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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Vengativa y rencorosa

Aislada en su lógica autoritaria y vengativa, la Presidenta en funciones está condicionando seriamente el próximo gobierno de Mauricio Macri y, al mismo tiempo, comprometiendo el destino del peronismo como alternativa de poder.


por Joaquín Morales solá para lanacion.com

Cristina Kirchner se ha colocado al frente de la campaña de los fanáticos kirchneristas ("arruinemos la fiesta de Macri") y está dispuesta a vaciarle el Tesoro al presidente electo.

Ya había cometido la notable arbitrariedad de nombrar embajadores en días recientes o de incorporar a miles de camporistas al Estado. Aunque estas dos decisiones podrían rectificarse en el gobierno de Macri, lo cierto es que todo exhibe sin pudor a una política casi siempre equivocada y a una persona que, cómoda entre el rencor y el resentimiento, recurre infaltablemente a la venganza para curar sus derrotas.

La víctima no es sólo Macri; también lo es el peronismo, atado a los caprichos de Cristina durante demasiado tiempo. La mayoría social que votó por un cambio de modos y prácticas en el ejercicio del poder es mucho más amplia que el 51,34 por ciento que sacó Macri. Muchos de los que votaron por Daniel Scioli confiaron también en su estilo distinto de hacer política. La decisión de Cristina Kirchner de profundizar aún más su política de tierra arrasada compromete, por lo tanto, el destino del peronismo, que siempre demostró plasticidad para adaptarse al clima de la época.

Así fue en los años 80, cuando urdió una variante socialcristiana democrática para competir con el radicalismo socialdemócrata de Alfonsín. En los 90 se unió a la marea liberal y privatizadora que había llegado al mundo. El propio Perón osciló entre el nacionalismo proteccionista y el liberalismo en los nueve años de su primer gobierno. La ideología del peronismo es el poder. Sería esta la primera vez que el peronismo se aferra a modos y políticas repudiados por la mayoría de la sociedad. Varios gobernadores anticiparon que tomarán distancia del cristinismo después del 10 de diciembre. Pero, ¿hasta qué punto los comprometerá Cristina con la transición más traumática que ha tenido la Argentina? La respuesta la tiene sólo la Presidenta en funciones, porque sólo ella sabe hasta dónde está dispuesta a llegar con una estrategia que se parece mucho al foquismo o, dicho de otro modo, a la guerra de guerrilla.

Vale la pena detenerse en dos conflictos: la extensión ayer a todas las provincias, por una decreto de necesidad y urgencia de Cristina, de la devolución del 15 por ciento que la Nación les retenía a las provincias para financiar la Anses, y la discusión no resuelta sobre la ceremonia de asunción de Macri, el jueves 10. Veamos el último caso. Cristina quiere, en síntesis, meterse en un acto que no será suyo. Se lo había anticipado a Macri en la mala reunión que tuvieron en Olivos. Le manifestó entonces que su propósito era "despedirse de la militancia".

El objetivo no es reprochable; la oportunidad sí lo es. Podría despedirse el día anterior en la Casa de Gobierno o podría hacerlo después en un local alquilado, como lo hacen todos los dirigentes políticos que no están en el poder. Se empecinó, en cambio, en asistir en el Congreso al acto de juramento de Macri, entregarle ahí los símbolos presidenciales (bastón y banda) y convocar a la juventud kirchnerista a la plaza del Congreso. Es decir, quiere someterlo a Macri a los insultos y al fanatismo de sus seguidores.

La Constitución señala que el presidente electo jurará su cargo ante el presidente del Senado y delante de la Asamblea Legislativa. Punto. Luego, la costumbre estableció que el nuevo mandatario aprovecha ese momento para informarle al Parlamento sobre sus principales políticas. El presidente saliente no tiene, como es fácil advertir, ningún papel en el recinto parlamentario. La tradición impuso que el nuevo presidente se traslade luego desde el Congreso hasta la Casa Rosada y que el presidente saliente le entregue ahí los símbolos del poder presidencial. Así sucedió entre Alfonsín y Menem y entre Menem y De la Rúa. La tradición la rompió Eduardo Duhalde en 2003 cuando le entregó esos símbolos a Néstor Kirchner en el Congreso. Pero Duhalde fue un presidente elegido por la Asamblea Legislativa y, por eso, entregó el poder delante de sus mandantes. Los Kirchner siguieron luego con esa costumbre. ¿Por qué? Porque simplemente las ceremonias más exaltadas de la República se resolvían en el dormitorio matrimonial.

Riesgo peronista

La pertinacia de Cristina Kirchner en este asunto sólo hará más nocivo el recuerdo que quedará de ella en vastos sectores sociales. El enorme riesgo del peronismo (que muchos peronistas verbalizan) es que ese partido termine contagiado por el mismo recuerdo. Si no sabe entregar pacíficamente el poder, ¿cómo confiar en que el peronismo sabrá acompañar a un gobierno no peronista en el ejercicio del poder? ¿Cómo, después de que los dos presidentes no peronistas de la democracia, Alfonsín y De la Rúa, debieron entregar el poder antes de tiempo? ¿En qué quedarían los propósitos de acuerdos y convivencia explayados por peronistas como Scioli, Urtubey, De la Sota y Massa?

La retención a las provincias del 15 por ciento de la coparticipación es una injusticia. Esa exacción comenzó cuando en los años 90 se privatizaron los fondos previsionales. El Estado debía seguir pagando a los viejos jubilados y la recaudación había quedado en manos de los fondos privados de pensión. La primera quita fue un acuerdo entre la Nación y las provincias. A partir de 2006 (Néstor Kirchner era el presidente de la Nación) una ley prorrogó el pacto, pero ya sin el acuerdo de las provincias. Los recursos de las AFJP se estatizaron en 2008 y el Estado volvió a recaudar los fondos previsionales. Ya no se justificaba el aporte de las provincias. Los dos Kirchner despilfarraron fondos de la Anses con esos recursos que eran de las provincias y no de la Nación.

Córdoba, Santa Fe y San Luis recurrieron a la Corte Suprema de Justicia en reclamo de esos recursos. El máximo tribunal de Justicia les dio la razón la semana pasada. La decisión fue firmada por tres jueces de los cuatro que hay (Ricardo Lorenzetti, Juan Carlos Maqueda y Carlos Fayt); la cuarta jueza, Elena Highton de Nolasco, no firmó. En esa aritmética está la razón de por qué salió ahora el fallo. Fayt se irá de la Corte el 10 de diciembre. A partir de ese momento, el tribunal necesitará la opinión unánime de sus tres miembros para dictar una resolución. Necesitará la mayoría de cinco (que es el número de jueces que deberían integrar la Corte) y no la de tres (que serán los jueces que habrá). O el fallo salía ahora o se demoraría muchos meses más.

De todos modos, la Corte resolvió tres casos que pasaron por un interminable trámite de aportación de pruebas y contrapruebas, de audiencias públicas y de conciliación. Estableció un plazo de 120 días para que las tres provincias y la Nación acordaran un plan de pagos. La deuda con las provincias es inexistente, en la mayoría de los casos, porque serviría sólo para compensar deudas de las provincias con la Nación. Compromete, sí, al gobierno nacional a no retenerles a esa tres provincias el 15 por ciento que les retenía hasta ahora. La sentencia es aplicable sólo a esas tres provincias. Cualquier otra provincia que aspirara a lo mismo debería iniciar el mismo trámite. El objetivo político de la Corte fue, en última instancia, establecer un marco para que se discuta una ley de coparticipación. Esa ley es un mandato de la nueva Constitución de 1994 que ningún gobierno posterior lo cumplió.

Cuando faltan seis días hábiles para su ostracismo, Cristina Kirchner decidió ayer, con el típico método de ordeno y mando, entregarles esos fondos a todas las provincias, fondos que le permitieron a ella, y a su marido, contar con importantes recursos. No fue un acto de justicia con la provincia; fue una decisión vengativa contra Macri. Macri le ganó. Merece entonces la venganza, la misma que les aplicó a los productores rurales durante siete años inclementes, desde que aquéllos la derrotaron en 2008. En Caracas, Nicolás Maduro se resiste también a una derrota anunciada y promete la venganza con los militares en la calle. Los populismos latinoamericanos se diferencian sólo en el grado de su vulgar extravagancia.

lunes, 23 de noviembre de 2015

La realidad puso fin al relato

La elección no sólo la ganó Mauricio Macri y la perdió Daniel Scioli. El significativo triunfo de Macri constituyó también una considerable derrota para Cristina Kirchner, para su modelo económico y político, y para su manera de gobernar.


por Joaquín Morales Solá

Más del 50 por ciento del país enterró ayer un estilo de permanente confrontación interna, de fracasados desafíos a las leyes de la economía, de aislamiento internacional y de impunidad judicial. Se trata de un notable giro de la sociedad, que significará dejar atrás la excepcionalidad argentina que duró doce años y que apartará al país del eje bolivariano en América latina.


Macri no es el único autor de su victoria. Recibió el apoyo involuntario y decisivo de Cristina y de Scioli. La Presidenta salió mal parada en cuatro de las cinco elecciones que debió enfrentar como jefa del Estado (en 2009, en 2013 y las dos de 2015). Sólo ganó ampliamente los comicios de su reelección en 2011, poco después de la inesperada muerte de su marido. Ella manejó en forma personal todas esas elecciones y sus campañas.

