las más de las veces, en incómodas lesiones. Después de todo, hemos progresado.

jueves, 24 de septiembre de 2015

El Papa y Obama, en un mundo en cambio

El papa Francisco y el presidente Barack Obama han inaugurado casi simultáneamente nuevas formas de liderazgo sobre los cientos de millones de personas que, de una u otra manera, los siguen. Antes, el liderazgo papal se ejercía más que nada sobre los católicos. Hoy, la influencia papal es más amplia y más suave. De un lado, también alcanza a los no católicos de un modo inédito. Del otro, su presencia al frente de la grey católica es más viva, más original que antes.


Mariano GrondonaLA NACION
El papa Francisco y el presidente Obama, que ayer se encontraron en Washington, están tratando de responder, por lo visto, a los cambios que afectan a la masa de sus seguidores. Las fronteras de la grey católica son menos rígidas que en el pasado; en cierta forma, son más difusas.
Quizá la palabra más certera para describir esta transformación ya no sea "liderazgo", sino "influencia", a la vez más amplia y más vaga. Que la influencia de la Iglesia Católica ha venido creciendo, ¿quién podría negarlo? Pero otra cosa es, por cierto, definir con rigor los alcances de este crecimiento. ¿Es un verdadero auge o es apenas una moda?
En un mundo abierto como el actual, frente al entrecruzamiento de las más variadas influencias se hace cada día más difícil determinar cuál de ellas es la más notable. ¿Estaremos fundando, acaso, una nueva Babel?
Podría intentarse una simplificación de estas corrientes en busca de una mayor claridad, a riesgo de agravar la incertidumbre en caso de fracasar. La pregunta es en todo caso terriblemente simple: ¿adónde va el mundo? ¿Hacia arriba o hacia abajo? ¿O estas dos dimensiones sólo traducen nuestra propia ansiedad?
Si afirmáramos que el mundo "va" a alguna parte, buena o mala, ¿no nos podrían acusar de voluntarismo? ¿Quién sabe, en todo caso, adónde va el mundo? ¿Quién podría anticiparlo?
Hay un concepto que acaba de irrumpir desde la teología. Fue estudiado por el teólogo Ratzinger antes de ser elegido Benedicto XVI. Es el concepto de "la paciencia de Dios". Ratzinger sostiene que "sufrimos por la paciencia de Dios". Esta paciencia, por lo visto, es infinita y reside al parecer en la tolerancia también infinita de Dios para con los hombres. Pero, con todo su poder, Dios no quiere desconocer nuestra libertad. De esta libertad, así respetada, provienen a la vez la dignidad y la fragilidad de los seres humanos.
En verdad, trazar una correspondencia entre Dios y los seres humanos implica asumir el riesgo de penetrar en el misterio. Pero el misterio desafía nuestra arrogancia. Sin asumir el misterio, sin embargo, ¿podríamos seguir viviendo? ¿Podríamos detener el impulso de nuestra insaciable curiosidad?
Esta insaciable curiosidad de hombre, su vez, ¿es positiva o negativa? Gracias a ella nos hemos internado en aventuras sin cuento. Por culpa de ella, asimismo, hemos aceptado riesgos irrazonables. Es que los hombres hemos sido, una y otra vez, irrazonables. ¿Pero qué podríamos haber acometido sin el auxilio de la sinrazón? ¿Qué podríamos haber intentado sin las locuras de la razón?
A esta altura de nuestras cavilaciones, tendríamos que agregar el peso de lo imponderable. ¿Es la historia acaso un juego de dados? ¿Es lo que llamamos "casualidad" verdaderamente casual? ¿Cuántas veces han contado, en la historia, los imponderables? Los ensayistas han resaltado más de una vez lo imponderable, lo que nadie pudo anticipar. Habría que incluir aquí el juego sutil de las motivaciones. A la larga, por ejemplo, ¿los audaces no llevan las de ganar?
Siendo menos, ¿no han tendido a prevalecer los que aceptaron arriesgar? ¿Cuál es el papel que cumple la convicción en las batallas? La nobleza de las intenciones ¿no cuenta acaso en las confrontaciones? ¿O incluiría este juicio un exceso de idealismo?
Podríamos viajar en este tema hacia un justo medio aristotélico. Pongámoslo así. Por reglas generales, el más fuerte o el más hábil lleva las de ganar a menos que su adversario lo supere claramente. Dentro de esta evaluación se incluyen las motivaciones respectivas. A menos que las diferencias en las motivaciones y en las potencialidades sean muy grandes, ganará el que reúna una mayor masa de maniobra en el momento de la acción. Y siempre habrá de tenerse en cuenta que dentro de las limitaciones respectivas, como decían los antiguos, la fortuna ayuda a los audaces. A la larga, por consiguiente, los débiles no son tan débiles ni los fuertes son tan fuertes. De otro modo, no se explicaría el éxito de las guerras de independencia.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Lo importante es saber que estamos en camino

La esfera del poder es tan sensible que se presta a diversas variaciones. El juez Fayt tuvo al irse, por ejemplo, varias alternativas. Pudo escoger irse antes, durante o después de la presidencia de Cristina Kirchner. Detrás de estas opciones se dibujaban contradictorios escenarios. Sólo le quedaba a Fayt elegir entre ellos. Incluso podría decirse que pocas veces fue Fayt más poderoso que cuando decidió renunciar. La evidente inquina que alimentó Cristina contra él sólo sirvió para resaltar su influencia. La gravitación de un magistrado, así, no sólo depende de su ubicación en el sistema de poder, sino también de su conducta personal.



