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martes, 26 de agosto de 2014

¿Para qué sirvió la Constitución Nacional de 1994?

Han pasado 20 años, tiempo suficiente para intentar hacer un análisis de la pertinencia de aquellos cambios con una cierta perspectiva histórica, por así decirlo. Carlos Menem obtuvo aquella reelección de 1995. Raúl Alfonsín logró el 3er. senador por provincia, la elección del jefe de Gobierno del distrito federal, la creación de la Jefatura de Gabinete de Ministros, el Concejo de la Magistratura y algunas otras prebendas. Sin embargo, ¿ganaron algo los argentinos o se les prometió mucho con artículos nunca reglamentados de aquella Constitución Nacional? Aquí una interesante lectura:


La gran pregunta pendiente para Carlos Menem (vive) y Raúl Alfonsín (murió): ¿habremos acertado con permitir la posibilidad de dos períodos presidenciales consecutivos? ¿O era mejor el viejo sistema de seis años con veda de una reelección inmediata?
por GONZALO NEIDAL
 
CIUDAD DE CÓRDOBA (Diario Alfil). El pasado 22 de agosto se cumplieron ya veinte años de la reforma constitucional de 1994.
 
Las circunstancias históricas en que fue promovida desde el Poder Ejecutivo por aquellos años merecen ser recordadas.
 
Tras un incierto comienzo a mediados de 1989, el gobierno de Carlos Menem había logrado estabilizar al país con el audaz plan económico de Domingo Cavallo conocido como convertibilidad.
 
El país venía de dos hiperinflaciones escalofriantes y de largos, larguísimos años de alta inflación. Ningún gobierno había podido parar la sistemática y generalizada suba de precios. Ni siquiera los militares con su indudable poder para disciplinar la política y la economía.
 
Eso fue conseguido a partir del plan de convertibilidad, lanzado en marzo de 1991 cuya característica más recordada por todos fue el establecimiento de un tipo de cambio fijo para el dólar estadounidense en la cifra de 10.000 australes que, con el cambio de moneda de a comienzos de 1992 quedó en la más sencilla y atractiva fórmula de un peso, un dólar.
 
Parar la inflación fue uno de los grandes logros del gobierno de Carlos Menem: permitió que se recuperara el crédito interno, que la economía creciera, que los ingresos mejoraran. Rápidamente el plan logró el apoyo de amplios sectores de la población, en especial lo más postergados que eran también los más beneficiados por la lograda estabilidad en los precios.
 
Menem vio entonces la posibilidad de impulsar una reforma de la Constitución con el objetivo central de ser reelegido por un nuevo período. Parecía imposible lograrlo pues necesitaba el voto del radicalismo que era una minoría pero su apoyo era imprescindible para que el oficialismo obtuviera la mayoría calificada que establece la propia Constitución para ser modificada.
 
El apoyo popular era tan fuerte que el radicalismo no tuvo más remedio que aceptar el desafío. Alfonsín tomó el toro por las astas y negoció con Menem. Llegó así el acuerdo conocido como Pacto de Olivos y el parlamento aprobó la necesidad de reforma. Menem obtuvo nuevamente el apoyo electoral que necesitaba y la Constitución se modificó estableciendo períodos presidenciales de 4 años y aceptando la posibilidad de la reelección por un período. 
 
A cambio de eso, el radicalismo obtuvo la elección por voto popular del intendente de la Capital Federal, ahora llamado Jefe de Gobierno, la creación del cargo de Jefe de Gabinete y algunas modificaciones más.
 
Pero lo central fue la posibilidad de la reelección que luego permitió a Menem gobernar por un nuevo período, tras los comicios del 14 de mayo de 1995.
 
Pues bien: han pasado veinte años, suficientes para intentar hacer un análisis de la pertinencia de aquellos cambios con una cierta perspectiva histórica, por así decirlo.
 
El combate al presidencialismo
 
Lo del Jefe de Gabinete, que se pretendía comparar con los primeros ministros europeos, resultó un bluff. 
 