El propio Scioli corrió en busca del electorado independiente prendido de las faldas (y del discurso) del kirchnerismo más rancio, crispante y difamador. Según las encuestas, Scioli iba perdiendo votos con cada semana que pasaba. Insistió con esa estrategia y no aceptó ningún consejo sensato. Sólo anoche, cuando ya había perdido, Scioli volvió a ser Scioli. Así, ayer el peronismo se sumió en una profunda derrota: perdió en el país y casi pierde otra vez la provincia de Buenos Aires.

Todo relato tiene un final marcado por la realidad. Este final es dramático para cualquier proyecto de supervivencia kirchnerista, pero la realidad que heredará Macri es extremadamente compleja y crítica. La crisis de la economía no está, en su magnitud al menos, en la conciencia social. No es la misma situación que la de 1991, cuando Domingo Cavallo tenía a su favor una sociedad harta de la hiperinflación. Ni la de Eduardo Duhalde en 2002, cuando los argentinos clamaban por otra cosa, por cualquier cosa que fuera diferente. "No puedo entender cómo lograron esconder el colapso de la economía durante tanto tiempo", se lo escuchó decir ayer a Macri. El presidente electo repitió la historia conocida por cualquier cronista de la política de los últimos 30 años: contó que la situación económica que recibirá es mucho peor que la que imaginaba.

Macri se recibió de político audaz y certero cuando descartó los consejos para que hiciera un acuerdo con Sergio Massa antes de las primarias de agosto. Los resultados de ayer le dieron la razón. No era necesario ese acuerdo y, al revés, habría provocado una notable confusión en el electorado sobre la opción entre el cambio o la continuidad. Refutó esos consejos de lo que él llama el "círculo rojo", integrado por los empresarios importantes del país. Demostró en ese momento más carácter frente a ellos que los que exhibieron Scioli o Massa. Macri los conoce a todos los principales empresarios, pero no reconoce en ellos perspicacia política. "Se han equivocado demasiadas veces y se han equivocado, sobre todo, haciendo kirchnerismo en los últimos 12 años", suele decir. Siente, en cambio, cierta admiración por los ejecutivos que han manejado empresas exitosas. El caso de Juan José Aranguren, el ex CEO de Shell que combatió durante más de una década las prácticas del kirchnerismo sin perjudicar a su empresa, es el ejemplo cabal de los ejecutivos a los que aprecia Macri.

Sin embargo, una cosa fueron las elecciones y otra cosa será el gobierno. Macri no tendrá mayoría propia en el Congreso y el bloque de Cambiemos, que será la segunda minoría en la Cámara de Diputados, es una mezcla de macristas, radicales y lilitos. Macri tiene una impronta propia que lo acerca a la negociación más que a la confrontación. Hizo largos ejercicios de acuerdos en la Capital, donde nunca tuvo mayoría propia en la Legislatura. Pero más allá de su carácter y de su predisposición, a partir del 10 de diciembre se impondrá la necesidad política de amplios acuerdos políticos y sociales.

Basta mencionar cuatro de las muchas obligaciones que tendrá el próximo presidente: resolver el conflicto inhumano de la pobreza, bajar el monumental déficit fiscal, sincerar el tipo de cambio y revisar el descontrol de un Estado clientelar. Sólo eso (hay muchas más cosas por hacer) le impondrá la obligación de acercar a su despacho a otros dirigentes políticos, a empresarios y a sindicalistas. El triunfo de ayer le abre importantes espacios políticos como para ensayar esos acercamientos. Macri ha dicho que la negociación y el acuerdo no son para él síntomas de debilidad, sino una exigencia que impone la práctica democrática. Es el reverso de la moneda que acuñaron los Kirchner, para quienes toda negociación era una deserción política y una derrota ideológica.

El desafío de Macri es convertir a la Argentina, cuanto antes, en un país homologable por el mundo para que éste se olvide de la excepcionalidad kirchnerista. Sus economistas están preparados para eso. El propio Macri ya anticipó su política exterior, que en la región colocará a la Argentina cerca de Uruguay, de Chile, de Perú y de Colombia, lejos de Venezuela, de Ecuador y, en menor medida por su vecindad, de Bolivia.

Brasil es un caso aparte. Macri sabe que tanto Dilma Rousseff como el ex presidente Lula hicieron todo lo posible para que ganara Scioli. Lula le dijo a Scioli que de él dependía la preservación del viejo equilibrio en la región. Dilma le deslizó, equivocada, que el Acuerdo Transpacífico (que agrupa a varios países americanos con otros de Asia) es "el nuevo nombre del ALCA". Scioli les creyó a los dos. A pesar de todo, Macri está dispuesto a olvidar rápidamente esas imparcialidades brasileñas. Brasil seguirá siendo una prioridad de la política exterior argentina. "La presidenta Rousseff sabrá que es más fácil acordar conmigo que con Cristina", zanjó Macri la polémica por el pasado. Tampoco Macri imagina una rápida asociación de su país con el Acuerdo Transpacífico: "La economía argentina está muy cerrada como para llevarla de inmediato a una asociación con economías tan abiertas", ha dicho.

El kirchnerismo trató de usarlo siempre, y hasta último momento, al papa Francisco en su competencia electoral. El Pontífice debió hacer varias aclaraciones de que él no estaba comprometido con políticos ni candidatos de su país. "Que voten a conciencia", es lo último que dijo. Si se leen las viejas homilías del cardenal Bergoglio se puede interpretar cabalmente lo que quiso decir: el voto es un compromiso del ciudadano con él mismo y con Dios, no con las apetencias de dirigentes o punteros. Macri ha tenido una muy buena relación institucional con el entonces cardenal Bergoglio y la vicepresidenta electa, Gabriela Michetti, era una interlocutora frecuente del entonces cardenal. Macri colocó en sus listas de candidatos porteños a algunos amigos del Papa. Un amigo común es el mensajero más habitual entre el Papa y Macri : el dirigente de la comunidad musulmana Omar Abboud.

Un ex dirigente deportivo, líder de un partido casi provincial hasta hace cuatro años y audaz candidato presidencial en los últimos meses, les devolvió ayer a los argentinos la libertad plena perdida en los años kirchneristas. Más allá de los aciertos o errores por venir, ya tiene un párrafo escrito en las páginas de la historia.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

La otra campaña del miedo, contra el candidato propio

Los resultados de las mediciones de opinión pública hechas en las últimas horas indican que el miedo no sirvió, hasta ahora, para nada. Ni para ahuyentar a los votantes de Mauricio Macri, que conserva una ventaja de entre ocho y nueve puntos, según la encuesta de Poliarquía que publica hoy LA NACION. Hay otra medición no conocida que registró exactamente los mismos resultados. Tampoco sirvió para desalentar a los votantes de Daniel Scioli, candidato que está siendo maltratado por las noticias que surgen de su propio partido.


por Joaquín Morales Solá

En verdad, no existe una sola campaña del miedo. Hay una muy conocida que instrumenta el oficialismo contra Macri. Pero hay otra campaña que provoca miedo y que surge del descontrol de la campaña gubernamental. Tiene como protagonistas desde la Presidenta hasta viejos caciques peronistas, pasando por la corrosiva creatividad de los jóvenes de La Cámpora. Ya es notable que Scioli conserve los números que tiene con semejante indiferencia por parte de los suyos.


Según esos analistas de opinión pública, es más importante para la mayoría de los votantes la promesa de un cambio de políticas y de estilo de Macri que el miedo que propaga el oficialismo sobre una eventual presidencia del líder de Cambiemos. "El 80% de los votantes de Macri no cree en las cosas que dice el Frente para la Victoria", aseguró uno de ellos, luego de haberles hecho a sus encuestados la pregunta correspondiente. "Hay una mayoría social que confía en el triunfo de Macri. Esas tendencias son muy difíciles de cambiar cuando faltan pocos días para las elecciones", comentó un analista de otra encuestadora.

¿Y si las encuestas se equivocaran, como en octubre? Vale la pena consignar la respuesta de uno de esos analistas: "La encuestas se equivocaron en octubre con los porcentajes porque hubo 1.800.000 votos más que en las primarias, pero no se equivocaron con el orden en que salieron los candidatos. Dijimos que primero estaría Scioli, que Macri ocuparía el segundo lugar y que Massa resultaría tercero. Es lo que pasó. Podría haber ahora una modificación en los porcentajes en las próximas elecciones, pero es improbable que cambie el orden, que es lo único que importa en un ballottage. Y todas las encuestas están dando primero a Macri y segundo a Scioli".


Lo preocupante para Scioli, más que el resultado de esas encuestas, es, sin embargo, la condición inútil de la campaña del miedo, de la que él mismo se prendió. Y de la que, según voceros sciolistas, seguirá aferrado durante el debate presidencial del próximo domingo. Scioli es, al fin y al cabo, una víctima más del kirchnerismo. Doce años significan un tiempo demasiado largo para la paciencia históricamente corta de los argentinos. La única oportunidad cierta de ganar para Scioli hubiera sido un cambio drástico y creíble respecto del cristinismo.