Por Mariano Grondona | LA NACION

Fayt, por lo pronto, escogió irse simultáneamente con Cristina, o sea, cuando ni él ni ella tuvieran, ya, poder. Esta coincidencia dejó vacío, abruptamente, el escenario de la lucha por el poder. Ya nadie lo ocuparía en lo inmediato. Se abría, por lo pronto, una etapa enteramente nueva y el futuro se estiraba por consiguiente hasta un horizonte desconocido. En cierta forma, volvíamos a empezar.
Pero no volvíamos a empezar como si nuestras urgencias desplazaran a nuestro sistema de poder, sino al contrario, como si lo confirmaran, porque era dentro de nuestro sistema de poder que se cristalizaban nuestras opciones. Lo cual gravitaba en favor de la persistencia del sistema y no a costa de ella, como tantas otras veces ocurrió en los tiempos de la inestabilidad.
Y es así como una Argentina igualmente vertiginosa logró perdurar en esta ocasión sin mengua de su intensidad y en respaldo de su estabilidad. ¿Estamos progresando de a pequeños pasos? Estos pequeños pasos ¿nos conducirán finalmente al desarrollo que anhelamos? ¿Cuán cerca estamos de nuestra meta? ¿Sentimos, acaso, la cercanía de su plenitud?
Si esta anhelada plenitud se encuentra cerca, por otra parte, no deberíamos exaltarla hasta el punto de confundirla con el desarrollo final. Tampoco el desarrollo debe ser asumido como una meta inminente. Lo importante es saber, en cambio, que estamos en camino, aunque todavía nos falte mucho para completar la jornada.
También es importante que nos preguntemos si esa plenitud a la que aspiramos será argentina o latinoamericana. Sin necesidad de compararnos con otros, sino, en última instancia, con nosotros mismos, con nuestro propio potencial, aunque ese potencial sea todavía un misterio para nosotros mismos.
No tenemos a la mano desafíos cuyo cumplimiento o incumplimiento pudieran situarnos a ciencia cierta en el camino de la vida. Pero ¿estamos equipados acaso con alguna certeza? ¿O nuestro destino es, al contrario, la incertidumbre? Lo noble es aspirar a lo alto, la cuestión, como siempre, es poder identificar en qué momento puede presentarse la tentación del autoengaño hacia arriba, el optimismo, o hacia abajo, el pesimismo.
Pareciera que, ante esa opción, nos convendría inclinarnos hacia el optimismo, aunque sin excesos. Lo que habría que rechazar es la ilusión. ¿O habría que incluir en este análisis todo autoengaño, toda distorsión? ¿A qué deberíamos atenernos? ¿A la precisión de los contenidos o al soplo de la pasión? ¿Habría que incluir en este recuento el estado de ánimo de los protagonistas, sus auténticas motivaciones? Esta última cuenta no sería fácil porque en ella podrían intervenir factores quizás inconscientes como el amor propio o el temor.
Quizás habría que ponderar también en este análisis qué es lo que más nos mueve, si la búsqueda del acierto o el fantasma del error. Tememos errar y ansiamos acertar. ¿Cuál de estos impulsos es más fuerte? ¿Somos audaces o prudentes? También intervendrá en este balance lo que, para los actores, esté en juego. Por eso los patriotas, en las guerras de la Independencia, llevaban las de ganar. Querían ganar con más ímpetu que el temor a perder. A los patriotas los movía el amor al territorio. A los españoles los movía la defensa de sus colonias. Pero en casos comparables, cuando a los españoles los movió una motivación igualmente intensa frente a Napoleón, los roles se invirtieron.

jueves, 27 de agosto de 2015

La lenta construcción de la democracia

Los observadores están recibiendo señales contradictorias del país que nos rodea. En Tucumán, todo parecía derrumbarse en medio de desórdenes y denuncias de fraude. En contraste, los optimistas podían afirmar, con cierta razón, que los argentinos estamos viviendo un proceso en última instancia positivo, con sus idas y venidas: la maduración de la democracia. Una maduración que ha sido accidentada. Los partos son bienvenidos, pero no por eso dejan de doler.