La idea era atenuar el presidencialismo, dotando al Poder Ejecutivo de un jefe político que complementara la acción presidencial y que, a la vez, pudiera absorber los golpes y críticas, sin afectar la investidura presidencial.
 
Una suerte de Primer Ministro que sirviera de fusible para el caso de alguna crisis política. Pues bien, la idea fracasó de un modo manifiesto: el Jefe de Gabinete se transformó en un ministro más, apenas jerarquizado.
 
La elección popular del Jefe de Gobierno de la Capital, era un acto de estricta justicia que venía a corregir la situación heredada de 1880, cuando Roca federalizó Buenos Aires e impuso la institución presidencial sobre la rebelión porteña que desconoció la legitimidad de su elección como presidente. Los tiempos cambiaron y ya era insostenible que el jefe de la capital fuera designado por el presidente de turno, sin decisión de los habitantes de la Capital.
 
Ahora bien… ¿habremos acertado con permitir la posibilidad de dos períodos presidenciales consecutivos? ¿O era mejor el viejo sistema de seis años con veda de una reelección inmediata?
 
Ya el intento reeleccionista había sido intentado por Perón con la reforma constitucional de 1949, luego borrada por un decreto de la Revolución Libertadora.
 
En 1994 parecía lógico y razonable que Menem pudiera aspirar a un nuevo período. El éxito económico alcanzado era notable y manifiesto.
 
Había consenso popular para que pudiera aspirar a un nuevo período presidencial. Esto fue claro al momento de la elección de constituyente y de la elección presidencial.
 
Pero con el paso de los años, la pertinencia de esta reforma quizá haya sido puesta en duda por la realidad política nacional. Sabemos que la veda reeleccionista instituida por los constitucionalistas de 1853 tuvo mucho que ver con la circunstancia histórica de Rosas, con sus dos décadas de permanencia en el poder y el control de la aduana. Su gobierno dictatorial impulsó la idea de la prohibición de permanencia en el poder. 
 
También sabemos que en grandes democracias, como la de los EEUU, la reelección no ha sido un impedimento para su desenvolvimiento económico y político.
 
Pero en Argentina no es claro que el instalado con la nueva Constitución de 1994 sea el sistema que más nos convenga.
 
La inmadurez de nuestra clase política hace que durante el primer período el gobierno, el presidente elegido comience a trabajar para lograr un segundo mandato. Y esto siempre significa gastos excesivos que terminan complicando la economía y perjudicando a aquellos a quienes se tuvo intención de favorecer. No es el bien de la Patria lo que parece mover a los políticos argentinos sino su continuidad en el poder, un objetivo ciertamente más modesto pero sumamente dilapidador de recursos que claramente conspira contra la elaboración de políticas de estado y objetivos de largo plazo.
 
Ya el propio Carlos Menem, que tenía prohibido por el texto constitucional un tercer mandato, lo intentó y, además, consiguió un juez que violentara la clarísima letra de la reforma de 1994 sobre ese punto.
 
Antes que él, fue Eduardo Angeloz quien consiguió que el Superior Tribunal de Córdoba le convalidara un tercer mandato que ya sabemos cómo terminó.
 
Los años de Néstor y Cristina Kirchner sirvieron para reforzar el centralismo y debilitar hasta extremos insospechados la esencia federal de la Constitución Nacional, lo que ha significado un reforzamiento del presidencialismo y un menoscabo de la situación de las provincias en la distribución del poder nacional. Algo no anda bien en una Constitución que hace posible el apriete del poder central sobre las finanzas de muchas provincias que no lograrían sobrevivir ni un par de meses sin la asistencia del dinero nacional.
 
Podrá decirse que se trata de vicios de implementación y no de la pura letra constitucional. Pero es claro que tenemos una Constitución que no defiende a las provincias ni pone límites eficaces al poder central, que incluso se da el gusto de desobedecer fallos de la Corte Suprema y de tratar a los gobernadores de los estados provinciales como a lacayos.
 
De todos modos, debemos ser conscientes que incluso si existiera un texto constitucional más duro, siempre encontraremos la forma de hacer lo que se nos dé la gana, siempre hallaremos la vuelta para seguir siendo nosotros mismos, los peores del grado.

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