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domingo, 4 de agosto de 2013

Los monaguillos de Cristina y la nostalgia nac & pop

Novedad del Frente para la Victoria: el marketing del Papa, al que cuando era cardenal aborrecían. Los nac & pop dan lástima y tendrán que buscarse rápido otro discursito porque esa idea de que ellos son católicos apostólicos romanos desde siempre... apesta...


"El ejemplo más gráfico y contundente es el del papa Francisco al cual ellos acusaron de cómplice o entregador durante la dictadura, hasta que Cristina -que hasta entonces también pensaba lo mismo- santificó al Papa al decir que Francisco -que ya no era Bergoglio- está haciendo lo mismo que haría Néstor si viviera. O sea, lo puso a la altura de Él. Y por si no fuera suficiente, ahora hasta usa al Papa de publicidad electoral. Ahora bien, una cosa es tragarse el sapo del Papa, pero otra mucho más dura es tragarse a Milani, que reúne en su persona tres características por cuyo repudio los progres “nac y pop” se sintieron siempre en superioridad ética: Milani no sólo está sospechado de violar derechos humanos sino también de enriquecimiento indemostrable y, además, de querer hacer participar a los Fuerzas Armadas en la política interna del país."

por CARLOS SALVADOR LA ROSA
 
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). Cuando se derrumbó el imperio soviético, el sociólogo argentino Atilio Borón -admirador de la revolución cubana- dijo que la caída de la URSS no implicaba la muerte del comunismo, porque Rusia no había sido nunca comunista sino una desviación; y que el comunismo de verdad aún no se había aplicado en ninguna parte del mundo. 
 
Cuando el menemismo inició su naufragio, los liberales -que en inmensa mayoría apoyaron al presidente riojano- dijeron que Menem no había aplicado en serio el liberalismo sino un engendro que se le parecía de palabra pero no de hecho.
 
Es harto probable que con el progresismo “nac y pop” que apoya al kirchnerismo, pase algo parecido cuando este gobierno entre en su ocaso, a ver qué pueden salvar del naufragio después de haberse pegado al poder. Igual que comunistas y liberales. 
 
En su oportunidad, nadie creyó a los comunistas que querían separar el ideal de su concreción. Ni a los liberales que quisieron hacer lo mismo. Tampoco nadie creerá a los progres cuando digan que el kirchnerismo terminó desviándose. Es que toda práctica siempre se desvía de la teoría original pero no necesariamente porque una traicione a la otra sino porque las cosas nunca salen igual a como se las piensa. 
 
Quienes dicen que unos usurpadores se apropiaron de sus banderas para traicionarlas, más que salvar sus banderas lo que quieren es salvarse ellos de la debacle. Quedar como que no entregaron las banderas que entregaron, por buenas o malas razones, lo mismo da.
 
Los progres contra el poder. El problema con el progresismo “nac y pop” que defiende contra viento y marea al actual gobierno, es que en su historia en democracia,  más que apostar al poder ellos apostaron -hasta que llegó el kirchnerismo- a ser los críticos de todo poder, como que fueran mejores que el resto. Sin embargo, cuando llegaron al poder fueron iguales o peores que los que criticaban. Peores porque se creyeron mejores.
 
Los progres “nac y pop” en los ‘80 apoyaron, con reservas, al radicalismo y un poco más a la renovación peronista. Pero no fueron parte de ella porque sostenían que los renovadores, aun con buenas ideas, tenían más tendencia a ser gerentes que políticos, administradores prolijos de lo estatuido en vez de sus transformadores. Y bastante razón tuvieron, porque la mayoría de los renovadores se entregaron al menemismo cuando éste se impuso. 
 
En los ‘90, los progres “nac y pop” además de ser muy duros con Menem, se fueron del peronismo y se la jugaron en los dos intentos de batir al menemismo: con José Bordón en 1995 y con los radicales en 1999, lo que resultó triunfante. Pero apenas se detectó un caso de corrupción cuyas aristas salpicaban hasta al presidente Fernando De la Rúa, su vicepresidente progre, Chacho Álvarez, renunció.
 
Con todos esos antecedentes, es bastante difícil entender por qué con el kirchnerismo -que cometió todos los pecados que cometieron sus antecesores, a veces extremándolos- esos críticos que siempre miraron desde arriba y con la nariz tapada a los que ejercían el poder, ahora se transformaron en soldaditos mansos y de pura obediencia debida, tragadores de sapos de marca mayor. Para entender cómo pasó esto, es preciso contar una historia. 
 