Algunos amigos del peronismo le vienen aconsejando desde principios de año que tome distancia de la Presidenta, porque ella ya es, le decían, una figura gastada de la política argentina. Siendo diferente de la fracción gobernante, Scioli prefirió seguir cercano a Cristina. Sólo escuchó aquellos consejos. En silencio, sin refutarlos ni acatarlos. El candidato presidencial siente, en el fondo, que Cristina tiene condiciones políticas superiores a las suyas y que sería un desperdicio no escucharla o, lo que es peor, enfrentarla.

También es cierto que Scioli es un adicto a las encuestas y que éstas venían marcando que los índices de popularidad de Cristina eran altos. "Lo que Scioli no percibió es que se trataba de una despedida amable de gran parte de la sociedad con respecto a Cristina. Eso era fácil de establecer con sólo medir su intención de votos: los números de imagen positiva de ella se derrumbaban a menos de la mitad cuando se preguntaba si la votarían de nuevo", dice uno de los más serios encuestadores. El error de Scioli fue doble, entonces: creer que la imagen positiva de la Presidenta era igual que su caudal de votos, por un lado, y que, encima, esos votos serían fácilmente transferibles a él.

El otro problema de Scioli es lo que sucede dentro de su propio partido. Si de campaña del miedo se trata, mucho más miedo provoca el pendenciero intendente saliente de Merlo, Raúl Othacehé, que lo que Alfonso Prat-Gay pueda decir sobre el futuro precio del dólar. Nadie sabe cómo Othacehé cayó en los brazos del cristinismo presuntamente revolucionario. El intendente militó en su juventud en las organizaciones peronistas de ultraderecha y antisemitas, aunque también hizo un paseo breve por las tropas de Montoneros. La violencia, en fin, surcó los años de su formación vital.

Othacehé tiene, además, un viejo enfrentamiento con la Iglesia Católica. Primero lo encaró al cura Raúl Vila, al que había conocido en su paso por la izquierda peronista, al que le negó el derecho a meterse en cuestiones sociales. Más tarde, hace pocos años, lo combatió al entonces obispo de Merlo Fernando Bargalló, un hombre de confianza del también entonces cardenal Bergoglio. Una foto de Bargalló con una mujer mayor en una playa de México fue ampliamente difundida en Merlo. La difusión fue atribuida a Othacehé. Bargalló debió renunciar a su cargo tras conocerse esa foto. Bergoglio dijo entonces que, en todo caso, lo que había cometido Bargalló era un pecado, no un delito.

Barones derrotados

Por todo eso, es más creíble el kirchnerista Gustavo Menéndez, intendente electo de Merlo que le ganó a Othacehé, cuando lo acusa a éste de organizar la ocupación de un amplio predio (60 hectáreas) por parte de personas indigentes. Si bien Othacehé hizo una breve escala en el massismo en los últimos tiempos, al final volvió al cristinismo. La Presidenta lo recibió, pero en castigo por aquella deserción obligó a Othacehé a competir con Menéndez, que le ganó.

No es sólo Othacehé. Otros barones derrotados en el conurbano no han llegado tan lejos como el intendente de Merlo, pero están nombrando en la planta permanente a miles de contratados. Es el caso de Malvinas Argentinas, donde su actual intendente, Jesús Cariglino, se subió satelitalmente el sueldo y nombró a 3000 contratados. Cariglino, que militó en la filas de Sergio Massa, fue derrotado por otro kirchnerista, Leonardo Nardini. Podrían ser actos contra la futura estabilidad de la gobernadora electa, María Eugenia Vidal, pero lo son también contra sus sucesores. El peronismo nunca entendió la alternancia como una necesidad democrática. Lo está demostrando. Es lo que sugiere también el conflicto en Concepción, la segunda ciudad de Tucumán, donde un ex intendente kirchnerista acosó con fuego y furia al intendente de Cambiemos que ganó el municipio.

Los jóvenes de La Cámpora, a su vez, no tienen arreglo en el corto plazo. "Ustedes eran pobres y ahora son de clase media", les dicen, para seducirlos, a los habitantes del conurbano, repitiendo un discurso habitual de Cristina. Pero a nadie le gusta que lo llamen pobre y, menos aún, que le recuerden que lo ha sido. Cristina no tiene refutación posible en el altar desde el que habla, pero a sus jóvenes seguidores los corren a gritos por las calles calientes del cordón bonaerense.

Ante semejantes hechos de violencia explícita, verbal o administrativa, la polémica por la futura economía es una campaña del miedo sin sentido ni razón. Tanto Scioli como Macri heredarán una economía al borde del abismo. De la pericia de ellos dependerá que la situación termine optando por la oquedad o por la tierra firme. La sociedad sabe, a su modo, que ninguno puede prometer un paraíso que no existirá en ningún caso.

Tal vez sucedió también que, entre los dos miedos, haya prevalecido en mucha gente el más real y tangible. El miedo por lo que sucede ahora y no por lo que podría suceder. Está influyendo de manera determinante, al mismo tiempo, la fatiga social frente a las mismas caras, a las mismas recetas y a los mismos discursos desde hace demasiados años. Othacehé lleva 24 años en Merlo. Cariglino está en Malvinas Argentinas desde hace 20 años. Cristina Kirchner ocupa un lugar central en la política argentina desde hace 12 años. Falta justo un mes para que todos ellos regresen a casa. Hacen algo que perjudica a Scioli cada vez que se ofuscan, patalean o se resisten a ese final, inevitable y definitivo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Una decisión demoledora

Los jueces de una Cámara tucumana de alzada sembraron ayer la mayor sospecha de fraude en el proceso electoral nacional. Cuando la Cámara en lo Contencioso Administrativo de Tucumán declaró la nulidad de las elecciones de gobernador (y ordenó convocarlas de nuevo), produjo un hecho inédito en la nueva democracia argentina. Nunca, desde 1983, la Justicia anuló ninguna elección, aun cuando hubo denuncias de fraude.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

La decisión desmiente un punto clave de la teoría oficialista utilizada como defensa en esta crisis.
Esos argumentos del kirchnerismo planteaban que las denuncias de manipulaciones, adulteraciones, clientelismo y compra de votos formaban parte de una estrategia de la oposición para deslegitimar el triunfo del oficialismo. Sin embargo, es probable que la decisión judicial de ayer sea revocada por la Corte Suprema de Tucumán, integrada por jueces amigos del gobernador José Alperovich.
De todos modos, esa decisión que anuló los comicios tiene una carga demoledora para el gobierno kirchnerista, que entregará en diciembre un sistema electoral viciado por el fraude y con escasa legitimidad. A pesar del obsceno robo de boletas en el conurbano bonaerense, en las primarias de agosto, fue el caso tucumano el que llevó la sospecha de fraude a niveles también desconocidos en la sociedad nacional. Por primera vez, consignan encuestas que acaban de realizarse, una cantidad importante de argentinos desconfía de la seriedad de su sistema electoral. Esa sospecha es novedosa. En las elecciones legislativas de 2009, Néstor Kirchner reconoció que había perdido la misma noche de las elecciones. El sistema no se había degradado tanto como ahora.
El caso tucumano les agregó sus propios condimentos a las viejas trampas del sistema electoral. O tuvo el único mérito de exponer las nuevas mañas. Sea como sea, lo cierto es que se quemaron urnas, se falsificaron los resultados de las actas en los telegramas que envió el Correo y se compró a los fiscales de la oposición. Una cosa es el conocido método de robar boletas (repudiable también) y otra cosa, peor aún, es la manipulación del escrutinio provisorio (que depende del Correo) y los sobornos a los fiscales opositores.
El caso de Tucumán se cerró de la manera más incierta posible cuando un supuesto corte de luz destruyó las grabaciones fílmicas de las urnas durante el día en que estuvieron guardadas, hasta que empezó el escrutinio definitivo. La oposición denunció que el corte de luz no existió nunca. Simplemente, se destruyó la grabación que había comenzado a constatar, por ejemplo, que muchas urnas llegaban abiertas. En tales condiciones, conviene aceptarlo, no hay gobierno que pueda perder una elección.
La resolución de ayer en Tucumán significa también, en los hechos, una dura refutación a la Presidenta. Sólo 24 horas antes, Cristina Kirchner había desafiado públicamente a la oposición a reconocer el triunfo del oficialismo (su ex ministro de Salud Juan Manzur era el gobernador electo) en lugar de seguir haciendo denuncias. La Presidenta carece a estas alturas hasta de la información más elemental de lo que sucede en el país que gobierna. ¿O es que sus funcionarios temen llevarle las malas noticias? Desde el lunes pasado, por lo menos, la política de Tucumán sabía que en el curso de esta semana esa Cámara anularía las elecciones. Sobre todo, después de que el fiscal general del fuero federal tucumano, Gustavo Gómez, se convirtió en un testigo clave contra la validez de esas elecciones. Gómez ya había dicho que las maniobras de fraude constatadas en Tucumán respaldaban la necesidad de una nueva elección en ese provincia.
No es sólo Tucumán. En Chaco, donde se realizarán elecciones de gobernador el próximo domingo, se descubrió que en el padrón hay 10.000 inscriptos de forma irregular. Siete mil de ellos no figuran en ningún registro del padrón nacional argentino. Tres mil están anotados en el padrón del Chaco, pero no en el padrón nacional. Hay personas en el padrón chaqueño con 120 años de edad. Los muertos han vuelto a votar. La cifra de 10.000 significa el 2% del electorado chaqueño. Es decir, la oposición comenzará los comicios perdiendo por el 2 por ciento.
La decisión de la Cámara en lo Contencioso Administrativo será apelada por el gobierno provincial ante la Corte Suprema de Tucumán. Dependiente de Alperovich y sus amigos, es más que seguro que ese tribunal revocará la resolución de ayer y dará por válidas las recientes elecciones. La oposición apelará seguramente ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación. El máximo tribunal de justicia del país se ha negado siempre a tomar partido por los resultados de elecciones provinciales; prefiere en esos casos respetar la jurisdicción provincial de la Justicia.
No todo está dicho. En primer lugar, porque nunca hubo una decisión judicial de semejante trascendencia electoral. La Corte Suprema de la Nación ha decidido, sí, cuando trató cuestiones electorales que requerían de una clara interpretación de la Constitución. Fue el caso de Santiago del Estero, cuando le prohibió la reelección al actual presidente provisional del Senado, Gerardo Zamora, actual caudillo feudal santiagueño. Zamora recurrió entonces a la treta de todos los caciques feudales: colocó a su esposa como candidata a gobernadora; ella es, en efecto, la actual mandataria de la provincia.
A partir de la comprobación de que hubo fraude, según la Cámara que resolvió ayer, la Corte Suprema de la Nación podría hacer también una lectura de la Constitución. La Ley Fundamental del país establece que los argentinos eligen a sus gobernantes en elecciones libres. La primera garantía de la democracia, por lo tanto, es el derecho al voto, que lo debe garantizar el Estado y no los fiscales. Vale la pena hacer esta aclaración porque el argumento del oficialismo es que la oposición no tiene derecho a criticar si no tiene fiscales o si sus fiscales se convirtieron en tránsfugas. La teoría del Gobierno significa la privatización de la custodia de un derecho esencial de la democracia.
El oficialismo ha quedado en Tucumán en el peor de los mundos: o Juan Manzur se convierte en el gobernador con menos legitimidad del país o el gobierno de Alperovich deberá llamar a nuevas elecciones, aceptando implícitamente que ganó la última vez mediante el fraude. Podría ser un caso aislado en el turbulento norte argentino, pero no lo será nunca cuando faltan apenas 40 días para las elecciones que señalarán quién será el próximo presidente de la Nación.

