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martes, 17 de septiembre de 2013

Apuntes sobre la descomposición del kirchnerismo

El kirchnerismo es una de las muchas versiones de peronismo. No deja de resultar llamativo la extensión del paraguas llamado peronismo: desde Carlos Menem a Néstor Kirchner. Es más: muchos peronistas votaron con igual convencimiento a uno como a otro. Por ejemplo, Daniel Scioli, Alejandro Granados, Sergio Massa, Felipe Solá, Martín Insaurralde, Graciela Camaño... Así como un día el menemismo se descascaró y más tarde se desintegró, el kirchnerismo vive similar proceso con más intensidad. Enton ces, el autor desliza: "Ya no hay motivos para temerle a Cristina. Ya está claro que se va. Ya no tendrá poder de fuego contra los intendentes, gobernadores y punteros políticos. Cristina, para todos ellos, es el pasado. Hay que buscar, y acertar, quién será el próximo bendecido para ejercer el poder en nombre del peronismo. Hay que identificarlo, piensan. Y luego rodearlo...".


"Como en la canción de Serrat, al salir el sol cada uno vuelve a su lugar: unas al rosal, otras al portal; los pobres a la pobreza, los ricos a su riqueza. Mientras duró la fiesta, todos habían olvidado que cada uno es cada cual. Exactamente eso es lo que parece decirle el intendente de Ituzaingó a Martín Sabbatella cuando le recuerda su pertenencia al Partido Comunista."
por GONZALO NEIDAL
 
CIUDAD DE CÓRDOBA (Diario Alfil). El kirchnerismo es una versión particular del peronismo. También el menemismo lo fue. Menem sumó al peronismo a una franja de la clase media y media alta que abominaba del estatismo, las empresas públicas, las regulaciones y otros desbordes del estado. Menem puso orden en la economía, recuperó el presupuesto, detuvo la inflación, recompuso la relación con los Estados Unidos y generó un horizonte de previsibilidad económica. Con la estabilidad regresó el crédito y, en consecuencia, la ampliación del consumo. Podría decirse que Menem ensanchó el peronismo “hacia la derecha”.
 
El kirchnerismo, en cambio, lo extendió “hacia la izquierda”. De su mano reverdeció el anti militarismo y el acento en una particular visión de los derechos humanos y una singular interpretación de los enfrentamientos entre los guerrilleros y las Fuerzas Armadas argentinas durante los setenta. El kirchnerismo conquistó a una amplia franja del progresismo y la izquierda argentina, tradicionalmente antiperonista. La izquierda y el progresismo enfrentaron a Perón, a Isabel y a Menem, los gobiernos peronistas anteriores a Menem. Pero cayeron rendidos a los pies de Néstor y Cristina Kirchner seducidos por la reapertura de los juicios a los militares y la vindicación de la guerrilla. Pero además por la postura anticlerical del gobierno y el avance de los derechos de las minorías, el discurso redentorista y crítico a los Estados Unidos y a los organismos internacionales de crédito.
 
Crecimiento sin límites
 
El peronismo histórico y clásico (dirigentes sindicales, barones del conurbano bonaerense, militantes territoriales) se alinearon detrás de los Kirchner. La amalgama que sostuvo unido al peronismo tradicional y la clase media izquierdista fue el extraordinario aumento de los recursos del país y del estado, debido al aumento de los precios internacionales de nuestras exportaciones tradicionales. Este hecho hizo crear la ficción de un crecimiento sin límites al adjudicar al modelo en vigencia supuestos logros que correspondían, en lo sustancial, a condiciones especiales del mercado mundial.
 
El propio gobierno pareció convencido de la verdad de su fantasía y se sintió relevado de cumplir con las leyes más duras (y más ominosas) de la economía: las que se refieren al límite del gasto público, del déficit fiscal, de la emisión monetaria y el control de la inflación.
 