Los progres en el poder. Como ya explicamos en alguna anterior columna, José Pablo Feinmann (pensador progre “nac y pop” desde los años '70 hasta el presente) escribió el guión del film “Eva Perón” en 1996, cuando aún ni sabía quién era Kirchner. 
 
En esa película, Feinmann puso lo que él pensaba en boca del peronista de izquierda John William Cooke inventando un diálogo donde éste le decía a Evita que estaba bien cerrar o censurar diarios críticos al gobierno si se hacía en nombre de la revolución, pero que si no se hacía en serio la revolución, la censura a los medios devenía una actitud propia de las dictaduras.
 
Ni lerdo ni perezoso, Néstor Kirchner -que hasta llegar al gobierno jamás había sido progre- descubrió en pensamientos como los de Feinmann el talón de Aquiles de estos progres, con lo cual podría ponerlos a su servicio no necesariamente comprándolos como hizo con otros, sino tocando su vanidad, diciendo lo que ellos siempre dijeron.
 
Al principio no le fue tan fácil. En una memorable columna periodística, el mismo Feinmann dijo que le gustaban muchas medidas de Kirchner pero no toleraba que junto al Presidente convivieran tantos impresentables y sospechosos de corrupción. Al “flaco” le decía -amigablemente- que no se puede hacer una revolución con esas compañías. 
 
La primera respuesta de Néstor fue tan inteligente como tramposa, pero los progres la aceptaron, aunque con dudas. Les dijo más o menos así: “Muchachos. el menemismo quería el poder para tener plata,  mientras que nosotros queremos tener plata para tener poder. Por eso, aunque a veces parezca que hacemos lo mismo que Menem, no se equivoquen, porque estamos haciendo lo contrario. Nosotros, a diferencia de ellos, no queremos la plata por la plata misma sino para poder concretar la revolución”.
 
Con el pasar del tiempo ese argumento fue resultando insuficiente porque los corruptos K seguían copiando los métodos menemistas y ampliándolos, pero la revolución no llegaba. Hasta que con otra idea genial, Néstor dio a los progres la revolución que ellos querían, la cual resultó ser más modesta de la que todos suponíamos. Y, nobleza obliga, Kirchner fue el primero en darse cuenta de eso, de que podría obtener mucho con muy poco.
 
Así, apenas Cristina Fernández asumió la presidencia, Néstor declaró la guerra a varios enemigos imaginarios, de esos que les encantan a los intelectuales metidos en política, porque al ser imaginarios pueden depositar en tales enemigos todas sus teorías y prejuicios, que ahora verifican en la realidad. Néstor sabía muy bien contra qué enemigos les gustaba pelear a los progres. Así, el primero que les regaló fue el campo, etiquetándolo como la “oligarquía”. Luego les hizo un regalo aún mejor: el periodismo, diciéndoles que el nuevo golpismo no era militar sino mediático. 
 
Entonces, aunque los Jaime o los Lázaro Báez seguían haciendo o manejando incalculables fortunas y Boudou daba sus primeros pasitos por el mismo camino, Néstor avanzó en la colonización total de los progres “nac y pop” diciéndoles: “Muchachos, como decía Perón: ‘Cuando construimos una pared no nos fijamos de qué están hechos los ladrillos, sino que sólo vemos si la pared nos cubre y el techo nos abriga. No pensamos que en los ladrillos se utilizan materiales como el barro y el estiércol’”. 
 
Néstor explicaba a los que se creían moralmente superiores que no se trata de defender corruptos sino que, a veces, hay que elegir entre corrupción y destitución. Por lo que agregaba: “Los que nos acusan de ser o de cobijar corruptos no lo hacen para que mejoremos sino para que caigamos. Por eso, recién cuando acabemos con los destituyentes, nos ocuparemos de nuestros corruptos. Pero, por ahora, en plena guerra, necesitamos también a los embarrados que juegan en este bando”.
 
Así, los progres incorruptos callaron ante todo caso de corrupción porque Kirchner les vendió el buzón de que estaban en guerra. Cristina siguió y hasta profundizó el camino de su esposo, mitad porque pensaba igual que él y mitad porque ella siempre se sintió una progre, aunque rica y famosa.
 
Los progres en la encrucijada. Sin embargo, el colmo llegó cuando, con César Milani, ya no sólo pidieron a los progres “nac y pop” que acepten convivir con los embarrados con dinero, sino también a los sospechosos de estar embarrados con sangre. Justo a ellos, que bastaba una mínima sospecha para que acusaran a cualquier crítico del gobierno de haber participado o colaborado con la represión militar.
 
