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jueves, 21 de julio de 2016

Sarlo contra Macri: "Gobernar no es una prueba y un ensayo"

La intelectual y ensayista Beatriz Sarlo realizó unas duras declaraciones contra el presidente Mauricio Macri a quien comparó con Donald Trump, el candidato presidencial estadounidense del Partido Republicano. Los dos grandes reproches al mandatario: lostarifazos y los idas y vueltas en las decisiones del Ejecutivo. 


"Macri y Trump pertenecen a la misma tipología. Son empresarios con un capital que les permite iniciar una carrera política. Es un gobernante limitado políticamente, pero no es un estúpido", analizó la escritora en diálogo con Vuelo de Regreso. 
Sarlo siguió con la analogía: "No es un tonto. Es un burgués y los burgueses no tienen ideología, ni son tan cortantes. Un empresario no se hace problema". Además, calificó a ambos como "gerentes de empresas". 
Paralelamente, la ensayista cuestionó la forma de gobernar del gabinete macrista: "Veo al Gobierno carente de política. Lo que sucedió con las tarifas de gas es una muestra. El Gobierno reconoció las cosas después. Gobernar no es una prueba y un ensayo. Se puede fracasar, pero no se puede justificar ese fracaso con que probamos y no sale".
En el foco puesto en las tarifas, apuntó contra el ministro de Energía, Juan José Aranguren: "La presentación que hizo de la medida fue una elección de antipolítica. La política tiene giros, modales, y otras cosas que se aprenden. Aranguren carece de formación política. Si lo hubiera hecho en Shell, sus jefes tendrían una mala opinión de él. Se hizo a la bartola y eso es brutal", sentenció.
Asimismo, criticó la rápida implementación de la actualización del cuadro tarifario sin un análisis profundo previo: "Hacía falta uno o dos meses de estudio para que se pusiera una escala de aumentos. Con eso hubiera sido suficiente. ¿Dónde estuvieron los que gobernaron la ciudad durante 8 años? ¿En Saturno?".

viernes, 11 de marzo de 2016

Invertir para ser felices

Estamos autorizados para hablar del discurso de Macri, porque el Presidente (que con tanto acierto distribuye los recursos humanos de su equipo) tiene un grupo que lo asesora en oratoria.


 Por Beatriz Sarlo 

Macri expone como pocos el concepto de la política como gerenciamiento. Está convencido de que hay soluciones puramente técnicas para los problemas que la política tradicional describió como sociales, económicos o culturales. El gerenciamiento implica una creencia a la que todavía le falta su demostración: que la razón “técnica” puede dominar conflictos y tensiones sociales en una escena donde las pérdidas y las ganancias deben esperar, con paciencia, que medidas ideológicamente neutras (si tal cosa existiera) produzcan los resultados que prometen a mediano o largo plazo.
La técnica en el puesto de mando excluiría preguntas indiscretas del tipo: ¿a quién conviene esto?, ¿a quién perjudica? Esas preguntas son respondidas por default, ya que los intereses subsisten tan poderosamente como en los viejos tiempos modernos.
El gerenciamiento inspira dos tipos de discurso. Por un lado, el tecnocrático, que es demasiado aburrido para ser el primer gran discurso de un presidente. Por el otro, el de los objetivos vagos y no cuantificables (la felicidad, por ejemplo, o la no explicada “pobreza cero”). En esta pinza, Macri introdujo (y lo hizo muy bien) el tema de la corrupción del gobierno que lo precedió. Pero necesitaba, además de estas denuncias esperadas, darles un poco más de contenido al presente y el futuro. Y, para eso, hay que armar una secuencia: somos esto, nuestros valores son tales, nuestro futuro va en tal dirección. Incluso: tuvimos un pasado del que somos herederos (si no se lo tiene, mala suerte). No es viable reducir todo tiempo pasado al kirchnerismo.
Cristina Kirchner creyó en la potencia del relato. ¿Qué es un relato? Un encadenamiento de hechos (reales o ficticios, verdaderos o imaginarios) dentro de una cadena que puede ser débil o fuertemente causal. Incluso esos hechos pueden actuar sobre hechos anteriores: cuando Kirchner hizo una alianza con Madres y Abuelas, esa alianza desbordó hacia atrás y coloreó imaginariamente su pasado durante la dictadura (cuando, como es sabido, no se preocupó por recibir a esas organizaciones).
El relato no es necesariamente un discurso sobre la verdad. Pero el kirchnerismo hacía política caliente. Y la política caliente necesita historias. Alfonsín, en los discursos de su campaña presidencial de 1983, presentaba un encadenado de nombres: Alem, Pellegrini, Yrigoyen, Larralde, Lebensohn, Perón, Evita. Cada uno de esos nombres podía disparar un relato y cada uno de ellos era parte de una gran tradición republicana o popular. Alfonsín se apoyaba en esa tradición para presentarse como el candidato que podía ganar las elecciones porque sintetizaba todas esas líneas ideológicas y políticas.
Herencia. A falta de tradición (los macristas quizá piensen que esto es una suerte), en su primer discurso ante el Congreso Macri hizo una remisión al pasado, indispensable porque no se había ocupado del tema durante su campaña: la corrupción en el gobierno que lo precedió. Pero habrá que tener mucha habilidad para hacer de la corrupción un gran relato.
Macri no tiene herencia simbólica. ¿La necesita? Si se llega a la conclusión de que no la necesitó hasta ahora, será necesario preguntarse las razones. Posiblemente Macri expresa la neopolítica del modo más perfecto que hemos conocido. Vayamos a su biografía. A diferencia de cualquiera de los dirigentes de la política “moderna”, Macri carece de antecedentes públicos hasta que deviene, en 1995, presidente de Boca. Es decir que su primera incursión en una organización que no fuera una empresa familiar le sucedió a los 36 años. No fue militante universitario ni social hasta llegar a Boca a una edad en la que los políticos suelen haber pasado por cargos representativos y ejecutivos ganados a través de su participación en las juventudes estudiantiles, barriales, religiosas, territoriales.
La forma en que Macri llegó a la política (después de escarceos con el menemismo) es posterior a 2001, año de una descomunal desintegración de la Argentina y donde el “que se vayan todos” marcó el ápice del desencanto ciudadano con quienes habían sido sus representantes. Macri es heredero de esa tempestad, no sólo de una fortuna familiar. Por otra parte, carece de otras herencias o tradiciones políticas. No hay palabras que lo liguen al pasado, aunque sólo fuera de modo emotivo; aunque sólo fuera para traicionarlas. Nunca tuvieron importancia en su vida. No es una acusación sino un dato.
Podría decirse: Macri es rico en todo, menos en símbolos. Puede vivirse perfectamente en un vacío simbólico. No voy a discutir sobre eso ahora. Lo que digo es que es una novedad. ¿Es eso la post política? Son sinceros algunos ministros cuando dicen que no les importan las posiciones políticas de quienes pueden ser nombrados como funcionarios del Estado. No les importan de verdad, porque para ellos la política no pasa por el espacio conflictivo de las ideas. Pasa por las “iniciativas”, los “proyectos” y la técnica. La fe tecnocrática es propia de la razón moderna. Pero conviene recordar que la ausencia de símbolos tampoco es una garantía de eficacia.
Nota al pie. Cito de La Nación del pasado viernes dos frases del Presidente que son casi una demostración:
1. “Las ideologías pueden ser distintas. Pero lo que no pueden ser distintas son las intenciones de trabajar y hacer para ver a la gente mejor, feliz y realizada”.
2. “Lo que le cambia la vida a la gente es la inversión, no el gasto”.
Se abren interesantes debates sobre la felicidad y sobre qué se considera gasto e inversión, dado que no hay acuerdos universales al respecto.

lunes, 29 de febrero de 2016

Lilita volvió a desafiar al Presidente

Esta semana, Elisa Carrió le pidió públicamente a Macri que lo saque a Jorge Todesca del Indec y la reponga a Graciela Bevacqua. Antes había hecho otras críticas. Conviene recordar que calificó a Angelici, el presidente de Boca, como “operador judicial” de Macri. Carrió fue una dirigente indispensable para romper el frente de centroizquierda, que incluía al socialismo de Santa Fe y a Stolbizer junto a la UCR. Fue indispensable, igual que Sanz, para abrir el camino de Macri a la presidencia. El servicio de Carrió al PRO fue grande, pero sus críticas actuales demuestran que no es una incondicional. Para Carrió hay vida después de Macri.