miércoles, 22 de julio de 2015

Una victoria relativizada por las propias expectativas

Si algo dijeron los resultados de la Capital del domingo pasado fue que las elecciones no se ganan ni se pierden de antemano. Mauricio Macri es en estas horas (en que oficialistas y opositores lo tratan como a un derrotado) víctima de su propio triunfalismo. Una victoria con cerca del 52 por ciento de los votos no debería ser un mal resultado electoral, sobre todo porque quien ganó es un partido y quien salió segundo haciendo una muy buena elección, Martín Lousteau, fue la expresión de una amplia coalición política y social. Pero el triunfo de Pro se encogió dramáticamente por las expectativas previas. El macrismo había pronosticado con seguridad una diferencia de no menos de diez puntos entre Horacio Rodríguez Larreta y Lousteau, que se redujeron a escasos tres. Una victoria amarga puso en discusión el exitismo con que se venían moviendo Macri y sus seguidores para las presidenciales de agosto y octubre.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

Aquella lección es aplicable perfectamente a Daniel Scioli y al kirchnerismo en general, que anda promoviendo desde hace rato la certeza de que el oficialismo ya ganó. Es más desconcertante aun que Scioli haya celebrado con algarabía la supuesta mala elección de Macri, sobre todo cuando el kirchnerismo perdió, en la primera vuelta, el derecho a participar en el ballottage capitalino del domingo pasado. Su candidato, Mariano Recalde, hizo una módica elección en la primera vuelta. Algo raro sucede, de todos modos, cuando los oficialismos se alegran de elecciones que tuvieron como protagonistas sólo a opositores.
Fue una anomalía política, en efecto, que la elección más iridiscente realizada en el país hasta ahora (tal vez porque la Capital es una vidriera incomparable) se haya resuelto en territorios exclusivos de la oposición. La culpa de esa anormalidad recae tanto en Macri (que no aceptó una primaria conjunta de toda la oposición) como en el radicalismo (que se dejó llevar por su vieja pasión por las peleas internas). Sea como sea, ni uno ni otro están en condiciones de cantar victoria después del domingo, porque es el kirchnerismo el que está celebrando.
A lo largo de todo el proceso electoral capitalino, la oposición perdió la noción de lo que estaba en juego. O no registró un hecho significativo de los últimos tiempos: el peronismo, en cualquiera de sus versiones, unificó una candidatura a nivel nacional y una clara propuesta electoral. Decir que Scioli es el candidato del kirchnerismo es decir una verdad a medias. Scioli es el candidato de todas las franjas del peronismo (desde el cristinismo hasta el menemismo residual, pasando por los peronistas históricos). Después de amagar rupturas improbables y abandonos inverosímiles, el justicialismo hizo lo que mejor sabe hacer: abroquelarse para conservar el poder. La oposición siguió, en cambio, la hoja de ruta prevista sin darse cuenta de que algo había cambiado drásticamente el mapa electoral. Ella también debió cambiar, pero no cambió nada.
La conclusión consiste sólo en imágenes contrapuestas, pero nadie puede negarles a las imágenes su importancia en la construcción política. Un oficialismo ordenado, aunque sepamos que Scioli no es ni será nunca el candidato ideal de Cristina Kirchner (más bien lo detesta, tal como lo hizo coherentemente durante los últimos doce años). Pero eso mismo hace también atractiva la candidatura del gobernador para varios sectores sociales. En la otra vereda, una oposición fragmentada y desorientada, aunque conozcamos que hay coincidencias básicas y fundamentales entre Macri, Elisa Carrió y Ernesto Sanz. Cada uno de ellos tiene un considerable valor individual, pero todos carecen de la vocación para cambiar o para adaptarse conjuntamente a la ostensible plasticidad de su oponente.
El peronismo no es el mejor partido en el gobierno (ni mucho menos), pero es el más inteligente para conquistar el gobierno. Es demasiado temprano, de cualquier forma, para asegurar que las equivocaciones capitalinas de la oposición han consolidado ya el triunfo de octubre del peronismo. Hasta podría suceder que muchos sectores que se divirtieron votando a Lousteau reevalúen su voto presidencial a favor de Macri. Al fin y al cabo, Lousteau fue el emergente de todo el antimacrismo de la Capital, del antimacrismo profundo, pero también del superficial.
Ésa era una perspectiva posible que debió amortiguar en su momento el triunfalismo de Pro. Si se hubieran sumado los votos del kirchnerismo en la primera vuelta a los votos del propio Lousteau en esa ronda, el resultado habría sido demasiado parecido al que logró al final el ex ministro de Economía. ¿Por qué creyó el macrismo en la abstención anunciada del kirchnerismo? ¿Por qué cayó en ese monumental error político? No es culpa de Lousteau que él haya terminado arrastrando al kirchnerismo; éste se hubiera plegado a cualquiera que amenazara con boicotear al principal candidato de la oposición. Por eso, también, Lousteau no debería contar como propios todos los votos que consiguió en el ballottage. Algunos, como el kirchnerismo fanático, no volverán a votar nunca por él.
También es raro que un asesor político y electoral, como lo es Jaime Durán Barba, tenga el protagonismo que tiene en la confección política de Pro. Es mucho más (o parece serlo) que un asesor; es el líder de una fracción interna. Sus consejos a Macri los convierte en posiciones públicas. Además, Durán Barba forma parte de sectores del macrismo enfrentados con otros sectores, milita con algunos dirigentes de Pro y se enfrenta con otros. Scioli también tiene un asesor electoral, el norteamericano James Carville, pero de éste se sabe poco y nada. "Daniel toma algo, sólo algo, de lo que le dice Carville", dicen al lado de Scioli. Sergio Massa también recurre a los consejos de un asesor, el peruano Sergio Bendixen, de quien se sabe un poco más que de Carville, aunque mucho menos que de Durán Barba.
Los asesores son necesarios en una carrera presidencial, pero lo único imprescindible es la inspiración del líder. En síntesis: el "Pro purismo" es un consejo de Durán Barba a Macri que chocó con más obstáculos que los permitidos en una campaña presidencial. Es hora de que la inspiración de Macri juegue su juego. También es cierto que la política le atribuye más cambios que los que él hace. Las recientes declaraciones de Macri sobre la conservación de algunas políticas cristinistas (YPF, Aerolíneas Argentinas o la Asignación Universal por Hijo) son muy viejas.
Párrafo aparte merecen las encuestas. Todas se equivocaron en el territorio que se creía más fácil de medir, como es la Capital.
Por eso, ahora se ponen en duda las mediciones que se conocen. ¿Los candidatos presidenciales miden en el vasto territorio nacional lo que las encuestas dicen que miden? ¿La buena imagen de Cristina Kirchner vuela tan alto (cerca del 45 por ciento, según casi todas las encuestas) como señalan las mediciones? Si en la Capital muchos encuestados dijeron que harían lo que no hicieron o que sentían lo que no sintieron, ¿por qué debe suponerse que el resto de los argentinos haría algo distinto? ¿No es lógico preguntarse si no estaremos viviendo vísperas de realidades diferentes?

