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jueves, 16 de mayo de 2013

Sociedad bajo amenaza de una dictadura

Rafael Leónidas Trujillo, Anastasio Somoza y su hijo Anastasio Somoza Debayle, Marcos Pérez Giménez o Alfredo Stroessner fueron sanguinarios dictadores latinoamericanos, que oprimieron a sus pueblos hasta dejarlos sin vestigios del oxígeno de la libertad.



POR MARCELO A. MORENO




Sin embargo, cada uno a su manera -a veces con partido único, a veces con simulacros de oposición, en general con cuidadoso fraude- cada tanto solían celebrar elecciones en las queritualmente salían vencedores.
Dueños absolutos de los tres poderes del Estado, con una prensa obsequiosamente adicta y una oposición perseguida o desaparecida, pudieron ejercer una opresión casi sin obstáculos.
En estos sombríos días que pasa la Argentina el gobierno de Cristina de Kirchner -que ya hegemoniza, a través de empresarios amigos, cerca del 80% de los medios de comunicación- intenta avanzar sobre el Grupo Clarín para acallar las voces de los periodistas que trabajamos en él.
También busca confiscar la empresa Papel Prensa para silenciar aClarín y La Nación.
En una maniobra de pinzas, ya ha sido aprobada una ley en el Congreso que apunta a convertir al Poder Judicial en un apéndice dócil del Ejecutivo.
Para decirlo muy claramente: el gobierno de la doctora de Kirchner está en camino de convertirse en una dictadura.
En el año 46 antes de Cristo, Marco Poncio Catón (llamado El Joven para distinguirlo de su bisabuelo) se suicidó en la ciudad de Útica de manera espantosa. Lo hizo luego de que César derrotara a sus aliados en la batalla de Tapso. Catón estaba convencido -como era bien probable- que César terminaría coronándose emperador, aniquilando la República.
De esta forma, Catón y todos los romanos pasarían, sin derechos ni libertades, de ser ciudadanos a súbditos, como ocurrió efectivamente años después, cuando Octaviano, sobrino de César, se proclamó Augusto.
Tampoco quiso Catón regalarle a su enemigo la facultad de perdonarlo.
La abrumadora mayoría de la gente no es como Catón y sobrevive -por fortuna- a las diversas clases de despotismos.
Como desdichadamente sabemos los argentinos se puede vivir bajo una dictadura.
Sólo que sin libertad la vida se vuelve, a veces invisiblemente, indigna.

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