Por Beatriz Sarlo 

El Presidente no parece un hombre agradecido ni generoso. Lo primero que dijo después de que se armó Cambiemos es que su futuro gabinete no representaría esa alianza. No le dio a Sanz lo que Sanz creyó que le correspondía. Tanto que Sanz, otro albañil radical de Cambiemos, descubrió que extrañaba su lejana Mendoza y la vida en familia. En cuanto a Carrió, probablemente ella prefiere no deberle mucho a nadie y colocarse por encima del tráfico cotidiano para ser la fiscal de la república.
Lejos de tomar esto como una ironía, hay que recordar que las acusaciones de Carrió casi siempre demostraron tener bases sólidas. Eso sucedió con las que hizo durante años contra Aníbal Fernández, que quizás hoy puedan probarse ante la Justicia. Carrió siempre tuvo excelente información, aunque la usara como si manejara sólo unos datitos sueltos. O sea que su descripción de Angelici como lobista judicial de Macri no debería olvidarse. Sobre todo no debería ser olvidada por el lugar que el fútbol y Boca ocupan en el espíritu del Presidente.
Macri no ha invitado a Carrió a ninguna de las mesas donde se sentó su Comando de Imagen y Discurso (un problema suplementario es que Carrió no juega al fútbol). Imposible saber si alguna vez, desde que Macri es presidente, se reunieron a solas. Pero no es imposible tener la hipótesis de que el sin-corbatismo cool de Macri se opone a la beligerancia caliente de Carrió. Son temperamentos que no tienen rasgos de sensibilidad en común.
Hay algo que separa a Carrió de Macri. Las cuestiones no negociables son diferentes para cada uno de ellos. Las convicciones de Macri son sobre decisiones económicas. Es frío como una anguila. Le saca las retenciones a la minería y punto. Está convencido de que todas las consecuencias de esa resolución pesan menos que sus beneficios. Fuera de las decisiones económicas, Macri tiene un programa moral que muestra una indigencia de concepto: la felicidad de la gente.
Conversaba hace poco con mi amigo el economista Rubén Lo Vuolo sobre las mediciones de “felicidad”. Lo Vuolo me indicó algunos índices. Para quien le gusten las listas está el Informe Mundial de la Felicidad difundido por las Naciones Unidas, correspondiente a 2015. Los países más felices son: 1. Suiza; 2. Islandia; 3. Dinamarca; 4. Noruega; 5. Canadá; 6. Finlandia; 7. Holanda; 8. Suecia; 9. Nueva Zelanda; 10. Australia. Estos países, con diferentes sistemas políticos, tienen en común un fuerte estado de bienestar fundado en la mayor parte de ellos por gobiernos de centroizquierda, pero mantenido sin cambios dramáticos por gobiernos de centroderecha.
Si Macri quiere realmente que la gente sea feliz, que se ocupe de recaudar impuestos entre los que más tienen para financiar educación, salud y servicios de la misma calidad para pobres y ricos. Hay otras listas con otras metodologías que ordenan a  los países de manera diferente. Pero la de las Naciones Unidas da ese resultado, que es el menos sorprendente de todos.
Recalculando la herencia. Muchos partidarios del Gobierno le piden que denuncie la “pesada herencia”, llamada ahora “enorme trampa”; confían en que sus consejos sean incorporados al discurso que pronunciará Macri ante el Congreso el 1º de marzo.
Sin embargo, no sucedió que los funcionarios fueran mudos sobre la “herencia/trampa”.  Prat-Gay fue bestialmente claro y pronunció las palabras “basura” y “grasa”, a falta de mejores imágenes. El ministro de Energía describió una situación de catástrofe, casi parecía que describía una escena de posguerra. El sindicalismo docente difunde sus reclamos basados en la inflación pasada y futura, y ningún negociador del Gobierno los desmiente afirmando que la herencia no es tan pesada, sino que, a los tumbos y con inconsistencias, parecen darle la razón. Finalmente, muchos de los que votaron a Macri lo hicieron sabiendo que no era Flash Gordon (ni con música de Queen), y que recibía un país en problemas. De todos modos, si Macri sigue los consejos de una parte de su equipo, podría pronunciar un dramático “estado de la nación”.
Hay dos razones para no haberlo hecho todavía. La primera es que no lo hizo durante la campaña, porque su estado mayor lo juzgó contraproducente (algo así como la versión política de tirar pálidas en un casamiento). La segunda es que su campaña se basó en la idea de un candidato feliz y un futuro país feliz. Guarangadas como la de Prat-Gay estaban fuera de lugar.
¿Quién le escuchó nunca a Marcos Peña decir cosas desagradables? Corre el rumor de que es una lumbrera y, por lo tanto, debe hacerlo por decisión política. En cambio, una tropilla de antikirchneristas desalmados le está pidiendo al Presidente que se ponga el uniforme de combate y hable de la maldita herencia. Basta esperar hasta el 1º de marzo en el Congreso para ver si la herencia es más importante que la “unión y felicidad” de todos y todas.

jueves, 4 de febrero de 2016

Beatriz Sarlo: "Se está haciendo una limpieza descerebrada del Estado"

Varios académicos emitieron un documento sobre los despidos en el Ministerio de Cultura que dirige Pablo Avelluto . Entre los firmantes se encuentra la ensayista Beatriz Sarlo que dio su opinión sobre las medidas tomadas por el macrismo desde que asumió en el Gobierno.


En declaraciones a Radio Del Plata, Sarlo manifestó la necesidad de hacer un diagnóstico sobre los despidos en las diferentes dependencias estatales: "El kirchenrismo dejó en Cultura y en otros lugares del Estado un verdadero desastre en nombramientos, que hay que hay que examinar muy bien, no por razones políticas sino porque el Estado tiene que ser una maquina eficaz. El macrismo debería hacerlo en primer lugar, y aclarar en qué dependencias de cultura están esas personas que supuestamente no trabajan y cómo se pueden reorganizar esas dependencias".
Y luego remarcó: "Sabemos que se despidió a la gente, pero no sabemos el diagnóstico, es como una operación a ciegas".
Sarlo detalló cómo es el manifiesto presentado: "La segunda parte del documento impulsa una discusión sobre le Estado que incorpore a las organizaciones sindicales. Creo que hay que formular un nuevo contrato entre trabajadores estatales y el Estado. Tengo la impresión que muchas veces los sindicatos estatales tratan al Estado como a una personal capitalista o peor. El Estado, en Argentina, además de todopoderoso, es indefenso".
La escritora también se refirió al vínculo del Estado con los sindicatos "Se deben hacer buenos diagnósticos, que incluyan una posibilidad de un nuevo dialogo, de new dealcon el sindicalismo".