Por Mariano Grondona | LA NACION

Aun en Tucumán los signos no resultan insalvablemente negativos. De un lado, es cierto, las denuncias contra el fraude pueden desanimar a los impacientes por las dificultades que va encontrando la construcción de la democracia. Del otro, empero, una plaza llena dio respaldo en Tucumán a los impacientes. Tanto en Tucumán como en otras partes el país se promete a sí mismo la democracia, una meta que, pese a ello, tarda en llegar. Nuestro deber es alentarla. No es poca cosa, por lo pronto, que la plenitud de la democracia se encuentre cada día más cerca. Tampoco lo es, por cierto, que ya no le queden rivales en el mundo de los regímenes comparados. La democracia, en suma, parece ser el rostro del porvenir, el único que queda en pie después de una competencia milenaria con otros regímenes que, a lo largo del tiempo, han ido cayendo en el olvido; desde la monarquía absoluta hasta los cónsules. Quizá la única excepción en este recuento podría ser la república. Para Grecia y para Roma, la democracia y la república fueron casi lo mismo: el gobierno de las mayorías. "Demos" en griego, significa "pueblo", y "kratos", "poder". El poder del pueblo, que en la democracia corresponde a la mayoría y no a alguna minoría.
Es difícil y quizá sea pretencioso adivinar el rumbo de la historia. Incluso con esta advertencia, sin embargo, lo primero que nos viene a la mente es la expansión de la democracia. Hay regímenes que son democráticos mientras el resto sólo lo pretende. Lo cual quiere decir que, siempre de algún modo, la democracia prevalecerá. Esta afirmación la refuerza la historia: por todas partes, por diversos caminos, puntea la democracia.
Lo cual es admirable si se piensa que ella expresa una paradoja: que los que quedan arriba vengan de abajo. Es como si el pueblo fuera una legión de seres aéreos que, porque son livianos, pesan más. Esta observación es paradójica. La paradoja es una verdad que parece no serlo porque contradice el sentido común hasta que, ante la sorpresa del observador, muestra su verdad. Grandes escritores como el inglés Chesterton cultivaron el arte de la paradoja. Fue una manera de mostrar que la verdad no es tan sencilla como suponen los matemáticos. Para buscarla hay que practicar el arte de las paradojas. El mundo nos puede sorprender. La verdad se oculta en el pliegue de alguna paradoja.
Por eso una enemiga de la verdad es la pretensión de saberlo todo. No sé, pero aspiro a saber. Sólo Dios lo sabe todo. Ésta es su verdad. En el transcurso de los siglos, los hombres hemos acumulado algunos saberes, algunas verdades. Ésta ha sido, hasta hoy, nuestra verdad.
¿Cuál ha sido la utilidad de nuestra verdad? Nos ha permitido, por lo pronto, sobrevivir hasta hoy, lo cual es mucho. Nos ha permitido, además, progresar. ¿Somos por eso más sabios? Aún no lo sabemos.
Pero empezamos a sospechar que la Creación tiene un sentido. Que en el fondo de la historia campea la racionalidad. Así es nuestro lugar en el universo. Huérfanos de rumbo cierto, esperanzados en la racionalidad. Estamos envueltos en contradicciones. No sabemos casi nada y querríamos saberlo casi todo. Aspiramos a la sabiduría, pero al mismo tiempo le tememos, sin anticipar lo que nos traería. El hombre es como un ciego rodeado por sorprendentes misterios cuya posesión aumentaría aún más sus ansias de saber. Nunca estará satisfecho, y aun así, sigue insistiendo.
Deseamos lo que sabemos que nunca alcanzaremos, y por eso lo deseamos, quizá precisamente porque se nos presenta como un enigma remoto y cercano, tan lejano como las estrellas y tan cercano como nuestros sentimientos más arraigados. El hombre es un misterio para el hombre, cuyo dolor y cuya gloria es ser pese a todo indescifrable.
Ésa es la gran paradoja humana. Tucumán en estos días nos ha recordado otra paradoja, la del optimismo en medio de las dificultades, la de la lenta construcción de la democracia.

jueves, 13 de agosto de 2015

Razones del debate presidencial

Esta será, por lo visto hasta ahora, la primera campaña electoral que podría culminar en un debate formal entre los contendientes; hasta ahora, en efecto, ganaba el que obtenía o conservaba la delantera, simplemente. A partir de ahora, al contrario, podrá ganar el candidato que haya obtenido la delantera después de un debate regulado mediante condiciones parejas para todos los competidores. Quizá se haya instalado entre nosotros, dicho de otro modo, una cultura del debate.


Por Mariano Grondona | LA NACION

Ahora, ¿qué significa, al fin y al cabo, debatir? ¿Que los contendientes deberán exponer sus argumentos delante de un jurado imparcial, para que éste decida quién merece la victoria?
En una cultura del debate, el vencedor resulta de haber exhibido argumentos superiores delante de una mesa examinadora que, en principio, no se inclinaba por ninguno de los pretendientes. Ésta es, en definitiva, la legitimidad del vencedor.
¿Pero de dónde deriva la legitimidad del vencedor? De que ha sido capaz de mostrar cierta superioridad sobre sus adversarios a través de la discusión. De que ha probado, delante de ellos, en cierto modo, ser el mejor. Ahora bien, ¿cuál es el fundamento de esta superioridad? Que el jurado, es decir, el ciudadano, al decidir su voto, actúa en representación de la audiencia. Es en nombre de ella, en efecto, que reclama su título para decidir.
Luego, establecido por mayoría un ganador, queda sin embargo una cuestión sin decidir: qué papel juegan en este esquema las minorías. En una democracia igualitaria, ¿qué rol les dejaremos a las minorías?
En este punto irrumpe otro concepto: el de la representación proporcional. Si tres quintos se inclinan en un sentido y dos tercios en otro sentido, ¿a quién le daremos la razón? ¿Cómo la distribuiremos? ¿Hay una mayoría más "mayoritaria" que otras? ¿Cómo conciliar, en circunstancias como ésta, "mayoría" y "razón"?
Aquí arribamos a otra dificultad: ¿es posible reducir la cuestión de la verdad a un cálculo matemático? ¿Puede tener alguien, por ejemplo, dos tercios de la razón? Esto es factible, por ejemplo, en las asambleas, de acuerdo con el principio que atribuye a cada votante un voto. Pero esta cuenta ¿revela acaso un criterio de verdad o mide una simple relación de fuerzas que puede no tener nada que ver con el error o la verdad? ¿Es posible reducir, en última instancia, la filosofía a las matemáticas?
Para complicar aún más la cuestión, ¿qué pasaría si agregáramos a nuestros razonamientos el calor de la pasión? Una persona muy convencida de sus razones ¿está más cerca de la verdad que otra tibia o indiferente? ¿O su fanatismo le juega, al revés, en contra?
Que la cuestión de la verdad es ardua lo prueba la historia. En nombre de la verdad se han movilizado ejércitos y ha rugido, una y mil veces, el cañón. ¿Quién ha podido afirmar de buena fe, sin embargo, que ganó porque tenía razón?
El hecho de que alguien haya vencido ¿es un título que indica que tenía razón? ¿O el éxito indica que intervinieron otras razones? Si a cualquiera de nosotros nos dieran a elegir entre el éxito y la razón, ¿de qué lado nos pondríamos?
Al ser humano lo movilizan a veces razones contradictorias. Cuando le preguntaron a Alejandro Magno a quién dejaría su reino, contestó: "Al más fuerte". Pero son varios los sentimientos que compiten dentro de nosotros mismos por saber cuál es el más fuerte. Una pasión sobresale sobre otras. Otra pasión se subordina a las demás. El hombre, en definitiva, es un misterio para él mismo, un misterio hasta la hora de la prueba. Soy hasta que debo resolver. Un ser complejo, por lo pronto, para sí mismo.
"El hombre, ese desconocido", escribió Alexis Carrell. Un desconocido, por lo pronto, para él mismo. Un desconocido para él mismo que se hace la ilusión de conocer y juzgar a los demás.
Estos razonamientos deberían inclinarnos en dirección del escepticismo. ¿Pero se puede, en rigor, ser escéptico? Aun si nuestra inclinación nos invitara a vivir desde el escepticismo, ¿podríamos convivir con él? ¿O necesitaríamos, aun así, creer en algo que estuviera más allá de él? Al final de estas líneas parece esbozarse otra virtud, la humildad. ¿Somos polvo? Quisimos ser dioses, dice la Biblia, y por eso nos expulsaron del paraíso. La vida del hombre sobre la Tierra es, en suma, un largo aprendizaje que sólo es posible medir a partir de lo que nos propuso el teólogo Ratzinger: la infinita paciencia de Dios.