miércoles, 8 de julio de 2015

La oposición, el aliado ideal del kirchnerismo

La oposición, que tiene una singular pericia para equivocarse, logró esconderle al kirchnerismo su fracaso electoral del domingo, cuando perdió feo en casi todos los lugares en los que compitió. Si alguien preguntara alguna vez por qué el peronismo pudo conservar el poder durante los últimos 25 años, administrando un país en condiciones cada vez peores, no habría que buscar en los méritos políticos del peronismo, sino en las limitaciones y las ineficacias de sus opositores. Las 48 horas poselectorales han sido un ejemplo cabal de la pertinacia en el error por parte de quienes aspiran a vencer y relevar al kirchnerismo.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

El ballottage en la Capital tiene esta vez una singularidad: está en el medio de la discusión el principal candidato de la oposición, Mauricio Macri, según la unanimidad de las encuestas. Macri, a su vez, integra un espacio político común con el radicalismo y la Coalición Cívica. Martín Lousteau, el candidato que aspira a competir en la segunda vuelta capitalina, pertenece a ese mismo espacio, aunque también es solidario con la candidatura presidencial de Margarita Stolbizer. Lousteau ha sido especialmente agresivo con Macri (y promete serlo aún más) durante una campaña, la del ballottage, que concluirá apenas 20 días antes de las primarias nacionales para las presidenciales.
La extraña situación provocó un tumulto de posiciones dentro del espacio opositor. ¿Debe haber segunda vuelta cuando la diferencia entre Horacio Rodríguez Larreta y Lousteau fue abismal? ¿Es razonable extender inútilmente una competencia entre opositores en las vísperas de elecciones nacionales en las que se jugará la continuidad del kirchnerismo? No hay segunda vuelta en condiciones de remontar 20 puntos de diferencia en la primera ronda. No hay, por lo menos, experiencia en el mundo que haya registrado que el segundo salió primero en la segunda vuelta después de perder de esa manera en la primera ronda. No hay, en definitiva, nada que anticipe semejante conmoción electoral. Dirigentes políticos chilenos que son expertos en el sistema de ballottage (debieron pasar por él en todas las presidenciales desde el regreso de la democracia) aseguran que sólo se puede remontar en segunda vuelta una diferencia de entre el 5 y el 7 por ciento en la primera. "La sociedad, al final, le da el triunfo al que ganó", dicen.
Elisa Carrió prefirió mantenerse prescindente en esa discusión, que es una manera de decir, al menos, que no está segura de que el ballottage en la Capital sea un buen recurso en las actuales condiciones nacionales. Es el radicalismo, en cambio, el más empecinado en continuar con el proceso electoral capitalino. Apasionados por las luchas internas más que por la conquista del poder, los radicales están contagiando ese espíritu tan de ellos al resto de la convergencia con macristas y seguidores de Carrió. El presidente del radicalismo, Ernesto Sanz, suele admitir, no obstante, que le sería muy difícil convencer a Lousteau de que acepte su derrota de una buena vez. "Tendremos que pasar por esto", se resigna, aunque también reconoce que hay muchos radicales con ganas de competir con Pro. Argumenta que el encierro de Pro entre propios dejó varios radicales heridos. La interna sobre todo, otra vez.
Sanz ha convertido después la necesidad en una virtud. "Un triunfo de Lousteau ayudaría a mi candidatura presidencial", se entusiasmó, sin entusiasmo. Nadie sabe si fue una frase seria, si fue una ironía o si fue una incomprensible ingenuidad en un dirigente que nunca fue ingenuo. Para decirlo con palabras directas: un eventual e improbable triunfo de Lousteau en la Capital terminaría también con la elección nacional. Daniel Scioli sería el seguro próximo presidente. Ninguna sociedad vota el desorden político e intelectual conociéndolo de antemano.
A todo esto, ¿cómo y con quiénes gobernaría Lousteau la Capital? Su coalición tendrá 14 legisladores de los 31 necesarios para contar con la mayoría simple en la Legislatura porteña. Lousteau ha hecho una campaña muy personal y no mostró a nadie más que a él mismo. ¿Quiénes formarían parte de su eventual equipo? ¿Los economistas de su estudio? ¿Los amigos políticos de su candidato a vicejefe, Fernando Sánchez, o los militantes de la juventud radical que lidera Juan Nosiglia, hijo de Enrique Nosiglia? ¿Quiénes? Nada se sabe al respecto.
Macri respetó un flemático y necesario silencio. Se sabe, no obstante, que deslizó en la intimidad cierta admiración por los rápidos reflejos políticos de Carrió. "Ella tiene verdadera vocación de poder", les dijo a los suyos. A Macri no le queda otro recurso que el silencio. ¿Podría pedirle a Lousteau que aceptara su derrota? No. Debe respetar el mandato constitucional, en primer lugar, y no tiene razones para exhibirse débil cuando no está débil en la Capital. Otra cosa son las consecuencias que podría tener para su carrera presidencial una campaña dura y agresiva por el ballottage.
Lousteau reinició su campaña con palabras hirientes para el líder capitalino. "Me quieren bajar los intereses del juego", disparó. Es una alusión a Cristóbal López y sus negocios en la Capital, que Lousteau había mencionado varias veces en su anterior campaña. El ex ministro de Cristina Kirchner nunca aclaró que el juego es un negocio que lo administra el gobierno nacional y que el propio Macri acaba de cerrar el paso a los proyectos de ampliación del juego de Cristóbal López. Es sólo un ejemplo del nivel de belicosidad al que está dispuesto el ambicioso candidato de los radicales porteños.
Es notable el contraste con el peronismo. Durante los últimos cuatro años, las peleas internas fueron la constante del partido gobernante. Basta con recordar las innumerables zancadillas, descalificaciones y humillaciones que Cristina Kirchner le dedicó a Scioli. La diferencia es que el peronismo hace eso cuando está lejos de las elecciones. Cerca de ellas, cambia la batalla por la paz interna. Se esfuerza en encontrar una fórmula de unidad entre las facciones y luego la respeta. Ahora, cristinistas, sciolistas y peronistas históricos han vuelto a estar unidos en la única obsesión que vale la pena de un peronista: conservar o conquistar el poder.

LOS ERRORES DE SIEMPRE

Sus opositores repiten las mismas equivocaciones con la inútil ilusión de conseguir resultados distintos. Mantienen cierta unidad y un grado razonable de consenso cuando están lejos de las elecciones, pero descerrajan una implacable guerra interna cuando se avecinan las elecciones. La sociedad (dispuesta siempre a valorar cierto orden entre los que gobiernan o aspiran a gobernar) percibe imágenes muy distintas entre unos y otros. Semejante escenario no debería quedar sólo en manos de Lousteau, que, como él mismo dijo, es opositor a todo, a Cristina y a Macri. Un satélite fuera de órbita. Es el combate entre la vocación de poder o la vocación de ser opositor. Pero ése no es un combate de Lousteau, que tiene vocación de poder, sino de sus principales apoyos políticos.
Lousteau dijo algo más: que está dispuesto a representar al 55 por ciento de los que no votaron a Pro en la primera vuelta. La porción más grande de ese porcentaje, descontando los propios votos de Lousteau, son los que corresponden al bloque duro del kirchnerismo. Alrededor del 20 por ciento de la capital vota al cristinismo sin importar quien sea su candidato. Lousteau tiene estómago para todo. También para condenar a los capitalinos a votar de nuevo en elecciones innecesarias, porque el resultado es perfectamente previsible. Perderá. O para obligar al Estado a gastar 50 millones de pesos más en comicios con resultados cantados. Aceptó de hecho darle una alegría al sciolismo después de un domingo de naufragios. Por fin, Scioli encontró alguien, que ni siquiera se propuso buscar, que le hará parte de la campaña ofensiva y violenta contra Macri, que Scioli no quiere hacer.
El domingo, Cristina Kirchner no tuvo otra salida que mostrarse triunfadora... en Grecia. Conscientes o inconscientes, con ganas o sin ellas, sus opositores están cerca de darle a la Presidenta un triunfo argentino.

lunes, 6 de julio de 2015

Un triunfo contradictorio

Fue una victoria amplia y contradictoria. A Mauricio Macri le faltaron dos puntos más en la Capital para forzar a Martín Lousteau a una capitulación en primera vuelta. Si su candidato, Horacio Rodríguez Larreta, hubiera conseguido el 48% de los votos, le habría sido fácil convencer a Lousteau de que la segunda vuelta era innecesaria. Pequeñas diferencias en un océano de votos que están en condiciones de cambiar el escenario electoral.