La sobrepoblación del Centro Cultural Kirchner

Sarlo recordó su visita al CCK, y la definió como una experiencia graciosa: "Vos entrabas y te asaltaban diez personas que te decían: ¿dónde va?, ¿necesita algo? ¿ya sabe donde están los baños?. Es una superabundancia que no he visto en ningún lugar de la tierra, de empleados de planta atendiendo al público".
La ensayista puntualizó en la llamativa cantidad de empleados del lugar: "En el Centro Kirchner tenías una cosa verdaderamente sorprendente, casi circense, con remeritas luminosas, como si los que fueran al CCK no hubiesen ido nunca a un museo" y se refirió a otros lugares del mundo en los que "no hay decenas de personas rodeando a los visitantes. Era muy evidente", indicó.
Sarlo criticó el proceso de despidos: "Hay que ver cómo se hace el proceso de reasignación. Yo estoy segura que hay lugares en el Estado donde se necesita gente. Evidentemente el kirchnerismo fue descerebrado desde ese punto, y ahora se está haciendo una limpieza, que también es descerebrada", subrayó.

Beatriz Sarlo y la gestión de Cambiemos: "A Macri le falta política"

Beatriz Sarlo opinó hoy sobre la gestión de Cambiemos, con críticas y elogios a distintos funcionarrios y consideró que al presidente Mauricio Macri "le falta política".


"Es muy impactante que las primeras medidas que uno escuchó o leyó sean medidas que beneficien a los sectores de la producción de la sociedad, los más altos", sostuvo la columnista del Diario PERFIL.
"Me parece que le falta política. Hay pocos ministros en el Gabinete que tienen una mentalidad política", agregó, en declaraciones al programa La vuelta de Zloto por Radio Del Plata.
La ensayista destacó las aptitudes políticas del ministro del Interior, Rogelio Frigerio, porque "frente al desastre de la transferencia que se le hizo a la Ciudad de Buenos Aires, se sentó con los gobernadores y paró la insubordinación que se venía después de esa transferencia millonaria".
"Podés estar de acuerdo o no con lo que hizo pero ves que tiene reflejos políticos, todavía no se los veo al jefe de Gabinete (Marcos Peña)", sentenció la escritora.
Sarlo opinó además: "El kirchnerismo dejó en Cultura y en otros lugares del Estado un verdadero desastre de nombramientos que hay que analizar muy bien".
Ante esto, "el macrismo debe aclarar en qué dependencias de Cultura están esas personas que supuestamente no trabajan o que no tienen un trabajo para hacer aunque quieran hacerlo", concluyó.

lunes, 1 de febrero de 2016

Paciencia

Incluso los simpatizantes de Macri han empezado a pensar que no reflexiona lo suficiente sobre la naturaleza política que, de modo inevitable, tienen todos sus actos. Quienes lo juzgan (otros políticos, dirigentes sociales, simples ciudadanos) sólo por confusión o amnesia podrían olvidar que ocupa el cargo ejecutivo máximo. Una vez en Balcarce 50, el efecto “hombre nuevo” se disuelve. Depende de la calidad del político que su período de gracia pueda prolongarse, pero siempre tiene un límite.


Por Beatriz Sarlo

En cuanto empieza a gobernar, el presidente ya no puede presentarse invariablemente como encarnación de una voluntad general porque decide de acuerdo con ideas, prejuicios, intereses, compromisos. Durante un tiempo, hasta que se constituya una oposición que sepa qué busca, Macri tiene un campo abierto. Sucedió con Menem, y un buen día nos dimos vuelta para comprobar que el caudillo de largas patillas y poncho colorado había cambiado la Argentina en un sentido que perjudicaba a millones: cierre de pequeñas empresas, desempleo, pobreza. Ese efecto de que las cosas sucedan de pronto, aunque, en realidad, no suceden tan velozmente, es lo que obtienen los presidentes al llegar. Se le da el nombre de período de gracia. Los que se saltean la historia lo llaman también “los cien días”, olvidando que esos cien días son los que llevaron a Napoleón de la prisión en la isla de Elba a la derrota de Waterloo, no a la restauración de su poder. En este período de gracia, el político tiene la oportunidad de presentarse como representante del bien común, porque sólo después se verá a quién favorecen en verdad sus decisiones.
Macri, durante toda su campaña electoral, dijo que representaba a la gente y la voluntad de los que querían un cambio. Todos los políticos que pretenden ocupar el centro deben matarse para que les crean justamente eso: que representan a los rurales y a los industriales, a los que pagan impuestos y a los que los evaden, a los pobres y a los ricos, a los que quieren mayor igualdad y a los que quieren conservar el lugar que ocupan. Si no lograran convencer de esta universalidad futura a una parte del electorado, no ganarían las elecciones. Por el contrario, deben sostener que el candidato que los enfrenta representa sólo una fracción. Con Scioli esto era bastante fácil, ya que Cristina todavía no había aflojado sus garras sobre el Frente para la Victoria.
Perón ganó elecciones definiendo con nitidez su campo y el campo que debía ser derrotado. Lo mismo hizo Yrigoyen. Alfonsín llegó a la presidencia compitiendo de manera abierta: prometió el juicio a las Juntas y enfrentó al peronismo que aceptaba la autoamnistía de los militares. De la Rúa llegó señalando la corrupción de Menem, pero también apelando a un programa que prometía favores para todos los sectores medios: en primer lugar, conservar la funesta equivalencia cortoplacista de peso y dólar. Cristina compitió siempre porque, si está en el estilo de Macri ser indiferente a las grandes discusiones, estuvo en el estilo de Cristina intervenir y cortar en todas las ocasiones que pensó que le servían. Ni el estilo de Macri (indiferente a las ideas: pragmático, que le dicen) ni el de Cristina (de gallo de riña) es propio de los buenos políticos.
Quienes hoy sigan los debates presidenciales de Estados Unidos pueden asombrarse de las diferencias abismales que existen entre Donald Trump y los demócratas Bernie Sanders y Hillary Clinton. Los futuros votantes de uno u otro están perfectamente al tanto de que tienen programas radicalmente diferentes. Después, gane quien gane, el sistema político americano (como lo explica con brevedad y precisión Marcos Novaro en su Manual del votante perplejo) se encargará de equilibrar y controlar; incluso, en algunas circunstancias, de hacer imposible el cumplimiento del programa por el cual los ciudadanos eligieron un presidente.
Sobre equilibrios y controles, veamos el currículum de Macri. En la ciudad de Buenos Aires fue el jefe de gobierno que usó el veto cada vez que no le gustó lo que se votaba. Según Chequeado.com, sólo Ibarra vetó más leyes que Macri en proporción a las aprobadas; y nadie vetó más que Macri en términos absolutos. El veto más macrista de toda la gestión de Macri es el de la mitad de los artículos que regulaban la ley de publicidad oficial: vetó que se prohibiera usar en ella el logo y los colores del PRO. Se dirá: no hay que juzgar a un político sólo por su pasado. En efecto: hay que esperar, deseando mientras tanto que Rodríguez Larreta no entregue otros terrenos a Boca, mediante una licitación que parece hecha para arrancar una sonrisa de placer a dos presidentes, el de Boca y el de la República.
Nota al pie. La paciencia como virtud política tiene sus límites. Ser paciente no implica aceptar cualquier cosa. Macri debió recibir a los organismos de derechos humanos que le pidieron una audiencia, ya que esta semana tuvo tiempo para asistir a una misa en Córdoba por el cura Brochero con reunión de gabinete posterior, conversar con dos dirigentes del fútbol y visitar la exposición de Roberto Plate en el Museo de Bellas Artes, lo cual, por lo menos, mejora su cultura.

lunes, 18 de enero de 2016

Beatriz Sarlo: "Macri aplica lo que yo llamaría el Cristinismo invertido"

Beatríz Sarlo opinó sobre la gestión de Mauricio Macri, analizó las primeras medidas, y criticó la designación de dos jueces de la Corte Suprema por DNU, ya que no consultó a nadie de la oposición