jueves, 23 de julio de 2015

El dilema de los tiempos pacíficos

La palabra "crepúsculo" es ambivalente, puesto que puede significar dos conceptos mutuamente excluyentes. Estamos ante un crepúsculo ascendente matutino, en el amanecer, cuando la luz del sol se va definiendo hacia arriba, pero estamos ante un crepúsculo descendente, hacia abajo, a la hora del atardecer, cuando la luz del sol se va apagando justo antes del anochecer.


Por Mariano Grondona | LA NACION

¿En cuál de estos dos crepúsculos se instala la hoy la política argentina? La era Kirchner sufre un indudable desgaste. Lo que no sabemos aún es si este desgaste anuncia el fin de la era Kirchner o si es sólo un bache transitorio en una trayectoria aún ascendente que hasta podría ser superada si los vientos del cambio volvieran a soplar.
La diferencia entre la monarquía y la república consiste en que, en tanto que en la primera sólo el comienzo es incierto -la muerte o la renuncia al plazo del gobernante anterior- en la república todo lo demás viene a ser incierto en función de las circunstancias y de los personajes. Esta diferencia concede a la república una dosis mucho más alta de incertidumbre, de imprevisibilidad que, según los analistas, puede ser interpretada en términos de desorden o en términos de libertad. Desfavorable o favorablemente.
En esta disyuntiva, ¿qué le deseamos a la Argentina? ¿Le deseamos toda la libertad compatible con el orden? ¿Le deseamos toda la creatividad que sea posible sin caer en la anarquía? En esta disyuntiva quizá podrían resumirse nuestros ideales: toda la libertad, hasta el límite mismo del desorden.
Si la opción preferible para nosotros es aquella que privilegia a la libertad, correremos riesgos. El problema es si tales riesgos valdrán la pena. La pregunta podría ser reformulada de la siguiente manera: ¿es legítimo, por evitar los riesgos, achicar el campo de la libertad?
Aquí reside, como en una cápsula, el problema de la libertad. Hay pueblos que optan por la seguridad de lo que ya han obtenido. Otros osan ir más allá. ¿Cuál es el límite?
Quizá la pregunta, aún más precisa, pudiera ser esta otra: ¿cuál es el límite de "nuestra" libertad? ¿La tuya, la mía, la de los argentinos en general?
Tendremos que optar. Si, por asegurar nuestro destino, escogemos no optar, ¿no estaremos encogiendo nuestro horizonte?
En los tiempos heroicos, cuando los conflictos terminaban en guerras, estas opciones se simplificaban. El problema, hoy, es éste: ¿cómo traducir a los tiempos pacíficos la lógica de los tiempos heroicos? ¿Cómo transferir la épica de la guerra a un tiempo de paz? La palabra "entusiasmo", dicho de otro modo, ¿puede subsistir al lado de la palabra "paz"?
La tarea que nos hemos impuesto no es fácil. La dureza de los tiempos de la guerra ¿es transmisible a los tiempos de la paz? Si no hay en tiempos de paz estímulos comparables a los de la guerra, ¿cómo suscitarlos? La cuestión de fondo es si se puede crear la épica desde la nada.
Éste es en definitiva el dilema de los tiempos pacíficos. En tiempos de guerra, cuando los pueblos luchan por sobrevivir, no necesitan otro coraje que el de la supervivencia. ¿Qué necesitan tener, empero, sin enemigo a la vista, cuando el peligro parece desmentirse a sí mismo?
Los países en paz tienen por lo visto un doble desafío. De un lado, preparan la guerra como si fuera probable. Pero los pueblos han invertido sumas inmensas en guerras que nunca ocurrieron. ¿Habrían podido obrar de otra manera? Ésta es, quizá, la verdadera pregunta que deberíamos responder. ¿Cómo liberar, en tiempos de paz, las inmensas energías que acumuló la guerra?
Se podría pensar que tal vez el problema de la guerra y de la paz, entonces, no tiene respuesta. Se podría temer que si nos abrazamos a la paz, podríamos perder la energía de la guerra. ¿Cómo sustituir esta fuente inagotable de vitalidad? ¿Cómo llenar este interminable vacío sin agotarnos a nosotros mismos? El problema, pese a todo, tiene una respuesta. Sólo nos quedaría buscarla y encontrarla. La clave sería encontrar en la paz el equivalente de la energía que hemos acumulado para la guerra.