El ejemplo más gráfico y contundente es el del papa Francisco al cual ellos acusaron de cómplice o entregador durante la dictadura, hasta que Cristina -que hasta entonces también pensaba lo mismo- santificó al Papa al decir que Francisco -que ya no era Bergoglio- está haciendo lo mismo que haría Néstor si viviera. O sea, lo puso a la altura de Él. Y por si no fuera suficiente, ahora hasta usa al Papa de publicidad electoral. 
 
Ahora bien, una cosa es tragarse el sapo del Papa, pero otra mucho más dura es tragarse a Milani, que reúne en su persona tres características por cuyo repudio los progres “nac y pop” se sintieron siempre en superioridad ética: Milani no sólo está sospechado de violar derechos humanos sino también de enriquecimiento indemostrable y, además, de querer hacer participar a los Fuerzas Armadas en la política interna del país. 
 
Siendo esto último lo que los progres critican a EEUU cuando el imperio quiere que en América Latina los gobiernos usen a las Fuerzas Armadas para asuntos internos a través de la represión o el espionaje. Algo que en EEUU está prohibido, pero que igual proponen para su “patio trasero”. No obstante cuando los chavistas convocan a los militares para combatir la inseguridad interior (y también a los opositores) o cuando Cristina convoca a Milani por ser un militar especializado en espionaje interior, se quedan callados. Claro, una cosa es reprimir o espiar para el imperio y otra hacerlo para la revolución. 
 
No obstante, los progres “nac y pop” no son tontos y más de uno debe estar pensando en cómo salir de ésta. Muchos más, con nostalgia, deben acordarse de aquellos viejos tiempos en que ser progre era tan lindo y respetado, aunque no se tuviera el poder. Ese poder que ¿tienen ahora?

lunes, 20 de mayo de 2013

Corrupción se escribe con K

Si en el buscador de Google se escribe Corruptópolis, la búsqueda abundará en material (muchos videos) sobre Korruptópolis. O sea que ya se encuentra instalado en la memoria de la sociedad (la indexación de páginas web que realiza Google resulta precisamente eso), que corrupción se escribe con K. Cristina Fernández de Kirchner no hizo mucho por modificar esa percepción, más bien todo lo contrario, y sin duda le pesará muchísimo en un año electoral sin bonanza de la economía. El autor intentó darle contenido al modelo de expropiación de los ajeno a partir del uso del Estado.


"El modelo político argentino que se inició en 1983 pero que encontró un método anómalo pero estructural de funcionamiento a partir de los ‘90, parece encontrarse en una disyuntiva similar, cuando la corrupción que se fue agravando en las dos décadas, ahora coincide con una crisis económica en la que la ineficiencia y esa corrupción se hacen indistinguibles en tanto causantes del mal. Sin embargo, una diferencia significativa es que en Italia fueron los jueces coaligados con los medios y la opinión pública quienes iniciaron la revuelta que acabó con el sistema, mientras que en la Argentina es el Estado quien inició la guerra: primero, contra los medios; luego, contra la opinión pública; finalmente, contra los jueces que considera aliados de los otros dos actores. Es como que el cristinismo, consciente o inconscientemente, quisiera prevenir una situación similar a la que ocurrió en Italia, golpeando antes de que lo golpeen, en vez de atacar las causas de una posible reacción popular e institucional."

por CARLOS SALVADOR LA ROSA
 
CIUDAD DE MENDOZA (Los Andes). En la década de los '90 ejerció gran influencia intelectual en Europa el ensayista francés Alain Minc, quien analizó la crisis continental (previendo casi proféticamente, ya en esos años, el crac financiero de 2008), con especial referencia al caso italiano, el cual conocía de primera mano. 
 
Minc llegó a la conclusión de que la democracia italiana -en gran medida por la corrupción e ineficiencia que se había apoderado de sus dirigentes políticos- fue socavada en sus prácticas partidarias e institucionales por lo que dio en llamar una nueva “santísima trinidad”. 
 
La misma estaba compuesta por tres actores que, sin proponérselo, se unían para cuestionar la decadencia del sistema político. Ellos eran los jueces, los medios de comunicación y la opinión pública.
 