“Creo que formalmente aplica lo que yo llamaría el Cristinismo invertido: si Cristina no recibía a nadie, vamos vos y yo a la Casa Rosada y Macri nos recibe con un café con leche; si Cristina no hacía ruedas de prensa, él todo el tiempo aparece en esos dos atriles que lucen como los de la Casa Blanca”, sostuvo la columnista de PERFIL.
La gente pedía Cristinismo invertido y Macri hace eso”, remató la ensayista, en una entrevista con la revista Viva del diario Clarín.
Sarlo analizó que el nuevo presidente “habló con la oposición en la primera semana, pero no le dijo a esos políticos que iba a tratar de nombrar a dos miembros de la Corte usando un recurso que, al conocerlo, todos condenaron”. “O sea que puso en escena el diálogo pero no construyó consenso”, afirmó.
En cuanto a las promesas del Presidente durante la campaña electoral, la escritora sostuvo: “Pobreza cero es una fórmula de cotillón”.
“Lo que uno puede decir es “hambre cero”, porque pobreza cero implica que en cuatro u ocho años todo el mundo va a tener cloacas, agua potable... “Hambre cero”, como planteó Lula, es una fórmula que si se emplea todo el poder del Estado, se puede cumplir”, concluyó.

lunes, 31 de agosto de 2015

‘Populismo pop’, el otro heredero del general

El primer peronismo descubrió el poder político de los medios de comunicación. Los consideró espacios enemigos o amigos. No le temía a la obsecuencia. Néstor y Cristina siguieron los pasos del líder fundador del movimiento del que el kirchnerismo es (o fue) una etapa.


Por Beatriz Sarlo 

El primer peronismo expropió y se hizo dueño de La Prensa, un diario importante en ese entonces, y mantuvo un sistema de diarios y revistas que lo apoyaron incondicionalmente. Los discursos de Perón se trasmitían por radio; y una corte de artistas rodeaba a Eva Perón y manifestaba su fervor por el gobierno. Los actos en Plaza de Mayo ponían en escena, a la medida de la época y con la estética de entonces, los episodios de la política local (que culminaron con el célebre drama del “renunciamiento” de Eva Perón). El entierro de Eva fue un triste suceso popular que duró varios días, con filas interminables que la gráfica de los diarios llevaba a quienes no habían estado allí. Los actos públicos incluían números musicales y simpáticas elecciones de Reinas del Trabajo. El presidente y su esposa daban la patada inicial en los torneos de fútbol y Eva Perón estaba presente para entregar los premios de los campeonatos infantiles y juveniles. Los noticieros que precedían a la proyección de películas en los cines consistían en un catálogo detallado de las actividades del presidente, su esposa y comitiva. Uno de mis recuerdos políticos más lejanos me ubica en la cama de un hospital público, internada durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo: la Fundación Eva Perón nos obsequió un espectáculo continuado de payasos y magos, y un generoso reparto de juguetes, todos ellos acompañados de fotos de Evita y libros ilustrados que nos explicaban la generosidad del régimen.
 Estos datos someros, probados por la historia ya escrita, indican que la sensibilidad, el gusto, el impulso irrefrenable a utilizar los medios no fueron desconocidos para los dirigentes del peronismo histórico.
El kirchnerismo ha hecho de esta política cultural del primer peronismo una gigantografía a la medida de nuestra época, donde todo (los cuerpos y las palabras) parecen exageraciones de un modelo que ha sido decorado por la estética del showbiz. El kirchnerismo no ha inventado sino que ha actualizado, con audacia y desparpajo (sobre todo en lo que concierne a usar los recursos del estado en función propagandística), lo que, comparado con lo que hizo el primer peronismo, parece el gran mural de lo que fue un primer boceto inconcluso. Para dar un ejemplo: el primer peronismo construyó aldeas visitables, como la Ciudad de los Niños, en el camino a La Plata. El kirchnerismo ocupó una extensión de la Ciudad de Buenos Aires para montar Tecnópolis, un gigantesco parque de diversiones, donde hay ciencia explicada, música, atracciones, rarezas, entre las que, de vez en cuando, se pasea la Presidenta; un espacio multifuncional donde puede suceder cualquier cosa: recitales, conversaciones de intelectuales o artistas, atracciones semicircenses o semicientíficas.
El primer peronismo rebautizó provincias, ciudades y calles, estaciones de tren y hospitales con el nombre de Perón y Eva Perón. El kirchnerismo, a partir de la muerte de Néstor, comparte esta generosa manía bautismal. Se cree, contra toda evidencia pasada, que la nomenclatura persistirá. Y aunque persista, ¿asegura algo más que su propio sonido políticamente evocador? Sin duda, sería mejor que el Centro Cultural Kirchner se llamara de otro modo, menos personalizado: Centro Cultural Nacional, para evitar una tómbola de candidatos. Pero, como sea, es poco importante, aunque sea extremadamente significativo. Es poco importante porque lo que acontezca en un espacio bautizado con la K dependerá de quien lo dirigía, de los equipos, las políticas y los presupuestos. Es, en cambio, muy significativo porque pone al desnudo el pensamiento mágico que suele acompañar al personalismo exacerbado, ese personalismo que vuelve a cualquier objeto, espacio o edificio una representación del Líder. Es prueba de una manía fetichista, como las nuevas estatuas que hay en las ciudades, como el enorme perfil de Eva sobre el edificio de Obras Públicas.
Hay una variación de estilo que el kirchnerismo ha impuesto, sobre todo después de la celebración del Bicentenario: el populismo pop. Todos los méritos deben atribuirse a la Presidenta, sin dejar de hacer los reconocimientos debidos a quienes contribuyen en la puesta en escena. El estilo presidencial sería menos imponente si la Presidenta no fuera el único foco de trasmisión de la línea general del Gobierno, por sus famosas cadenas nacionales (famosas no tanto por su escucha directa, sino por sus rebotes en los medios y en las redes sociales). La Presidenta ejerce un monopolio, cuyas consecuencias políticas son una nueva forma del populismo carismático. Desde el punto de vista cultural, ha introducido novedades hasta ahora ignoradas por el populismo criollo, aunque algunas de las salidas desfachatadas de Menem y su exhibición como deportista, en el primer tramo de su gobierno, anticiparan este giro.
El populismo pop es un producto de la alianza de la estética audiovisual y la política. Todo fue modelado según este canon estético: el velorio de Néstor; el luto macizo de su viuda; los vestidos de ese luto, que fueron iguales a los de colores intensos y luminosos que antes usaba, y cuya variación pasó por una ordenada gama de grises hasta los tierras y los tonos apastelados de la actualidad; el peinado presidencial y la conservación de su rostro, que no variaron durante el luto ni después. Todo pertenece a un backstage teatral, tan teatral como el de las reinas y princesas que salen en las tapas de revistas como Hola y sus variantes.
La Presidenta ama a su pueblo y su pueblo ama que la Presidenta parezca una star, tan artificiosa, tan intangible, tan dependiente de su decoración física como las estrellas pop. Todo esto no son datos superficiales. Vale la pena recordar una vez más que el rey, como figura que trasciende por la naturaleza de su poder original al resto de los mortales, debió diseñar su vestimenta o aceptar que se las diseñaran (el ejemplo histórico es Luis XIV), porque su cuerpo no es uno más sino el punto por donde pasa el poder y se hace visible.
Cristina le dio a esto un giro pop, porque es una mujer con los gustos mediáticos de su época. A ese giro debe atribuirse también el de los pasitos de baile que realiza en público y la “puesta en valor” de un cuerpo que es excepcional, porque es el cuerpo de quien ordena, y tiene el gusto y el deber de mostrar su autoridad. El rey, frente a sus súbditos, debe estar siempre vestido de ceremonia. Que esto coincida con inclinaciones anteriores de Cristina tiene poca importancia. Que tome mucho tiempo la preparación cotidiana de esta imagen tiene sólo importancia para quienes no reconozcan que es parte de la escena elegida por este gobierno. Me apresuro a observar que ser una figura pop no va obligatoriamente en menoscabo de una dimensión más intelectual: es simplemente su combinación en la época en que los mass-media hegemonizan el espacio de la cultura. Cristina no es buena intelectualmente por otras razones, que son políticas y de formación.
En el campo populista pop donde la Presidenta implantó su dirección están incluidos artistas del showbiz, actores de la televisión, productores. También lo estuvieron en el primer peronismo. Pero no son éstos los miembros destacados del campo cultural, sino más bien los beneficiarios de políticas donde el manejo de los dineros públicos deberá ser examinado cuidadosamente en el futuro. El kirchnerismo se enorgullece de la producción propia (“nacional”) de contenidos audiovisuales: sus presupuestos y los sueldos son un pozo de dimensiones inconmensurables, como es inconmensurable la plata gastada en Tecnópolis y en el coro de voces kirchneristas cuya friso más homogéneo se luce en el programa 6,7,8, un emblema del kirchnerismo no tanto por el tamaño de su audiencia como por los rebotes en las redes y en los medios.
Los intelectuales “serios” del kirchnerismo son, desde su fundación, en 2008, los que dirigen Carta Abierta. De esa agrupación salió Ricardo Forster, actual secretario de Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional, antes filósofo frankfurtiano. Pertenece a Carta Abierta Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, cuya gestión es una excepción pluralista dentro de las políticas culturales del kirchnerismo. Kirchner visitó Carta Abierta. La Presidenta, nunca.
También en esto podría decirse que la Presidenta sigue una tradición peronista de desconfianza frente al pensamiento más complejo. Horacio González, autor de miles de páginas de interpretación, no fue nunca citado como fuente. En cambio, sus autores preferidos son historiadores más populares, ubicados en una línea separada tanto de la historia académica como de las lecturas más elaboradas del populismo. Esto, aparte de evidentes limitaciones, indica que el peronismo kirchnerista o no kirchnerista desconfía de los intelectuales “que se plantean problemas” o, como gustaba decir Perón, de los “ideólogos”.
Los de Carta Abierta han sufrido los avatares característicos de los intelectuales en relación con un poder que se han dedicado a defender. Los vimos criticando a Scioli y ahora aceptándolo (allí están los videos de Forster), los escuchamos reírse con Randazzo y ahora enmudecer cuando el objeto de esa burla es candidato a presidente del Frente para la Victoria. No es momento de pedirles que hagan un examen de sus posiciones, ya que están en retroceso y no tengo inconveniente en que se tomen su tiempo. Pero seguramente les vendrá bien recordar que ser los teorizadores del poder trae complicaciones en el balance final. Sufren los intelectuales kirchneristas, después de haber creído que, esta vez, se realizaban sus sueños o sus predicciones. El seguidismo de la desnuda política y la justificación de sus medios no le pagan al pensamiento todo lo que le quitan.