No tuvo esos dos puntos, pero consiguió marcar una diferencia de 20 entre Rodríguez Larreta y Lousteau.
Con cualquier otro candidato al frente, tal vez la Capital Federal (y dos millones de personas concretas) se hubiera evitado el espectáculo de otra campaña electoral durante quince días, de otro domingo de elecciones en un semestre con varios domingos electorales y de más gastos en comicios cuyos resultados pueden descontarse. Pero Lousteau no es así. Como buen economista, prefiere la matemática a la política. La suma le indica que el conjunto de la oposición podría ganarle en segunda vuelta al candidato de Macri. Ni la política ni las elecciones se resuelven de esa manera.
Es casi imposible que el macrismo pierda en un distrito donde su líder tiene la aprobación de más de 60 por ciento de los ciudadanos y con semejante diferencia en la primera vuelta. Lousteau no es, además, un enemigo irreconciliable de Macri porque, de hecho, pertenecen al mismo espacio político nacional. O pertenece una parte de Lousteau; éste nunca dejó de elogiar a Margarita Stolbizer (que va por su propia cuenta) a la par de Elisa Carrió y de Ernesto Sanz, que son aliados de Macri. Sin embargo, lo que debería importar sobremanera es la consistencia futura de quien es hoy el principal candidato de la oposición al kirchnerismo en la carrera electoral nacional, Macri.
Queda por saber qué harán en las próximas horas los principales apoyos financieros y políticos de Lousteau: el político y empresario Enrique Nosiglia y el ex jefe de Gabinete y actual empresario Chrystian Colombo. Aun a ellos les será muy difícil torcer la ambiciosa voluntad de Lousteau, que seguramente arrastrará en la segunda vuelta al kirchnerismo en pleno y a la izquierda antimacrista. No obstante, es posible entrever un desplazamiento de votos del propio Lousteau al macrismo, conscientes de que en la próxima oportunidad se jugará una partida más importante que la conducción del gobierno capitalino. También es probable que haya mayor ausentismo en la próxima ronda, porque muchos descontarán el resultado a favor de Rodríguez Larreta.
Párrafo aparte merece la muy buena experiencia de la boleta electrónica y única ensayada ayer por primera vez en la Capital. Fue como ver el regreso de la soberanía popular a los votantes en un trámite ágil, limpio y rápido. Fue, también, como si se hubiera observado un final de partida para una casta de barones, punteros y fiscales que secuestraron la política y las elecciones. Durará poco. En agosto y octubre, los capitalinos volverán a votar con el viejo sistema de cuartos oscuros saturados de boletas, bajo el señorío de fiscales y punteros. Serán elecciones nacionales y el gobierno de Cristina Kirchner nunca se propuso cambiar el sistema de votación, que le sirve, sobre todo, para controlar las elecciones en el multitudinario y caótico conurbano.
Ayer se comprobó la teoría de Ernesto Sanz: el gobierno de Cristina Kirchner gana en las encuestas y pierde en las elecciones. A pesar de las mediciones previas (que le pronosticaban al kirchnerista Alberto Accastello una buena elección), en Córdoba el kirchnerismo quedó reducido al 20 por ciento de los votos. Mucho mejor elección que la prevista por las encuestas hizo el radical Oscar Aguad (un viejo aliado de Macri). La buena elección de Aguad, aun derrotado, es de él y es de Macri. El también radical Ramón Mestre se impuso en la capital de la provincia. De todos modos, el triunfo en Córdoba del candidato Juan Schiaretti significó la victoria del peronismo más antikirchnerista del país, que lo lideró en los últimos años el actual gobernador, José Manuel de la Sota.
Fue un triunfo claro de De la Sota, más que de Schiaretti o de Sergio Massa, aliado y competidor de De la Sota. De la Sota lleva 16 años gobernando esa provincia clave (a veces con él como gobernador, otras veces con su amigo Schiaretti). Aunque no tiene la importancia electoral de las otras provincias, el peronista antikirchnerista Carlos Verna arrasó también ayer en La Pampa al kirchnerista Oscar Jorge, actual gobernador de esa provincia y entrañable aliado de la Presidenta.
También en la Capital el kirchnerismo se encogió a poco más del 20 por ciento de los votos. En Santa Fe se había quedado con menos del 30 por ciento de los votos. En Mendoza, donde gobierna hasta diciembre, el kirchnerismo perdió frente a la alianza radical-macrista y sacó sólo 39 por ciento de los votos. Córdoba, Santa Fe, la Capital, Mendoza forman parte de los principales distritos electorales del país. Falta todavía la homérica Buenos Aires, pero ¿qué porcentaje debería conseguir ahí el cristinismo para compensar tantas derrotas importantes y ganar en primera vuelta como pregona? Alrededor del 50 por ciento de los votos. Ninguna encuesta le da por ahora esa cifra. Tienen razón los sciolistas cuando pronostican una elección nacional muy cerrada entre su líder y Macri. Está claro que gran parte de esa batalla está ahora en manos de los aliados del propio Macri.
De cualquier forma, las encuestas más serias en la Argentina coinciden en lo esencial con los resultados electorales; esto es, no puede preverse, con un mínimo sentido del rigor, un triunfo en primera vuelta del oficialismo en octubre. Ya fue raro que en un día en que se celebraron elecciones en dos de los cuatro principales distritos electorales del país, la Capital y Córdoba, el candidato del oficialismo, Daniel Scioli, haya viajado a La Rioja (uno de los distritos menos importantes) para agarrarse de una victoria eventual. O que la propia Presidenta no haya tenido otra oportunidad de festejo que una tímida llamada telefónica a Schiaretti, que pertenece a una fracción antikirchnerista del peronismo.
Menos preocupado que Cristina, también Macri debió acostarse anoche con cierto regusto amargo. La amplia victoria de su partido en la Capital no lo salvó del ballottage. Debió reflexionar seguramente sobre si fue una buena decisión dividir en la Capital el voto de los que piensan y quieren lo mismo. Si fue acertado, en fin, dejar un fundamental proyecto nacional en manos de la previsible ambición de Lousteau.

miércoles, 1 de julio de 2015

Una vez más, el viejo anhelo de una Justicia adicta

El caso que involucra al juez Luis María Cabral se está convirtiendo en un escándalo peor que el que podría haber desencadenado la declaración de inconstitucionalidad del tratado con Irán. El método del carnicero, que el cristinismo está usando para depurar la Justicia a su gusto, es un remedio con efectos colaterales más graves que la enfermedad. La contradicción sólo podría entenderse si Cabral fuera, como lo es, sólo el primer juez en ser desplazado, no el único ni el último. De hecho, ayer también cayó en Tucumán un fiscal clave en la investigación sobre el general César Milani y sus culpas en delitos de lesa humanidad. Nadie descarta, además, que próximamente sea apartado de la Sala I de la Cámara Federal Penal el juez Eduardo Farah, el único magistrado de ese tribunal que había dado algunas pruebas de independencia en los últimos tiempos.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