La confluencia de los tres fue construyendo un nueva configuración socio-política, que Alain Minc no defendía ni atacaba. Le atraía como hecho novedoso y como síntoma de la crisis, pero le preocupaba si ella pretendiera remplazar políticamente a los cuestionados, porque no la veía capaz de gobernar. Aún así, decía que su existencia era un hecho y que mal harían los políticos tradicionales en intentar atacarla. Lo que debían hacer era modificar drásticamente el sistema. 
 
O sea, no se trataba de que los políticos entregaran el gobierno a los jueces, a los medios y a la opinión pública, sino entender que la rebelión de esos actores indicaba la crisis terminal de un sistema inviable, por lo que había que contenerlos en otra estructura capaz de procesar sus reclamos, mediante mediaciones políticas menos corruptas, más populares y más capacitadas para la gestión. 
 
Lo que quería decir Minc es que sin una nueva política no volvería la vieja política, sino que surgiría la antipolítica.
 
A veinte años de ese lúcido análisis -generalizable en lo sustancial a otros países- los políticos argentinos están haciendo lo contrario de lo que Minc aconsejaba: salvar a como dé lugar a su clase política atacando a su propia “santísima trinidad”. En vez de renovar sus élites y alejarse de la corrupción y la ineficiencia, el Estado argentino decidió combatir a jueces, prensa y opinión pública, porque son testigos incómodos que les señalan sus inmensas fallas, y por eso hoy han devenido los tres grandes enemigos del poder político nacional.
 
Así, el escenario casi apocalíptico planteado por Minc en los ‘90 para Italia, se reproduce casi literalmente en la Argentina del siglo XXI, ilustrado por la colosal batalla entre una clase política atrapada por lazos crecientes de corrupción e incapacidad de gestión versus jueces, periodistas y una opinión pública movilizada en las calles contra el clima político reinante en los palacios del poder. 
 
Una guerra que el Gobierno desencadenó pero que ahora, aunque quiera, no puede detener. 
 
Guerra peligrosísima porque no se trata de una alternativa de gobierno versus otra, sino del conflicto entre una opción política en decadencia versus una resistencia civil, institucional y social que no busca remplazar al Gobierno sino que crece en indignación al no estar expresada políticamente por nadie, con lo que el riesgo de la antipolítica sigue latente.
 
El Gobierno nacional, que eligió insensatamente la opción de avanzar por todo cuando tenía la mayoría a su favor, ahora -mucho más golpeado- no puede dar marcha atrás porque enfrente de ir por todo ya no está el quedarse sin nada sino lisa y llanamente la cárcel o algo parecido para sus miembros más prominentes. Es que el modo estructural de corrupción que hizo funcionar al sistema hasta transformarlo en un gigante invertebrado, ya ha salido a la luz de un modo imposible de tapar.
 
Por eso -aunque pase por un momento de significativa debilidad- al no poder frenar el combate que él mismo inició, el cristinismo está forzando la máquina al extremo. Así, en los últimos días avanzó ferozmente para eliminar cualquier tipo de independencia de los jueces, para expropiar o intervenir a la prensa crítica y para blanquear a los principales responsables de la corrupción, a ver si los futuros combates que ya no podrá ganar en la opinión pública mediante el relato, los gana con Justicia adicta, prensa silenciada y blanqueo de ilícitos, que se parece más bien a un autoindulto.
 
Otra similitud impresionante entre el modelo político italiano que colapsó en los ‘90 del siglo XX y lo que ocurre en la Argentina de la segunda década del siglo XXI, es que el sistema no es puesto en cuestión por la sola existencia de la corrupción (que ya venía de mucho antes) sino cuando se combina esa corrupción con la ineficiencia económica. 
 
Desde la posguerra hasta la década del '80, Italia armó una construcción pública frankensteiniana pero donde todos parecían estar más o menos conformes. La Democracia Cristiana con sus aliados detentaba el poder político nacional de modo permanente, pero la oposición comunista -con sus pocas provincias y muchos municipios- estaba contenta, aun sabiendo de su imposibilidad de ocupar el gobierno nacional, puesto que también participaba del festín. Los empresarios se enriquecían en connivencia con los políticos y la clase media -producto de dos grandes booms económicos- se dedicaba al consumo frenético en medio de una creciente libertad cultural.
 
Todos se sentían nuevos ricos y dilapidaban como tales, aunque las bases estructurales de tanto bienestar eran sumamente endebles. Hasta que llegó el día en que los empresarios, para poder integrarse a la comunidad europea, descubrieron que las gigantescas “coimas” con que retribuían a la clase política estaban deviniendo un colosal obstáculo para globalizarse y entonces, si bien no fueron ellos los que rompieron el pacto mafioso, éste les empezó a ser menos lucrativo. 
 