lunes, 20 de julio de 2015

Está buena Buenos Aires

El oficialismo nacional ganó elecciones solamente en distritos chicos y perdió en los grandes. La oposición, configurada en alianzas diferentes, tuvo victorias en Santa Fe, Mendoza y Córdoba. Quienquiera triunfe hoy en la ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta o Martín Lousteau, también es un opositor. El PRO perdió en Santa Fe; y, aliado con los radicales, también perdió en Córdoba. Es verosímil atribuir a los radicales la victoria en Mendoza, donde el PRO fue un aliado de menor peso del partido encabezado por Julio Cobos.


Por Beatriz Sarlo

Por eso, los resultados de esta noche en la ciudad de Buenos Aires tienen especial significación para Mauricio Macri, ya que sería la primera vez en este ciclo electoral que compite y puede ganar con fuerza propia. Los que quieren ver a Macri presidente (porque salvaría a la patria de que fuera gobernada por Scioli) se indignan con los votantes de Lousteau, porque debilitarían las Fuerzas de Liberación Anti K.
En realidad, temen porque Macri todavía no demostró en las urnas una potencia equivalente a la que sale de las encuestas nacionales. En ellas, al parecer, ganaría Macri si hay segunda vuelta. Sin embargo, como en la cancha se ven los pingos, sus votantes esperan que sea la ciudad de Buenos Aires la pista donde, por fin, resulte vencedor y asegure así el camino hacia la victoria. Hasta ahora, las cosas no le fueron tan sencillas.
Hace mucho que se dice que Macri carece de una estructura nacional. Las próximas elecciones demostrarán si la política ha cambiado tanto como para que sea presidente un hombre sin partido basado en el territorio. Los cientistas sociales han hablado mucho sobre este tema, pero todavía falta el experimento crucial.
Si Rodríguez Larreta le saca algunos puntos de ventaja a Lousteau, el PRO saldrá vencedor y podrá agotar todo el stock de globos del hemisferio sur. Pero en agosto, las PASO nacionales y las de provincia de Buenos Aires tendrán lugar el mismo día. Y allí en la Provincia, si la lista del Frente para la Victoria no tiene candidatos invencibles que dejen a su fórmula colocada en punta para las generales, tampoco Macri, con María Eugenia Vidal y un radical casi desconocido, tiene la victoria asegurada. Y, para complicar las cosas, Massa ofrece una fórmula bonaerense cuyas posibilidades no pueden descartarse de plano: Felipe Solá y Daniel Arroyo.
Como sea, esta noche se verá si Macri recibe el aval que urgentemente necesita para llegar fortalecido a las PASO bonaerenses y nacionales con el objetivo de realizar los deseos del frente antikirchnerista. Lousteau no es un obstáculo en ese camino, sino la ocasión de superar una prueba: no se sube en política sin enfrentar buenos adversarios, incluso los mejores. Y Lousteau es el mejor adversario.
Lo que digan las encuestas sobre la elección que hoy tiene lugar es importante para los candidatos, que se han acostumbrado a hacer campaña con un encuestador portátil en el botiquín de primeros auxilios y llevar como médico al asesor de imagen. En el PRO esto es tan evidente que el solo hecho de que no lo sea en el caso de Lousteau ya parece una innovación creativa. La falta de inventiva del PRO se prueba fácilmente en la forma impertérrita con que Rodríguez Larreta repitió un discurso (los que recibieron su llamado de teléfono dan fe de que sólo puede expresarse en lo que, en otras latitudes, se llama “lengua de madera”). Probablemente Rodríguez Larreta crea que importa poco, que lo que le transfiere Macri vale sin sofisticar ni un toque las fórmulas de la jerga burocrática en su actual manifestación “gentista”. Fiel camarada de Macri, Rodríguez Larreta no necesitó inventarse como político ni cambiar nada.
Pero si el disgusto de Macri ante el desafío de Lousteau proviene de que se siente retrasado en la dimensión territorial de su campaña, es porque desconfía. Me atrevo a decir que está descubriendo los límites que le ha trazado la esfera de sus asesores y de los jóvenes tycoons con más desparpajo que experiencia. La experiencia no es un defecto de los viejos, sino un capital de los que saben. Y no es necesario tener 60 años. A los 40 es posible haber aprendido bastante.
La única invención política de esta campaña fue, en efecto, la de Lousteau. Tomó las apuestas y no dijo cualquier cosa para ganarlas. Eligió temas y, dentro del tembladeral discursivo que es hoy la política, definió problemas. Es explicable que Rodríguez Larreta se haya negado a debatir con este hombre que no tiene nada que perder y todo (en la victoria o la derrota) para ganar. Pobre Rodríguez Larreta: no es el debate su jardincito florido. Y es casi cruel pedírselo cuando lo que está en juego es la oportunidad presidencial de su jefe. Esto lo saben bien todos aquellos que, de manera inédita, presionaron a Lousteau para que se retirara del ballottage.
Con una mirada optimista, en cambio, digo: “Estuvo buena Buenos Aires cuando pudo ejercer su derecho a elegir entre candidatos”.

lunes, 13 de julio de 2015

Contra el voto ganador

Hay elecciones difíciles para quien no se siente representado por una opción. Por ejemplo: no sabría decir qué hubiera votado yo en Córdoba. Seguramente no al justicialista Juan Schiaretti, del oficialismo provincial, y tampoco a Eduardo Accastello, del kirchnerismo. Hubiera podido ejercer un voto llamado “estratégico”, es decir, votar a la alianza de radicales y macristas. Pero no lo habría hecho porque Oscar Aguad, su candidato a gobernador, fue un pionero ejecutor de la quiebra del frente de radicales, socialistas y GEN que no logró llegar a estas elecciones y así se obturó una vía, difícil pero todavía existente a fines de 2014, para construir un espacio un poco más progresista, que hoy ha quedado limitado a Margarita Stolbizer.