Un golpe de Estado contra la Justicia, para convertirla definitivamente en adicta al kirchnerismo, es un viejo sueño de la familia gobernante. Ya lo intentó con la ley de reforma judicial, el plan más ambicioso para tomar el control del Consejo de la Magistratura y, por lo tanto, de la designación y destitución de los jueces. Ese plan fracasó cuando la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional esa ley.
El paso siguiente del cristinismo fue urdir un golpe de Estado contra la propia Corte Suprema. Buscó varios caminos. Ampliar la Corte, designar conjueces de ese tribunal con una mayoría ilegal del Senado, perseguir a los jueces de la Corte, uno por uno. El último intento consistió en desplazar al juez Carlos Fayt. ¿Las razones? Por anciano. La cruel persecución de Fayt se morigeró un poco después de que el juez recibió el apoyo explícito y categórico del cardenal Mario Poli, el líder religioso con más alto rango en la Argentina. Poli es un hombre de la extrema confianza del papa Francisco, su sucesor en el arzobispado de Buenos Aires y el único obispo argentino al que el Pontífice hizo cardenal.
Impotente hasta ahora para colonizar a toda la Justicia, el cristinismo parece haber elegido el camino de minigolpes de Estado. Desplazar a jueces y fiscales decisivos para causas importantes y conquistar el control de la Cámara de Casación, la última instancia penal antes de la Corte Suprema de Justicia. Ya que no puede desmantelar la Corte Suprema, pretende ahora que los casos que acusan a funcionarios mueran en Casación o en las Cámaras Federales. Es decir, dejar sin trabajo a los jueces supremos del país, por lo menos en las causas penales (o en las de corrupción, más precisamente).
Las cosas, sin embargo, suelen cambiar su curso en medio del fárrago. De hecho, ayer la Corte Suprema, que tanto detesta el cristinismo, podría abrir una puerta al regreso de Cabral en caso de que se lo pidieran las dos instituciones querellantes, la AMIA y la DAIA, que fueron las que plantearon la inconstitucionalidad del tratado con Irán. La Corte rechazó un pedido del fiscal Raúl Pleé y le devolvió el expediente al juez Juan Carlos Gemignani; el fiscal solicitó que la Corte se abocara en el acto al caso Cabral. El rechazo fue por cuestiones de forma, pero la Corte advirtió que podría acceder a un reclamo de los que iniciaron la querella.
Por la mañana, en una resolución breve, contundente y clara, Gemignani señaló que sólo la Corte Suprema, intérprete final de la Constitución, debía establecer si el método que se usó para desplazar a Cabral es constitucional o no. Gemignani destacó que están en riesgo las garantías constitucionales y subrayó la trascendencia institucional del caso (el tratado con Irán). Reclamó directamente a la Corte que resolviera si Cabral debe seguir en el caso o no. Desde ya, cuando Gemignani resalta el riesgo de las garantías constitucionales alude a la eliminación del juez natural, que es lo que el cristinismo hizo con Cabral. Cabral era uno de los tres jueces que debían resolver si el tratado con Irán es constitucional o inconstitucional, y él ya les había adelantado a sus otros dos colegas que su voto impugnaría ese acuerdo. En ese momento lo sacaron.
Pocas horas después, el plenario de la Cámara de Casación (es decir, de los jueces de las cuatro salas que la conforman) cambió totalmente la integración de la Sala I de esa cámara, de la que formaba parte Cabral. Ya había asumido a las apuradas un juez, Claudio Vázquez, en lugar de Cabral. Sucedió en la noche del mismo jueves en que lo desplazaron a Cabral. Ayer resolvieron que otros dos jueces subrogantes, Norberto Frontini y Roberto Boico, tomarán juramento hoy como jueces de esa sala. Frontini y Boico fueron designados también por el Consejo de la Magistratura, por la mayoría kirchnerista, en el cuestionado plenario del jueves pasado.
El plenario de Casación dispuso también que la nueva conformación de esa sala "abordará la organización de las causas en trámite". No dijo nada del expediente sobre el tratado con Irán, pero esa causa quedaría en manos absolutamente cristinistas si fuera la nueva conformación de la Sala I de Casación la que debiera tomar el caso.
El oficialismo divulgó que Vázquez tiene más legitimidad que Cabral, porque aquél cuenta con el acuerdo del Senado (con el de la mayoría cristinista, vale aclarar). La primera legitimidad de un juez consiste en su condición de juez; esto es, que haya pasado por los concursos, las propuestas y los acuerdos necesarios para ser juez. Cabral es juez titular de un tribunal oral y juez subrogante en Casación. Pasó por todos los mecanismos establecidos para ser designado juez.
Vázquez, en cambio, es sólo abogado; no viene designado como juez en ninguna parte. Su "legitimidad" se respalda sólo en una mayoría circunstancial del cristinismo en el Senado, no en su capacidad para ser juez. Un remedo de los "jueces del pueblo" del chavismo venezolano. Vázquez se presentó al concurso 281 del Consejo de la Magistratura para cubrir los cargos vacantes en la Cámara de Casación. Quedó en el orden 45 de los 47 que se presentaron. Sólo sacó 30 puntos en el examen (que es lo que importa), cuando el mínimo para avanzar son 50. Luego le agregaron por "antecedentes" 46 puntos más. Vázquez concurrió a su nuevo despacho el sábado pasado y ordenó que nadie entrara ni retirara ningún elemento de esa vocalía de Casación sin orden suya. El lunes, los empleados no pudieron ingresar a sus lugares de trabajo.
El mismo día en que otro tribunal quedó integrado en la Cámara de Casación (nombrado totalmente por el cristinismo), un fiscal general caía en Tucumán. Se trata de Gustavo Gómez, fiscal ante la Cámara Federal Penal de esa provincia, que tiene en su poder la causa contra Milani por la desaparición (asesinato) del soldado Alberto Ledo. El fiscal de primera instancia, Carlos Brito, había pedido la declaración indagatoria de Milani (antesala de un procesamiento) en esa investigación. El juez federal Daniel Bejas se la rechazó porque dijo no contar con pruebas suficientes todavía. Brito apeló ante la Cámara Federal y el fiscal general, Gómez, respaldó esa apelación. Gómez se manifestó preocupado en los últimos días porque entreveía que la conformación de la Cámara podía cambiar con conjueces (o jueces subrogantes), al estilo de lo que hicieron con Cabral en la Capital.
La Cámara lo separó ayer del caso Milani porque, señaló, Gómez perdió "imparcialidad". Es el primer caso en que un fiscal es apartado por sus declaraciones públicas. Son los jueces los que están impedidos de hacer declaraciones previas a sus sentencias, porque, en efecto, podrían mostrar parcialidad en el trámite de una causa. Los fiscales tienen la obligación de acusar y su opinión no es vinculable con la decisión final de los jueces. La diferencia radica en que los fiscales no condenan. Son los jueces los que dictan sentencias y, por lo tanto, deben ser imparciales, tanto en el contenido como en las apariencias.
El poder de los fiscales está, en cambio, en impulsar las investigaciones o en dejarlas morir. Gómez cayó porque no quiso dejar morir la causa contra Milani. Cabral cayó porque había escrito un voto que cuestionaba constitucionalmente el tratado con Irán, que compromete personalmente a la Presidenta y a su canciller. Los minigolpes de Estado están en marcha.

miércoles, 24 de junio de 2015

El objetivo es tirar por la borda el lastre electoral

Aluien le ordenó al teniente general César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milanique se fuera. Fue tan sorpresivo como un rayo en cielo despejado. Ni él quería irse (nunca fue de ambiciones cortas) ni el retiro figuraba entre sus conveniencias (sobre todo, judiciales). La orden sólo pudo surgir del principal despacho de la Casa de Gobierno: el que ocupará hasta diciembre Cristina Kirchner. Quizá la explicación pueda resumirse en el objetivo de la Presidenta de tirar por la borda lastre electoral. Amado Boudou (otro que, como Milani, está comprometido ante los jueces) tampoco figuró en ninguna oferta electoral del oficialismo.


Por Joaquín Morales Solá | LA NACION

Hay, sin embargo, que buscar otras razones para esa guillotina inesperada. Dueño de la ambición política más grande que haya tenido un militar desde la restauración democrática, Milani no pensaba regresar a casa el 10 de diciembre. Había tejido lazos fuertes con Daniel Scioli, a quien le hacía conocer gran parte de los secretos de la política que atesoraba. A su lado, se aseguraba desde hace varias semanas que Milani continuaría en el cargo en un eventual gobierno de Scioli o, en el peor de los casos, sería jefe del Estado Mayor Conjunto, el cargo más alto de la estructura militar (aunque no el más poderoso).
Tampoco tenía problemas con Carlos Zannini, con quien llegó a tal grado de confianza que les permitía el tuteo. Era con Zannini con quien despachaba cotidianamente los asuntos del Ejército y, sobre todo, los que no son del Ejército: el espionaje interno.
Con Cristina se veía sólo de vez en cuando, porque sabía que a ella le llegaban los mensajes que le enviaba con su más confiable colaborador. Había logrado simpatizar con los principales dirigentes de La Cámpora (a quienes les prestó instalaciones del Ejército para hacer campaña electoral) y con las inadmisibles organizaciones de derechos humanos filokirchneristas.
A pesar de tanta movilidad política, Milani nunca se olvidó del Ejército. Había ganado la interna entre profesionales y políticos dentro de su fuerza. Es decir, triunfó en el generalato la decisión de volcar al Ejército hacia una fracción política (o, al menos, eso es lo que dicen algunos generales). Como un caudillo político, Milani solía recorrer los cuarteles para reunirse personalmente con oficiales y suboficiales. Los recibía de a uno por vez. Sólo diez o quince minutos. Suficiente tiempo para saber qué necesidades tenían o qué aspiraciones los empujaban. Tomaba notas en un cuaderno cualquiera mientras escuchaba. Resolvía la mayoría de los problemas. Así se fue ganando la simpatía de sus subordinados, aun cuando éstos empezaron discrepando con su compromiso político con el cristinismo.
El único costado de su confusa personalidad pública que no pudo resolver nunca fue el judicial. Perseguido por los jueces en Tucumán y La Rioja en causas por violaciones de los derechos humanos en la década del 70, también carga con una investigación judicial por enriquecimiento ilícito. Propietario de una casa que cuesta medio millón de dólares en el elegante barrio de La Horqueta, nunca pudo explicar cómo juntó el dinero para pagar semejante residencia. No viene de una familia con fortuna y su esposa no trabaja.
Sin embargo, el golpe más duro lo recibió con una reciente resolución del juez federal de Tucumán, Daniel Bejas, quien dio por auténtica el acta de deserción del soldado Alberto Ledo. Ledo desapareció en Tucumán en una noche de 1976 y nunca más se lo volvió a ver. Es un desaparecido. Estaba bajo el mando del entonces subteniente Milani en una época en que los soldados sospechados de simpatías con grupos extremistas eran asesinados de esa manera. El pretexto era la deserción. El acta de deserción de Ledo fue firmada por Milani. El ahora ex jefe del Ejército cuestionó ante el juez Bejas la autenticidad del acta (porque no era la original, sino una copia), pero el magistrado la declaró auténtica. La causa se complicó dramáticamente para Milani, que además sobrelleva otra investigación, ésta por torturas agravadas a Ramón Alfredo Olivera y su padre, en La Rioja.
El general político, que gastó tiempo y energías en conquistar el corazón del cristinismo primero y al sucesor consentido después, no es un hombre predispuesto a renunciar. Sobre todo cuando él había logrado elaborar un sofisticado sistema de espionaje interno para reemplazar a la ex SIDE. Eso sucedió cuando Cristina Kirchner empezó a desconfiar del jefe real del servicio de inteligencia oficial, Antonio Stiuso, mucho antes de que éste cayera definitivamente en desgracia, a fines del año pasado.
La desconfianza comenzó poco después de enero de 2013, cuando la Presidenta firmó el tratado con Irán para esclarecer el atentado contra la AMIA. Stiuso y sus espías saltaron hacia una posición duramente crítica de ese acuerdo, porque ellos fueron los principales arquitectos de la teoría de que el autor intelectual y financiero del atentado fue el gobierno de Irán. La ruptura total con Stiuso vendría mucho después, tras la extraña muerte del fiscal Alberto Nisman.
Mientras tanto, Milani, un oficial de inteligencia, preparó al espionaje del Ejército para servir en esos menesteres al poder político. Recibió importantísimos aportes del presupuesto nacional para la compra de sofisticados mecanismos tecnológicos de escuchas telefónicas, entre otras cosas tan oscuras como aquéllas. Es raro que la política argentina (con la excepción de Elisa Carrió) haya dejado pasar como si nada una decisión, el espionaje interno del Ejército, que viola dos leyes de la democracia argentina, la de defensa nacional y la de inteligencia. Ni Cristina ni Milani se preocuparon siquiera de desmentir las versiones que le atribuían al jefe del Ejército un enorme poder en la inteligencia interna.
Scioli se quedó sin un interlocutor privilegiado que le contaba los secretos de la cima del poder y de la política en general. ¿También es eso lo que buscó Cristina? ¿O eligió hacerles saber a Milani y al resto de los funcionarios que la lealtad con ella deberá ser absoluta hasta la misma mañana del 10 de diciembre? La salida de Milani le permite a la Presidenta, además, la oportunidad de nombrar a un nuevo jefe del Ejército y condicionar al próximo presidente, sobre todo si éste fuera Scioli. Sería difícil para Scioli relevar a un jefe militar con apenas cinco meses en el cargo. Las razones de la jefa, no importa cuáles hayan sido, han dejado al ex jefe a la intemperie: ningún juez se preocupa por la suerte de alguien que ya no está en el poder. A Milani lo aguarda un largo y repetido paseo por los pasillos de los tribunales.
Sea como sea, el cristinismo, unificado ya con el peronismo, podrá enfrentar las elecciones de agosto y de octubre sin el peso inexplicable de un general que espiaba a los argentinos. Y que debe responder ante los jueces por sus bienes y por su pasado, que lleva la carga de la tortura y la muerte.