jueves, 16 de julio de 2015

Un país que se miente al espejo

Según el Barómetro de la Deuda Social que prepara la UCA, el 28,7% de los argentinos vivía en 20l4 por debajo de la línea de la pobreza; un porcentaje, por otra parte, que ha venido aumentando en los últimos tiempos. Los datos ponen en discusión pronósticos optimistas, porque no revelan la imagen de un país rico, sino más bien la imagen de un país que se cree rico sin serlo. Como si los argentinos no fuéramos capaces de decir la verdad frente al espejo.


Si fuéramos sinceros con nosotros mismos, ¿qué responderíamos? Un país que se cree peor de lo que es pugna por esforzarse. Un país que se cree mejor de lo que es se duerme en los laureles. ¿Cuál es nuestro caso? ¿Qué nos mueve? ¿La insatisfacción por lo logrado o la prematura autocomplacencia a mitad de camino?
Cuando Ortega y Gasset visitó la Argentina, lo que más le sorprendió fue el alto nivel de las exigencias que los propios argentinos se habían autoimpuesto. Es difícil saber si ese nivel de autoexigencia se mantiene, si somos un país que se espolea en busca de la excelencia. La ecuación de un país, la manera como sus habitantes se juzgan a sí mismos, depende en el fondo de la relación entre lo que ese país es y las esperanzas que concibe acerca de sus propias posibilidades. Los argentinos, ¿estamos "agrandados" o "achicados" acerca de nosotros mismos?
Las circunstancias nos brindan, al respecto, una imagen ambivalente. No tenemos enfrente, al parecer, desafíos inminentes. A diferencia de la historia los países europeos, nosotros tenemos amplios espacios. América latina es un mundo por definir. Le sobra espacio. Lo que sobra en nuestra región es la multiplicación de sus futuros.
Si Europa está, al parecer, abrumada por su rico pasado, a Latinoamérica la abruma, por el contrario, esta enceguecedora diversidad de lo que puede llegar a ser, las probables rutas de su destino. En este espacio común, ¿caben una o varias Latinoaméricas? Cuando los patriotas soñaban con la independencia americana, ¿incluían en ese sueño solamente a la Argentina en un futuro continental? ¿Cuánto abarcaba ese futuro? Cuando San Martín cabalgaba a través de los Andes, ¿hasta dónde apuntaban sus sueños?
En realidad, nuestro porvenir está formado por la nube perecedera de nuestras ilusiones. Hay que concluir sin embargo que figuras como la de San Martín sólo abrigaron sueños de independencia para los demás. Aquí cabe la sugerencia audaz de que, después de todo y pese a todo, hay progreso en la historia. Grandes generales como San Martín trajeron después de todo batallas y victorias, pero hubo un ingrediente que faltó en ellos y sobró en Napoleón: San Martín no buscó imperios.
Puede parecer autocomplaciente, pero es inevitable comparar aquí los sueños de San Martín con los de Napoleón. Mientras Napoleón soñaba con dominar, San Martín soñaba con liberar. Los dos cruzaron enormes montañas. Su destino, empero, fue desigual.
Napoleón reflejaba un anhelo viejo como la historia: el anhelo de conquistar. San Martín, a su vez, reflejó un anhelo revolucionario: el anhelo de liberar. Un historiador verá en este contraste el choque entre dos épocas: una, la del antiguo absolutismo; la otra, la del romanticismo liberal.
Quizá no hemos terminado de evaluar todavía el contraste entre estas dos concepciones del mundo y de la historia. Cuando Ricardo Rojas destacó en El Santo de la Espada la estatura moral de San Martín, también vino a proponer un doble ideal moral: vencer en guerra y liberar a los pueblos o mejor dicho vencer en guerra "para" liberar a los pueblos. Éste es el objetivo que le da a San Martín un lugar eminente en la galería de los guerreros de todos los tiempos.
Guerreros, por supuesto, ha habido muchos. Otros, ya no tantos, lucharon y vencieron por la libertad de los pueblos, y entre ellos figura San Martín. He aquí un caso en el que se unen las dos corrientes centrales de la exaltación democrática, el sable y la Biblia, en armoniosa fusión. Porque el encuentro de estos dos ideales nos permite recordar la larga aventura de la libertad, de la cual no han sido ajenas las glorias y las luchas del pasado. Luchas que, por más remotas que hoy nos parezcan, no fueron en vano.

jueves, 2 de julio de 2015

La explosión del fútbol

Hoy algunas pocas expresiones públicas que generan, por un largo y único instante, una suerte de unanimidad. Cuando estas expresiones estallan, desaparecen como por arte de magia todas las demás distinciones y todas las demás diferencias, sean ellas económicas, políticas o sociales. Los argentinos y los latinoamericanos se reencuentran, en estos casos excepcionales, con la unanimidad de las batallas. En este momento único se genera un sentimiento coincidente, instantáneo y universal. En los tiempos modernos, el papel que jugaron las batallas en la unificación del sentimiento colectivo lo cumple, de manera incruenta, el deporte, y particularmente el fútbol. Ya no mueren soldados. En su lugar, se convierten goles.