Por Beatriz Sarlo

O sea que, en Córdoba, carecía de candidato. Esta es una situación incómoda, pero que un votante consciente e informado debería estar en condiciones de sostener. Aceptaría que un votante dijera que el delasotismo gobernó bien la provincia; y que otro sostuviera que los radicales cordobeses no sólo hicieron punta para destruir un frente sino que están peleados entre sí: una bolsa de gatos donde es imposible discernir entre ideas, rencores y ambiciones.

Seguramente quien me dijera que todos los votantes no discurren de este modo podría tener razón. Pero no hay motivo para exigir que todos razonen de la misma manera. Hay gente que dedica algunas horas mensuales a la política; hay votantes que sólo se deciden cuando tienen que responder una encuesta; hay obsesivos que leen portales y escriben tuits todo el día. Hay gente para quienes las cuestiones ideológicas son fundamentales (¿qué opina el candidato del aborto legal?); otros que primero quieren saber lo que un candidato piensa sobre la pobreza y la desigualdad (¿qué opina de una redistribución de la riqueza por vía impositiva?). Finalmente están quienes creen que esas cuestiones pasan a un segundo plano porque en cada elección se juega el destino de la República.
Los fuertemente antikirchneristas forman parte de este grupo y quizás se equivocan. A ellos les recordaría que, en las elecciones de 1999 donde Chacho Alvarez acompañó a De la Rúa como vicepresidente y se unió el Frepaso con la UCR, se cometieron dos errores. El primero, imaginar que la elección implicaba la derrota o la victoria de Menem, cuando estaba claro que Duhalde no era el candidato del riojano. El segundo, creer que era viable la alianza de dos fuerzas cuyas culturas políticas eran completamente distintas, y tenían muy poco tiempo para entenderse. Así se votó contra Duhalde para asegurar el futuro y se obtuvo diciembre de 2001. Chacho abandonó el gobierno un año después, es decir, doce meses antes de la caída, por la denuncia de las coimas del Senado. No fue la  economía la que lo sacó de la vicepresidencia sino un conjunto de desinteligencias propio de dos estilos políticos muy diferentes. Nunca se puede estar seguro, sobre todo cuando se habla en nombre del futuro y se tiene mal colocados a los protagonistas del presente.
Alguna enseñanza hay que sacar. Lo que hoy queda de la UCR está levantando el tinglado de Macri presidente, por miedo al kirchnerismo, sin analizar a Scioli, que no es preferible a nadie, pero que, como Duhalde no era Menem, tampoco el gobernador bonaerense es Cristina. Sin este dato es difícil entender las alianzas distritales y nacionales.
En los distritos donde ya se ha votado, hay que ser un experto para ver dónde y cómo se aliaron los radicales con el PRO e incluso con el massismo. O sea que se tejieron  acuerdos de muy diferente textura y a nadie le importó mucho que no coincidieran estrictamente con las alianzas de proyección nacional, ni con los ideales republicanos que se sostienen cuando se habla para los grandes medios. Por un lado se jura por la  República; por el otro se recorren provincias donde es difícil encontrar vestigios de ese concepto.
No se trata simplemente de cinismo político, sino de las deformaciones del federalismo argentino y del caudillismo, fortalecido durante estos años pero preexistente. El kirchnerismo fomentó estos clivajes porque le servían para dominar. Si miramos toda esta variedad bajo el microscopio de los municipios, se encontrarán complicaciones bastante mayores. Los mismos políticos que hablan de “la República” han puesto en primer lugar intereses distritales.
Concebir la política electoral de este modo deja a muchos afuera. Y deja afuera, en primer lugar, la indispensable discusión de reformas que la política necesita para no ser solamente la gestión del poder estatal y la manipulación de sus recursos. Sin ideas, la política son los hechos consumados y la cruda relación de fuerzas.

lunes, 29 de junio de 2015

Poner las cosas en su lugar

No se entiende por qué Macri no lo paró a Del Sel. No le sirvió para ganar en Santa Fe y después armó un batifondo de taberna porque creyó que lo estafaron y le parecen pocos los 1.700 votos de ventaja que le lleva el electo gobernador Lifschitz. No supo manejar una situación en la que estuvo al borde de gritar “fraude”.


Por Beatriz Sarlo

Que los socialistas hayan festejado demasiado pronto puede significar dos cosas. Una, que estaban seguros de los datos que les pasaban sus avezados fiscales (tomen nota los nuevos: las elecciones se garantizan con fiscales). Dos, que sabían que Del Sel iba a salir a festejar, como lo muestra el primer plano de televisión haciendo cabriolas, desautorizadas por la expresión severa de Macri minutos después. Nada es demasiado edificante.