domingo, 14 de junio de 2015

Los últimos días del gran poder de Cristina Kirchner

Los próximos seis días serán, tal vez, los últimos de Cristina Kirchner con un poder pocas veces visto. Dueña y señora de las candidaturas más importantes del país, luego de la inscripción de los candidatos (que deberá hacerse antes de las 24 del próximo sábado), la escritura de la historia tomará distancia de ella. Le guste o no, la política y el periodismo estarán luego más pendientes de los candidatos que de la Presidenta que se va. Sin embargo, en estos días estará en condiciones de encumbrar o de torcer muchos destinos. Después, la crónica pasará por una competencia que no la tendrá a ella en el primer plano al menos. El próximo domingo comenzará el final para un proceso político que gobernó, a través de una diarquía, durante doce años.


Habría que remontarse al primer Perón, al final de la década del 40 y principios de la del 50, para encontrar un nivel parecido de obsecuencia política al que sucedió en los últimos días. Resultó conmovedor escuchar a Daniel Scioli y a Florencio Randazzo, por ejemplo, elogiar las condiciones políticas de Máximo Kirchner. El hijo presidencial dijo un solo discurso en su vida y sólo se dedicó a la política luego de que murió su padre. Nadie lo conoce más allá de algunos encuentros provocados por la casualidad. Nadie sabe, en verdad, quién es y qué quiere Máximo Kirchner. Todos suponen, en cambio, que de esa manera no se equivocarán con Cristina.
El aspecto más conmovedor de esa sumisión explícita es que ninguno, ni Scioli ni Randazzo, sabe qué hará Cristina. Sólo saben que agradar (o no despertar su furia) es la única receta posible en tiempos de incertidumbre. El método de selección de candidatos impuesto por la Presidenta significa un memorable retroceso de las formas democráticas. La sintonía de la Presidenta con Putin o con el chavismo es mucho más que una opción geopolítica; es la elección de un sistema político que descansa absolutamente en el humor de un líder tan mesiánico como arbitrario. Ya lo puso en práctica en 2011, cuando anunció la nominación de Amado Boudou en la cara de los que se sentían con más méritos que el luego dos veces procesado vicepresidente.
¿Cuántos candidatos habrá a presidentes por el oficialismo en las elecciones primarias? ¿Cuántos candidatos a gobernador kirchneristas tendrá la provincia de Buenos Aires? ¿Quiénes serán los candidatos a vicepresidente y a vicegobernador? ¿Estará ella en alguna lista como candidata a legisladora? Cristina juega con el misterio como una consumada discípula de Agatha Christie. La primera decisión que deberá tomar es si su partido tendrá dos candidatos a presidentes, como los tiene ahora, o si tendrá sólo uno. Esa decisión depende de otra: ¿será ella candidata a diputada nacional por Buenos Aires?
Si lo fuera, le convendrá conservar las candidaturas de Scioli y de Randazzo. Ella sería la primera candidata a diputada en ambas listas. Se convertiría, tras las elecciones, en la candidata más votada del país. Si no lo fuera, es posible que termine bajando a Randazzo de la precandidatura. Quedaría evidente, en tal caso, que ella habrá hecho un candidato a presidente y a vicepresidente y que el próximo gobierno podría ser, eventualmente, conducido por quienes ella eligió. Randazzo les está rezando a todos los santos para no caer víctima de esta segunda alternativa. Por eso, habla bien de Máximo Kirchner si hay que hablar bien de él. No hay precio caro para sobrevivir.
La segunda decisión que deberá tomar es la elección del vicepresidente para los dos candidatos o para uno, si quedara sólo uno. El rumor más recurrente indica que la nominación podría caer en el gobernador de Entre Ríos, Sergio Urribarri, o en el secretario general de la Presidencia, Eduardo "Wado" De Pedro, un dirigente de La Cámpora que se caracteriza, al revés de casi todos sus compañeros de organización, porque carece de arrogancia. Con todo, Cristina, que tiene una singular pericia para equivocarse con los candidatos, podría optar por su hijo o por el ministro de Economía, Axel Kicillof. Cualquiera de los dos espantaría a muchos votantes. Scioli teme que la moneda caiga del peor lado.
La tercera decisión de la Presidenta consiste en establecer si habrá un solo candidato a gobernador en Buenos Aires, si seguirán los tres que están en carrera o si agregará uno que no está ahora. Un encuesta que llegó a Olivos estableció que Aníbal Fernández le ganaría la interna a Julián Domínguez y al intendente de La Matanza, Fernando Espinoza. Todos ellos aseguran que ninguna circunstancia los bajará de sus candidaturas, salvo una decisión de "la conducción". Esto es: de Cristina, que es la única circunstancia que vale.
Algunos que dicen interpretarla señalan que el mejor papel que ella podría hacer, incluso como la última exhibición de un poder bíblico, es nombrar un solo candidato a presidente, designar a su vicepresidente y seleccionar a un solo candidato a gobernador bonaerense. Sería un escenario apabullante, es cierto, pero sólo si ella renunciara a cualquier candidatura. Ésta es, al fin y al cabo, la primera y más crucial decisión que deberá enfrentar en horas inminentes. Y esas cosas no las conversa ni con Scioli, ni con Randazzo, ni con Aníbal Fernández. Será, en el más amplio y generoso de los casos, una decisión familiar.
El penoso papel de los intendentes del conurbano ha destruido un mito. Pasaron del oficialismo a la oposición de Sergio Massa, se quedaron con éste cuando él planeaba un acuerdo con Mauricio Macri y ahora han vuelto al kirchnerismo. Pasaron, en síntesis, de la bigamia consentida a la pornografía política. Los que se decían hacedores de presidentes terminaron confesando, con los actos más que con las palabras, que los candidatos presidenciales los hacen intendentes a ellos. Tenía razón el acuerdo de Macri, Carrió y el radicalismo cuando desistió de un pacto con el massismo. ¿Qué grado de confusión entre oficialismo y oposición hubiera causado semejante ensamble con políticos tan aturdidos?
La última excusa que expusieron los ex intendentes massistas que regresaron presurosos al oficialismo es que Massa se predispone a bajar su candidatura para ensayar pequeños acuerdos bonaerenses con Macri. Y Macri -cómo no? es el límite de ellos. Límite que no existía hasta hace poco y que no existió en 2013. Massa ha desmentido categóricamente esa aseveración. Resulta difícil imaginarlo a Massa desistiendo de una candidatura que acaba de ratificar plenamente, salvo que esté dispuesto a incinerar su carrera política.
Massa también arriesga pretextos fácilmente rebatibles. Denunció que él es una víctima, porque los sectores económicos poderosos del país buscan la polarización entre Scioli y Macri. Fue al revés: el "círculo rojo" empujó un acuerdo entre Macri y Massa para batir al kirchnerismo, que Macri rechazó. El problema de fondo de Massa es que no supo trasladar al espacio electoral sus buenas contribuciones a la política, como haber frenado la reelección de Cristina en 2013. Sus problemas están dentro de casa, no fuera de ella.
Massa también está pendiente, como lo está Macri, de las decisiones de Cristina. No porque ellos dependan de esas decisiones, sino porque éstas influirán en la campaña electoral. Son las últimas grandes determinaciones que quedarán en las exclusivas manos de la Presidenta. Más tarde, la propia dinámica del proceso electoral la irá convirtiendo en pasado más que en presente. Y como cualquier futuro, también el futuro de ella es un espacio brumoso y vacilante.

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