Fue ése el momento en que una camada de jueces valientes acompañados por una serie de investigaciones periodísticas acerca de la corrupción pública, comenzaron a castigar mediática y jurídicamente a la clase política. Pero a medida que avanzaban en las imputaciones, descubrieron que nadie quedaba fuera de sus acusaciones, con lo que al poco tiempo los juicios por corrupción individualizados se convirtieron en un juicio generalizado a todas las prácticas políticas. 
 
Descubrieron  una complicidad sistemática de la que casi ninguna figura pública quedó excluida, ni del oficialismo ni de la oposición, ni política ni empresarial. Allí se sumó decididamente la opinión pública con su indignación, por lo cual todo terminó en una brutal implosión de las estructuras del poder, sin que existiera ningún remplazo posible ante tamaña debacle dirigencial. Así, la evidencia visible de la corrupción  acompañada por el malestar provocado por la crisis económica, hizo saltar por los aires toda la construcción política italiana, luego de cuarenta años que parecían haberla consolidado definitivamente.
 
El modelo político argentino que se inició en 1983 pero que encontró un método anómalo pero estructural de funcionamiento a partir de los ‘90, parece encontrarse en una disyuntiva similar, cuando la corrupción que se fue agravando en las dos décadas, ahora coincide con una crisis económica en la que la ineficiencia y esa corrupción se hacen indistinguibles en tanto causantes del mal.
 
Sin embargo, una diferencia significativa es que en Italia fueron los jueces coaligados con los medios y la opinión pública quienes iniciaron la revuelta que acabó con el sistema, mientras que en la Argentina es el Estado quien inició la guerra: primero, contra los medios; luego, contra la opinión pública; finalmente, contra los jueces que considera aliados de los otros dos actores. 
 
Es como que el cristinismo, consciente o inconscientemente, quisiera prevenir una situación similar a la que ocurrió en Italia, golpeando antes de que lo golpeen, en vez de atacar las causas de una posible reacción popular e institucional. 
 
O sea, en Italia la “santísima trinidad” conformada por medios, opinión y jueces golpeó primero. Se unió en contra del Gobierno harto de sus felonías, pero sin que éste la desafiara previamente, mientras que en la Argentina el gobierno hace todo lo posible para pelearse con los tres actores, los cuales sólo tienden a unirse por las constantes provocaciones con que el gobierno los agrede día a día. 
 
Caso raro, rarísimo, el de un gobierno que, más que enfrentarse con agresores pre-existentes, no cesa de inventar sus propios enemigos, como que no pudiera existir sin ellos, como que no tuviera nada que mostrar salvo la pelea por la pelea. Hasta que los enemigos inventados se hartan y le responden. 
 
Caso raro, rarísimo el de un gobierno que, sin sufrir la división social entre dos mitades como ocurre, por ejemplo en Venezuela, se esfuerce por fabricarla. Se trata del mismo gobierno que aún habiendo sacado hace poco más de un año el 54% de los votos (incluyendo la simpatía o tolerancia de, por lo menos, la mitad de los que no lo votaron), se ocupó decidida e inexplicablemente por lograr la antipatía de amplios sectores de la opinión pública que le dieron su apoyo, a la vez que enerva a una Justicia que poco había hecho hasta ahora en contra suya, mientras prosigue una irracional lucha contra cualquier prensa que no sea oficialista o paraoficialista, caratulando a la menor crítica como enemiga fatal de la razón de Estado. 
 
Así, en Venezuela, la división social precedió al chavismo, el cual sólo la usó a su favor. Acá, en cambio, el gobierno hace esfuerzos denodados para gestar una división social que no existía antes de él. 
 
Del mismo modo, en Italia la “santísima trinidad” conformada por medios, opinión y jueces se unió en contra del gobierno sin que éste la provocara explícitamente, mientras que en la Argentina el gobierno hace todo lo posible para pelearse con los tres actores, los cuales sólo tienden a unirse por las constantes provocaciones con que los agreden. 
 
Sintetizando: en Venezuela o Italia los problemas estaban desde antes, mientras que en la Argentina se los inventó el gobierno cuando decidió que tener casi todo no le alcanzaba y que entonces había que ir por todo y aún más. Algo incomprensible, pero ahora también imparable en sus efectos.

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