Todo este desaguisado muestra el jarabe de la política cuando lo calientan recién llegados como Del Sel. Están muy bien para un rato, pero en los momentos decisivos sirven para poco. De los tres candidatos con chance, entre las PASO y la general, Lifschitz sumó los votos suficientes para ganar por muy poca diferencia. Del Sel fue el que sumó menos votos. Omar Perotti, en cambio, juntó ocho veces más votos que Del Sel. Perotti hizo una remontada formidable. Es un conocido dirigente justicialista, de matriz y estilo no kirchnerista, intendente exitoso de Rafaela, un político de modales tranquilos sin colorinches posmodernos.
En las carpas de Del Sel dicen que hubo campaña ensañada contra sus “pequeños” errores. Puede ser. Pero esos errores fueron típicos de alguien que no sabe ni quiere aprender. Confunde la política con su espontaneidad ideológica, que no es lo mejor que tiene para mostrar, ya que los ciudadanos no siempre votan a quien los hace reír. Del Sel no perdió por muy pocos votos porque se los contaron mal. Perdió porque se los llevó Perotti.
Enumeremos otros casos. En grandes plazas, como Rosario, la candidata Anita Martínez, concejala que llegó a ese cargo en vuelo directo desde los medios, no logró que sus encantos vencieran a la intendente Mónica Fein, una sólida política del Partido Socialista. Gustavo Sáenz, hoy candidato a vicepresidente de Massa, que ganó la intendencia de Salta capital, proviene del Partido Justicialista, fue concejal y funcionario del gobernador (justicialista) Urtubey. Los resultados muy estimables de la izquierda PO y FIT en Salta y Mendoza son triunfos de la política concebida y actuada de manera clásica.
Vive. Lo dicho no lleva a conclusiones que den por muerta a la mantecosa neopolítica de las celebrities mayores y menores. Pero pone las cosas en su lugar. Los ciudadanos no votan solamente a los fantasmas de una pantalla de televisión. Puede que eventualmente voten candidatos potencialmente peores a la “nueva oferta”, pero una resistencia del lado de la política lleva a pensar que mucho de lo que se ha escrito sobre ella debería ser matizado en el momento de contar los votos.
Los estilos políticos han cambiado. La Presidenta es una protagonista de ese cambio, no sólo por el abuso autoritario de la cadena nacional sino por lo que sus apariciones muestran a los ciudadanos (mohines, revoleo de ojos, voz cortada por la tristeza o el llanto, pilchas y joyas, perros y peluches, todo un revoltijo de telenovela turca). Pero, al mismo tiempo, ha hecho un mix eficaz de esos recursos emocionales con el imperio y la voz de mando al viejo estilo.
Finalmente, Scioli se comportó como un político a su manera cuando, hace una semana, tuvo que enfrentar las caras largas y el desganado gesto de los panelistas de 6,7,8. Scioli vive, probablemente, en un mundo de Nachas y Pimpinelas (gusto ecléctico el de la familia del gobernador). Pero, cuando actúa, olvida el clima liviano de sus amistades y repite su monólogo sin intercalar chistes: un aburrido confiable. Por supuesto que no tendrá dudas si tiene que volver a bailar con Tinelli. Eso se llama rating, que acá se construye en programas incomparablemente peores a los que visitan, en otros países, otros candidatos. Clinton tocó el saxo en televisión antes de ser elegido, pero fue en el late night-show de Arsenio Hall, que puede verse en YouTube: al lado del “Bailando” parece un programa serio, aunque haya sido un producto comercial de gran audiencia.
Incorregible. Reutemann es candidato a senador nacional por el PRO en Santa Fe. Basta verlo en un plano de televisión (por ejemplo en el que le explicaba a un atónito Del Sel que los escrutinios en esa provincia se complican por las diferencias entre las distintas ciudades y departamentos), basta verle su cara de piedra y escuchar su voz y su sintaxis vacilante, para afirmar hoy que, después de haber sido gobernador, siguen siendo tan insondables las razones de su popularidad que no pueden atribuirse sin error simplemente al efecto celebrity con que Menem lo introdujo en la política.
Por motivos que los santafesinos nunca terminan de aclararme, Reutemann, que gobernó y parece que no fue una luminaria, conserva su popularidad de entonces. Juzgado por lo que se ve, no es el hombre de las revistas deportivas y del corazón que convertían en noticia sus entredichos con Mimicha, sino un viejo campesino reposado, que corta el pasto de su residencia; le da consejos sobre autos de segunda mano a los vecinos, con sólo escuchar el encendido del motor; se calla la boca y sigue flotando en la atmósfera política desde hace casi treinta años. Es un producto de la industria de celebrities, pero afeitado al ras. Un híbrido más razonable que el Midachi elegido por Macri.

lunes, 22 de junio de 2015

Sueño o pesadilla

Hace pocos días, Eduardo Jozami, hombre de Carta Abierta, avanzó más de lo que permiten los ritos kirchneristas y, con ánimo exploratorio, mencionó una fórmula: Daniel Scioli-Máximo Kirchner. Una vez elegidos, Scioli podría verse llevado a renunciar y Máximo ocuparía su cargo. Jozami agregó que esto no lo conformaba. Entonces, ¿por qué lo dijo? El recuerdo de “Cámpora al gobierno, Perón al poder”, aunque fue una operación fracasada y fatal, insiste como si hubiera sido el combate de San Lorenzo. Ricardo Forster, que ahora es sciolista de la primera hora, afirmó que el maldito periodismo había sacado esas declaraciones de su debido contexto.


Por Beatriz Sarlo

La intempestiva intervención de Jozami aludió a algo que estaba flotando. Florencio Randazzo-Máximo Kirchner era, quizá, el deseo de Carta Abierta, aunque Horacio González, con atinado criterio, dijo que el Hijo debía ser primero diputado. Pero Jozami, falto de timing, abrió la boca y le dio palabras a un sueño.
Sucedió algo que no pertenece a la lógica del sueño sino a la más diurna lógica de la política K. Zannini es una garantía: “rojo y experto”, como aconsejaba Mao a los camaradas. Es decir, un kirchnerista neto que además conoce su trabajo. Forster, que combina extrañamente su pasión por Walter Benjamin y la aquiescencia a la Realpolitik, ya dijo: “Scioli ha optado por alguien que garantiza la continuidad de un proyecto, la continuidad de lo recorrido en estos doce años”.
La Presidenta, que odia que alguien pueda primerearla, juntó a los candidatos que quedan en la provincia clave: Julián Domínguez, Fernando Espinoza y Aníbal Fernández. Les dio instrucciones de que no deben pelearse feo (error que cometió Randazzo creyendo que las risas que provocaron sus chistes en Carta Abierta eran una encuesta y que los rápidos elogios de la emocionada oposición les agregaban algo a sus gestos). Aníbal, que también odia que le ganen en cualquier juego, se apuró a anunciar a su vicegobernador: Martín Sabbatella, un  hombre que sabe aceptar las órdenes de mando que llegan desde arriba como sólo se aprende en el Partido Comunista. Sabbatella comenzó su carrera luchando contra la corrupción en el municipio de Morón. Ahora ha encontrado un camino de sentido opuesto. Se quema con la ardiente fe del converso.
Cristina quiere ser primer ministro sin cartera, un cargo que no figura en la Constitución, pero que tiene una larga tradición monárquica: el consejero del rey que finalmente dirige las decisiones. Desde este cargo sin configuración institucional, importa poco si integrará las listas como candidata a diputada en el Parlasur o como primera candidata en la provincia de Buenos Aires. Esa decisión tiene que ver con el diseño de la boleta, porque la candidata al Parlamento del Mercosur va adherida a la boleta presidencial que no admitiría cortes, mientras que como candidata a diputada por la provincia existe la posibilidad del corte de esta boleta respecto de la presidencial (¡qué desagradable que Cristina saque menos votos que la boleta S/Z!).
Mauricio Macri fue filmado por las cámaras de TN caminando por un tramo flamante de la autopista Illia (jueces para evitar este abuso). A su lado, Michetti, en silla de ruedas. El team sensible, con “corazón para aportar”, quiere que la gente “viva mejor”. Mientras tanto, por primera vez en su alianza con los radicales, Macri les tiró un hueso, menos por generosidad que por conveniencia, porque la candidatura de María Eugenia Vidal a gobernadora de la provincia de Buenos Aires no se sostenía con Ritondo de compañero. Ahora le dieron un radical con respetable currículum.
Margarita Stolbizer eligió su vicepresidente con la coherencia que tiene su proyecto político. Será Miguel Angel Olaviaga, un sindicalista cordobés con probada experiencia organizativa y concentrado interés en los temas de economía social. Alguien que suma aquello que muchos afirman como valor, pero lo mantienen congelado, porque antes leen encuestas y renuncian al momento creativo, imaginativo, de la política. Admite Stolbizer: “Su nivel de conocimiento es bajo, y por eso mismo es tan disruptivo como necesitamos los progresistas”. No se equivoca: el progresismo es, en la actual Argentina, una disrupción, porque valora el futuro, y el presente no es simplemente una pista de cualquier táctica legitimada por la ambición o el miedo. La presentación pública de la fórmula será mañana lunes en Córdoba.
No sigo más. Los cierres de lista no son los mejores momentos para juzgar valores y principios. Se impone lo que los avezados llaman el “poroteo” para todos los cargos. Carrió, que tanto dijo querer a Macri, ya denunció el destrato al que sus candidatos fueron sometidos por el PRO. Mientras tanto, encerrada en Olivos, la Presidenta estuvo trabajando más fuerte que nunca ad maiorem gloriam de Cristina. Si hay que tachar a algunos incondicionales, pues bueno, que los decapiten, como gritaba la Reina de Corazones en Alicia en el País de las Maravillas.

martes, 2 de junio de 2015

Fiesta del populismo pop globalizado

El 24 de mayo, dos filas de casi cien metros esperaban para entrar al Museo Histórico de Parque Lezama, donde poco antes la Presidenta, con severo rostro de sargenta sanmartiniana, había guardado el sable corvo. Chicos disfrazados con el kit Granadero que regalaba Paka Paka corrían sobre el césped. Por Avenida de Mayo, la gente (mucha gente) iba y venía en esa tarde de vísperas. Al día siguiente, a esa misma hora, ya casi no se podía avanzar no sólo entre la gente sino en el humo de choripanes y hamburguesas que convirtieron Avenida de Mayo en una parrilla. Fuegos encendidos durante dos días, olor y cenizas al viento, papeles en el piso.