Por Mariano Grondona | LA NACION

Como en tantas otras ocasiones deportivas similares, la Copa América nos ha brindado a los latinoamericanos una nueva ocasión para ejercitar esta forma de patriotismo incruento. Al final de cada batalla ya no quedan cadáveres y huérfanos desparramados por el suelo, sino tan sólo evanescentes sentimientos de gloria o de revancha. Después de todo, al escoger el apretón de manos en lugar de la bayoneta hemos progresado justo cuando el precio de una eventual victoria hubiera sido nuclear, esto es, insoportable.
Pareciera ser, en este sentido, que la humanidad va encontrando expresiones a la vez más incruentas y más escabrosas para ventilar sus pasiones destructivas sin que estas pasiones le hagan todo el daño que le podrían hacer. Hacemos como que nos matamos, pero, gracias al deporte, la sangre no llega al río. Y no es que hayamos encontrado esta fórmula de reemplazo después de las sesudas investigaciones de un comité de expertos, sino, al parecer, espontáneamente. Gritamos con fervor, nos decimos a veces cosas horribles, pero, al final, nos damos la mano.
Es como si alguien, desde arriba, nos estuviera cuidando contra nosotros mismos. Alguna vez, quizás, hubimos de desaparecer de la faz de la tierra. Pero por pura casualidad o porque somos una raza protegida -¿por quién?, ¿de quién?- no lo hicimos.
Estas inquietudes arrojan luz sobre el destino humano. Más de una vez pudimos desaparecer, pero no lo hicimos. ¿Llamaremos a esto destino o casualidad? ¿Cuántas veces la así llamada "casualidad" se nos ha cruzado en el camino?
Con otras palabras, ¿somos los seres humanos merecedores de nuestro destino? La trayectoria de la raza humana en cuanto tal ¿puede ser imaginada como un evento unificado? En todo caso, la pregunta es si los pueblos merecen su destino o si cae sobre ellos, impiadosa, la indiferente ley de la casualidad.
En diferentes épocas del pasado, ¿tuvieron los protagonistas la sensación de que se hacían cargo de su destino? Y esta sensación ¿fue una apuesta o una ilusión? ¿En qué hubiera cambiado la historia argentina sin San Martín? ¿Habría habido otra historia a la espera?
La memoria de los pueblos sobre su propio pasado ¿es por otra parte objetiva, imparcial? ¿O está destinada, al contrario, a levantar el ego colectivo? ¿Qué necesitarían pensar los pueblos sobre sí mismos? ¿Tendrían que reconocer sus errores? ¿Podrían reconocerlos para progresar?
Pero es difícil aceptar que el hombre sea, como dijo Sartre, "una chispa entre dos nadas". Si la Argentina tiene un destino, entonces los argentinos también lo tienen. Pero no podría pensarse esta afirmación como la de una vara rígida e inexorable, sino como una mezcla de sucesos quizá desconocidos, pero no por ello inexistentes. Tenemos un destino, aunque no lo conozcamos. Al desconocerlo, ¿no podríamos, aun así influir sobre él? ¿O quedaríamos librados a nuestra propia suerte?
Lo que sí podríamos hacer, desde ahora, es reconocer los pliegues de nuestro destino, palpar sus irregularidades. Como evento colectivo que convoca a multitudes, el fútbol se presta a la unanimidad. Cuando un pueblo entero grita "gol", toma una aguda conciencia de su existencia. Es menos poético, pero innegable. El grito del "gol" está unido irreversiblemente a la multitud que lo proclama más allá de sus diferencias religiosas, políticas o ideológicas. La Argentina "es", por encima de todo, cuando miles de argentinos la invocan al unísono, irrevocablemente. Ésta es, hoy, la proclama futbolística de la argentinidad.

viernes, 26 de junio de 2015

Un desafío a la medida del país

El abrupto pase a retiro del jefe del Ejército, general César Milani, fue calificado como "sorpresivo" por los observadores. Lo que no quedó en claro, sin embargo, fue la índole de su sorpresa. ¿Es que el general Milani había ascendido demasiado rápidamente en el escalafón militar antes de que la Presidenta cortara su carrera? ¿O es que su rápido ascenso había reactivado inquietantes recuerdos de nuestro propio pasado? En el subconsciente de los argentinos, ¿late todavía nuestro pasado militarista como una cicatriz que trae incómodas memorias y cuya subsistencia genera, por consiguiente, una intensa reacción de alarma cada vez que es puesta a prueba?