Pero para el gobierno resultaba poco grato renunciar a la expansión del gasto público. Ese gasto, bajo la forma de subsidios, obras y dádivas de diverso orden, era lo que permitía demostrar el éxito de la política vigente pues de algún modo contribuía a crear un clima de prosperidad sobre la base del consumo y de la depredación de los recursos naturales, como en el caso del petróleo y el gas.
 
La presión fiscal y la emisión monetaria fueron los dos caminos que se eligieron para evitar la reducción del gasto público. Al aumentar la presión tributaria, tuvo que pelearse con una franja de los sindicatos pues la necesidad de recursos llevó al gobierno a tomar una parte del salario de los trabajadores más calificados, inflados artificialmente por la inflación.
 
La inflación comenzó a propagar el malestar por el resto de la economía, incluida la clase media. Los recursos ya no fluyen como en los primeros años y los intendentes del conurbano y crecientemente los gobernadores no sienten que deban ser fieles a un gobierno que tiene su final a la vista.
 
Cristina tiene su propio “círculo rojo”: el progresismo y la izquierda. El peronismo más clásico, ortodoxo y tradicional ha comenzado a abandonarla. El kirchnerismo era un injerto y sus componentes están recobrando su propia individualidad.
 
Fin de fiesta
 
Quizá un punto simbólico como ningún otro sea la decisión del candidato oficial Martín Insaurralde de poner en discusión la reducción de la imputabilidad penal de los menores. El kirchnerismo, se sabe, ha hecho bandera con temas como ese. Tiene un juez en la Corte que rechaza de plano el agravamiento de las penas y propugna la abolición del Código Penal. El progresismo tiene explicaciones sociológicas para abordar el tema. Pero el candidato kirchnerista debe recorrer las calles y recibir la ira de los ciudadanos abrumados por asaltos y crímenes.
 
En la misma dirección se ha movido Daniel Scioli con el nombramiento de Alejandro Granados al frente del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires. También las declaraciones de Hugo Curto y otros kirchneristas que sienten que la política de seguridad que les propone Scioli les resulta más afín.
 
Como en la canción de Serrat, al salir el sol cada uno vuelve a su lugar: unas al rosal, otras al portal; los pobres a la pobreza, los ricos a su riqueza. Mientras duró la fiesta, todos habían olvidado que cada uno es cada cual. Exactamente eso es lo que parece decirle el intendente de Ituzaingó a Martín Sabbatella cuando le recuerda su pertenencia al Partido Comunista.
 
La verdadera afinidad del progresismo K con los peronistas del conurbano puede verse cada día en Página/12, el vocero oficial del gobierno. El domingo pasado Horacio Verbitsky se desgañita cuestionando el nombramiento de Granados, a la vez que comenta una foto del intendente de Tres de Febrero Hugo Curto, (que posa con dos policías vistiendo él mismo un chaleco antibalas). El comentario de Verbitsky es revelador: echa mano al médico y criminólogo italiano Cesar Lombroso, cuyas teorías establecen un vínculo entre el aspecto físico de las personas y su condición de criminal.
 
Que se sepa, Curto tiene más votos que Verbitsky. De ello se extrae que si el kirchnerismo se desagrega en sus componentes, Cristina quedará rodeada por un progresismo fanático y combativo mientras la base peronista buscará otros horizontes.
 
Ya no hay motivos para temerle a Cristina. Ya está claro que se va. Ya no tendrá poder de fuego contra los intendentes, gobernadores y punteros políticos. Cristina, para todos ellos, es el pasado. Hay que buscar, y acertar, quién será el próximo bendecido para ejercer el poder en nombre del peronismo. Hay que identificarlo, piensan. Y luego rodearlo.
 
Con los Kirchner, la izquierda había logrado un sueño: participar de un gobierno que demostraba que el socialismo no estaba muerto, que recibía votos y apoyo popular. Mantenía a raya a los sindicalistas y hacía arrodillar a los poderosos dirigentes del conurbano.
 
Pero eso ha terminado. Entre los sucesores de Cristina es difícil pensar en alguien que pueda acoger al progresismo e incorporarlos a una nueva etapa del falansterio.
 
Si es que llega nuevamente esa ocasión.

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