Por Beatriz Sarlo

Seguí la orden de un manifestante que, tocándome el brazo, me dijo: “osservá, osservá”. Llegué hasta donde pude, digamos hasta el puesto de Radio Nacional, a la altura de la verja del Cabildo. De todas formas, como si fuera un espectáculo de ballet o de Violetta, todos mirábamos lo que sucedía por las pantallas gigantes. No hay ojo humano que permita percibir una cara a más de 150 metros. Pero la imagen en pantalla gigante con gran sonido no es lo mismo que en la televisión de la cocina. La fiesta, como el recital, ama la hipérbole.
Quienes digan que los organizados llegaron en ómnibus dice tanta verdad como que él mismo llega a su casa en taxi o en subterráneo todas las noches. Por otra parte, quien estuvo en la Plaza fácilmente podía darse cuenta de que La Cámpora llegó unida y organizada. Pero también que muchos avanzaban en pequeños grupos de amigos y que estacionaron en el centro, además de los ómnibus, muchos autos “de pobre”, con las abolladuras herrumbradas, a los que todavía no les llegó el turno del recambio.
No tengo razones para dudar de la aceptación popular de los recitales: se llenan los que organiza Lombardi en la Ciudad y los que organiza Telerman en la Provincia. Se llenó éste que organizó Javier Grosman. Si todos los presentes fueran unidos y organizados habría más militantes K que soldados en la Grande Armée de Napoleón. Los militantes conviven con los espontáneos.
El kirchnerismo pone en escena la Fiesta, algo que pertenece no sólo al mundo popular sino al de las capas medias. La formación de La Cámpora, que ocupaba el centro de la Avenida de Mayo desde Piedras hasta la Plaza, era la columna vertebral política de la Fiesta, pero aunque esa columna sostenía la línea general kirchnerista, el sonido de los bombos y los redoblantes, no eran ajenos a una especie de rítmico sonido celebratorio. Por los costados de La Cámpora, las veredas anchas de la Avenida estaban ocupadas por los “no encuadrados”: kirchneristas sueltos, simpatizantes, familias, ancianos y chicos, sillas de ruedas, señoras con bastón. De todo.
A festejar. El kirchnerismo percibe a la perfección que la política tiene una dimensión festiva. Esto lo descubrió antes el peronismo histórico que, como preámbulo de sus actos, ponía en escena números musicales, danzas, orquestas y la coronación de reinas del trabajo. Los contreras hablaban del “circo en Plaza de Mayo”. Perón, en cuanto se instaló el gobierno militar del cual fue secretario de Trabajo y Previsión, visitaba las radios que, en ese momento, eran el polo dinámico de la comunicación de masas. Sensible a la Fiesta y a las nuevas tecnologías, la celebración peronista no fue inventada por Cristina Kirchner.
Excepto el discurso de la Presidenta, casi todo lo que sucedió el 25 de Mayo fue una gigantesca fiesta globalizada (que incluye las formas globales del folklore y de la música latinoamericana). El peronismo de Cristina actualiza una tradición mediática que hoy puede llamarse populismo pop globalizado.
Para el tedeum de la mañana en Luján, la Presidenta eligió los colores celeste y blanco, que son los de la bandera y los del manto de esa Virgen. Según cuenta Paco Jamandreu, modisto de Eva, fue Perón quien lo llamó para que diseñara la ropa de su esposa (antes de que comenzaran a llegar los modelos Dior desde París) y cumplió el encargo con el famoso traje sastre. Cristina no necesitó que su marido se ocupara de estas cosas. Ella es fanática de la ropa y tiene el sentido del vestido apropiado para la Fiesta: no se trata de buen gusto sino de representación teatral. Sus vestidos son los de una mujer pop globalizada: la nueva rica, una figura que este gobierno multiplicó a troche y moche como parte de su acción distributiva entre amigos. A estos brillos de la acumulación populista globalizada no le gana ni un transatlántico remolcado por los globos de Macri.
En este marco, el discurso de la Presidenta fue lo que ha señalado casi todo el mundo: el colapso del 25 de Mayo de 1810 en el 25 de Mayo de 2003; el cambio de Mariano Moreno por Néstor Kirchner; el primer discurso de Néstor como nuevo comienzo de la Patria. Naturalmente, Cristina Kirchner tiene que ignorar a Moreno, redactor del Decreto de Supresión de Honores. El espíritu monárquico de la Presidenta choca con el republicanismo avanzado de Moreno, autor de un decreto que, en su artículo 8, establecía: “Se prohíbe todo brindis, viva, o aclamación pública en favor de individuos particulares de la Junta. Si éstos son justos, vivirán en el corazón de sus conciudadanos”. Un gorila, Moreno.
La Presidenta ha recolocado las efemérides de la Patria (con breve nota al pie, le informó al pueblo el rol nacional patriótico de Rosas en Vuelta de Obligado pero no el de Castelli y ni siquiera el de su amado Belgrano, hombres de 1810). Esta desaparición de la Revolución de Mayo bajo la lápida de la revolución kirchnerista, tuvo otro aspecto: el deltradicional autocentramiento de la Presidenta. Ella tiene un juicio inexacto sobre sí misma y su proyecto. Lo menos que puede decirse es que exagera. Más preciso sería decir que embellece sus actos de gobierno y oculta lo que ni siquiera el discurso puede mejorar (pobreza y desigualdad, índices de precios, las madrigueras de la corrupción).
Show y trastienda. Tal como se está desarrollando, en esta campaña gana el espectáculo y las incursiones en la intimidad. La fiesta de la Plaza fue la inauguración oficial de la campaña electoral. Se dirá que la inauguran todos los días. Pero es difícil reunir esa multitud todos los días y no se la desaprovechó para menudencias como los 205 años de la Revolución de Mayo.
Frente a la épica personalista y el subjetivismo teledramático de la Presidenta, la mayoría de los candidatos que se definen opositores (hago excepción de la izquierda trotskista o socialista y de Stolbizer) no se animan a interpelar con ideas a sus posibles votantes. Todo se reduce a la repetición de una iconografía y de las frases más típicas del qualunquismo: lo que la gente quiere, lo que la gente me dice, lo que escucho de la gente que está cansada de todo.
Esta exageración del qualunquismo alcanza niveles patéticos. Pongo un ejemplo: hace cuatro días, en el programa de Alfredo y Diego Leuco, Del Sel reconoció que carecía de experiencia política, pero que, en cambio, durante más de treinta años había hecho reír a la gente. Non plus ultra. Sin embargo, comparado con Los Midachi, el kirchnerismo es un circo de tres pistas. Sólo que su épica ha fracasado y ha devenido en un régimen con discurso autoritario, prácticas corruptas y para-institucionales. Lo cual lo hace diferente al candidato Midachi, pero también diferente a los esfuerzos de los políticos que todavía creen que es posible dirigirse a la gente sin subestimarla ni mentirle.

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