Si el militarismo fue una de nuestras enfermedades más graves, ¿en qué medida podríamos afirmar que ya nos hemos liberado de ella? El fuerte impacto del caso Milani, ¿qué demuestra en todo caso? ¿Que es sólo el recuerdo de algo que fue importante pero que ya no lo es, o que el viejo mal del militarismo, en definitiva, aún nos acompaña? El caso Milani, en suma, ¿es el renacimiento de un antiguo mal que, como tal, aún debería preocuparnos, o es apenas el resplandor fugaz de una enfermedad que, en el fondo, ya habíamos empezado a abandonar?
Nuestro país tardó mucho tiempo en asomarse a la normalidad democrática de la que ya gozan otros países vecinos. ¿Por qué hemos llegado tan tarde a esta cita continental? El hecho es que, aún con esta misteriosa tardanza, vamos llegando.
La sociedad argentina se asemeja al caso de un alcohólico que recién ayer dejó la bebida. Ya no bebe, pero hasta ayer bebió. Todavía es frágil, de cara a su antiguo vicio. Por eso no se podría decir que ya es completamente normal. Su normalidad está, todavía, prendida con alfileres. La Argentina está, todavía, a prueba. Es, aún, una nación adolescente. Quizás es por eso que nos intriga tanto. Quizás es por eso que somos y no somos, todavía, una verdadera nación.
Otros países han construido su grandeza a partir de los duros desafíos que han tenido que enfrentar. El nuestro, simplemente, no los ha tenido. Ni el clima ni los vecinos lo han perturbado. Cuando ha tenido problemas, ellos nacieron en su propio interior. Ahora bien, ¿puede ser un país feliz por ausencia de problemas? ¿Es peor tenerlos o no tenerlos?
Pero de estas reflexiones surge a lo mejor la alternativa más peligrosa de todas: que, en resumidas cuentas, no tengamos desafíos.
De esta conclusión provisoria surgen otras. Aquél que carece de desafíos de algún modo carece también de destino. Es difícil imaginar, en lo personal o en lo colectivo, una vida más vacía. Para las naciones guerreras, rodeadas como han estado por desafíos impostergables, no pudo haber al parecer un destino más duro que el de sus vecinos hostiles. Pero hay otras formas de hostilidad tanto o más severas; por ejemplo, la de las tierras yermas.
Hay que recordar aquí el juego de contrastes que propuso Arnold Toynbee con su binomio conceptual de "desafío y respuesta", válido para individuos y para naciones. Si el desafío es demasiado grande, tanto los individuos como las naciones sucumben. El problema opuesto se presenta cuando el desafío es demasiado pequeño.
¿Es éste el problema de la Argentina? Como nación y como individuos, ¿estamos "poco" desafiados? ¿La vida nos ha sido demasiado fácil?
Quizás habría que imaginar una situación intermedia, no sólo en lo personal sino también en lo colectivo. Imaginar un desafío severo pero soportable, que en consecuencia permitiera una vida esforzada pero llevadera. ¿Es ésta una ilusión vana, o puede realizarse?
Aquí las ilusiones podrían encontrarse con la doctrina del justo medio que imaginó Aristóteles a partir de la convicción de que no somos ángeles ni demonios. Simplemente, somos seres humanos. Éste es nuestro desafío. Ésta podría ser, finalmente, la medida de nuestra grandeza.

viernes, 5 de junio de 2015

La corrupción daña la confianza social

Si algo nos faltaba para percibir la corrupción como una amenaza universal, el escándalo de la FIFA bastó para cubrir esta presunta omisión. Si alguien suponía que pertenece a algún país ajeno, la "virtud" que exhibió el escándalo de la FIFA fue hacernos notar que padecemos una vulnerabilidad de la que nadie, en principio, queda exento. No todos somos corruptos, pero todos somos corruptibles. No todos hemos pecado siempre, pero todos hemos pecado alguna vez.


Por Mariano Grondona | LA NACION

Pudimos presumir que la corrupción no nos rozaba, pero bastó concentrar los peligros que ella entraña para que lográramos percibir, como con la ayuda de una lupa, su verdadero alcance. Por eso Joseph Blatter se convirtió en instantes en un cabal representante de la fragilidad moral de la condición humana, sea cual haya sido su verdadero papel en este espinoso asunto.
Esta comprobación nos servirá, por lo pronto, para moderar algunos alcances de la soberbia, cual es la excesiva confianza en nosotros mismos. Como viene de demostrarlo el caso Blatter, cuando alguien se eleva demasiado, automáticamente aumentan cerca de él las tentaciones y las sospechas. En ciertas condiciones, hasta pensamos mal unos de otros, aunque no lo confesemos. Parece inevitable.
La maledicencia también forma parte, al fin y al cabo, de la naturaleza humana. La prudencia aconseja a veces no tenerla en cuenta. ¿Qué es mejor en cualquier caso? ¿Pensar mal, para prevenir errores, o confiar en los demás, aprovechando su potencial? ¿Apostar o no apostar al otro?
En realidad, nuestra confianza aumenta con los que tenemos cerca. El desconfiado quizás evita males por desconfiar, aunque también aumentan sus posibilidades cuando confía en los demás. Pero esta apuesta al otro rinde solamente, por otra parte, cuando está sólidamente fundada.
En nuestra percepción, al confiar en el otro también estamos confiando en nosotros mismos, en nuestra aptitud para juzgar al otro. Habría que extender esta aptitud para convertirla al fin en una actitud general hacia los demás en medio de las "sociedades de confianza", cuya apuesta es la presunción de que el otro no me va a engañar. ¿Cuánto vale la generalización de una apuesta como ésta en una determinada sociedad?
Hay dos actitudes básicas contrapuestas en el seno de toda sociedad. La confianza en el otro, ¿es mejor que la desconfianza? ¿O la verdad es inversa?
¿Qué papel jugarán las experiencias del pasado en torno a este dilema? ¿Existen en verdad las "sociedades ganadoras" acostumbradas a ganar, y las "sociedades perdedoras", aparentemente condenadas a perder? ¿Hay un "pálpito" favorable o desfavorable en lo profundo de nuestra capacidad de acción?
¿Cuál es, en definitiva, nuestro pálpito? Los argentinos, ¿somos ganadores o perdedores? En general, ¿"palpitamos" la victoria o la derrota? La sensación que tenemos acerca de la vida, ¿qué nos anticipa? En general, ¿qué presentimos como nación?
Habría que prescindir, por lo pronto, de los vaticinios "facilistas". Puede ser que la Argentina no esté destinada a ser una nación guerrera. Pero no por ello no tiene que ser una nación destacada en otros rubros que no implican necesariamente el uso de las armas.
Quizá podríamos sintetizar nuestras impresiones diciendo que, en general, la Argentina y los argentinos no deberían pasar inadvertidos por la historia; que la historia aún espera que pasemos por ella.
Quizás estemos demasiado influenciados por las historias militares que aprendimos en el colegio; quizás aún media una distancia considerable entre lo que somos y lo que podemos ser. Esa distancia será nuestro destino. Cubrirla es, todavía, nuestra vocación.

jueves, 28 de mayo de 2015

El chirlo a los chicos y las normas de la democracia

El papa Francisco ha lanzado una consigna conservadora, al parecer reñida con los tiempos modernos, al sostener que "dos o tres palmadas en el trasero no vienen mal" en la educación de los chicos, lo cual contradice las corrientes modernas, que van en sentido contrario, hasta proponer la eliminación de los castigos corporales a cargo de los padres.



Por Mariano Grondona | LA NACION

Si la facultad de aplicar a los niños "palmadas en el trasero" con fines correctivos les fuera negada a los padres, por otra parte, ¿sobre quiénes recaería? ¿Sobre los maestros, sobre el Estado? Se supone que todo niño, por ser menor, no ha desarrollado plenamente aún sus facultades de discernimiento. Hasta que sea adulto, ¿quién debiera reemplazarlo? En teoría, los padres, puesto que son los que más los quieren. Éste es un criterio general, que reconoce excepciones en los casos de padres desalmados. Pero no se puede legislar para las excepciones.
Por eso la doctrina tradicional respeta la prioridad de los padres, dejando aparte los casos de excepción. Pero esta doctrina es objetada incluso en los tiempos modernos, que tienden por su parte a eliminar totalmente los castigos corporales a los menores. Si se eliminaran los castigos corporales, empero, reaparecería en escena el Estado, a quién Hobbes llamó el "Leviatán" ("dios mortal") por su infinita capacidad de ejercer el mal, ya sin límite alguno a la vista.
Llama la atención, en este sentido, que el propio Papa, pese a su fama de "progresista", se haya inclinado por un criterio conservador en relación con la educación de los menores. En general, el autoritarismo trata a los ciudadanos mayores como si todavía fueran menores, mientras el progresismo trata a los ciudadanos menores como si ya fueran mayores. En este asunto, como en tantos otros, es difícil alcanzar un punto de equilibrio que ponga en su lugar a cada una de las dos visiones contrapuestas.
Si un Estado se inclinara por la severidad hacia sus súbditos, caería en un extremo de la balanza, en tanto que un exceso en sentido contrario lo haría oscilar del lado opuesto. Hoy resulta más peligrosa, al parecer, la impunidad, por sus efectos contrarios a la vigencia universal de la ley que es, al menos en principio, la norma de mayor alcance en esta materia.
No se olvide, además, que en la democracia, que es nuestro sistema, son los propios súbditos los que definen las normas a las cuales serán sometidos. Esta ordenación supone en el pueblo una gran autodisciplina, una gran madurez, ya que será él mismo quien resultará afectado por sus propias decisiones.
Aquí asoma el riesgo de la demagogia, que es una tentación de la democracia, una tentación inevitable en medio de la humanidad que nos envuelve. El perfeccionismo, la pretensión de legislar como si pudiéramos ser perfectos, es en tal sentido uno de los mayores peligros de la democracia porque alude a la visión del pueblo como si fuera perfecto, como si no pudiera percibir, en definitiva, sus propias limitaciones.
Quizás éste sea el momento de apreciar lo que podríamos llamar "la audacia de la democracia". Delegar en el propio pueblo la facultad de autorregularse, en efecto, ¿no supone una gran apuesta? ¿No implica subir hasta el cielo una gran apuesta por parte del pueblo?
Al contemplar a la democracia como un acto de audacia, como una intrépida apuesta del pueblo en favor de sí mismo, se expone al mismo tiempo la vulnerabilidad y la grandeza de la democracia. En un momento determinado de la historia, un pueblo apuesta por sí mismo. Rompe sus cadenas. Aspira a la libertad. Sufre un sinfín de dificultades. Y, sin embargo, aquí y allá prevalece, hasta que se pone a la cabeza de las naciones. Al fin de este balance, podríamos definir la democracia como el supremo acto de confianza de un pueblo en sí mismo. Una confianza que los siglos no han hecho más que confirmar, eso sí, después de innumerables vicisitudes.
Los pueblos podrían calificarse, según hayan suscitado o no la confianza de sus gobernantes y, sobre todo de sí mismos, si estuvieron a la altura de su destino o si su destino fue quedarse en algún punto del camino. Hay un tercer grupo de naciones, pues, sin definirse, entre ellas, la nuestra.

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